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Mi teléfono no dejaba de vibrar.

Me senté en el borde de mi cama, con el cabello aún húmedo por la ducha, el albornoz apretado alrededor de mí. El apartamento estaba demasiado silencioso, excepto por la insistente vibración que resonaba contra la mesita de noche.

No quería mirar. No quería escucha...

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