Capítulo 6 6

Después de lo ocurrido en la pizzería, tenía que alejarme de Roberto y concentrarme en lo que realmente importaba: volver a empezar la búsqueda de trabajo.

Salí a la calle con mi currículum en mano, recorriendo cada esquina de la ciudad, decidida a no rendirme.

Fue entonces cuando vi un aviso en la entrada de un edificio imponente: Grupo GOLDEN. Una empresa tan poderosa que la gente soñaba con trabajar ahí. Cientos de egresados de las mejores universidades enviaban sus solicitudes cada año, y muy pocos eran seleccionados.

Solo pensar en entrar me daba esperanza. Tal vez… tal vez podría construir una vida mejor para mis hijos.

Respiré hondo y decidí entrar, me quedé sin palabras. Todo era imponente, brillante, elegante. Para mi buena suerte estaban atendiendo a los aspirantes, así que me formé.

La entrevista fue dirigida por Kimberly, una mujer elegante y amable que me recibió con una sonrisa profesional. Revisó mi currículum y me elogió por mis estudios, mi experiencia en el extranjero y mi dominio de varios idiomas. Todo parecía ir de maravilla.

Hasta que la puerta se abrió.

Un hombre calvo y obeso, de traje caro y porte arrogante entró sin tocar. Era James Smith, el director financiero, como Kimberly lo presentó.

—Disculpe la interrupción, Kimberly —dijo, pero su mirada se detuvo en mí. Sentí su inspección descarada recorrerme de arriba abajo.

Tragué saliva y fingí no notarlo, intentando mantener la compostura. Kimberly siguió hablando, pero James no dejaba de observarme. Finalmente, ella se disculpó para atender una llamada y salió de la sala.

El silencio que quedó fue incómodo. Creí que la entrevista había terminado, pero James se acercó con una sonrisa torcida, apoyando una mano pesada sobre mi hombro.

—Tienes un perfil interesante, Maya —murmuró, bajando la voz—. Si sabes cómo… agradecerlo, podría asegurarme de que el puesto sea tuyo.

Su tono y su cercanía me helaron la sangre. Me aparté de inmediato.

—No me toque —dije con firmeza. Él rió con desprecio.

—Todas dicen lo mismo, pero al final hacen lo que sea por ascender. ¿Qué te hace diferente?

Mis manos temblaban, pero no de miedo.

—Que no soy ese tipo de mujer —repliqué. Cuando dio un paso hacia mí, reaccioné instintivamente: levanté la pierna y le di una fuerte patada en la entrepierna.

James soltó un gemido de dolor y cayó de rodillas mientras yo salía corriendo del despacho, sin mirar atrás, escuchando sus insultos resonar por el pasillo.

—Te arrepentirás —gruñó—. Me aseguraré de que nadie te contrate en esta empresa.

Llegué a casa con el corazón desbocado. Apenas crucé la puerta, mis hijos corrieron a abrazarme. Me aferré a ellos con fuerza, tratando de calmar el temblor de mi cuerpo.

No podía venderme por dinero. No importaba cuán difícil fuera la vida, jamás cruzaría esa línea. Y aunque estaba casi segura de que el trabajo en el Grupo GOLDEN estaba perdido, sabía algo con certeza: no pensaba dejar de luchar.

Dos días después, sonó el teléfono. En la pantalla apareció: Grupo GOLDEN. Mi corazón se aceleró. Contesté temblando y, para mi sorpresa, me ofrecieron el puesto.

No podía creerlo. Sonreí con fuerza, sintiendo cómo la tensión de los últimos días se desvanecía. Por un instante, todo lo malo pareció haberse borrado. Sabía que el trabajo me lo habían dado porque él no había dicho nada de lo ocurrido, y eso me dio un alivio enorme.

Acepté de inmediato y colgué el teléfono con una sonrisa que me iluminaba el rostro. Solo había un pensamiento en mi mente mientras caminaba por la calle: esperar que, en mi primer día, no me tocara cruzarme con él.

Al llegar, Kimberly me recibió mostrándome mejor mi sitio de trabajo.

—El trabajo de recepción no es tan fácil como imagina —me dijo—. Hay muchas llamadas, clientes exigentes, y tendrá que pensar rápido para no ofender a nadie. Su período de prueba es de un mes. Le deseo suerte.

—Sí, gracias —respondí, tratando de sonar más segura de lo que me sentía.

Así comenzó mi trabajo en el Grupo GOLDEN.

El primer día fue agotador. Estuve de pie todo el tiempo, aprendiendo los protocolos, los saludos formales, el sistema de registro… y fingiendo que mis pies no dolían.

Alrededor del mediodía, un automóvil se detuvo frente a la entrada.

Los guardias se alinearon al instante, firmes como soldados.

El ambiente cambió. El aire se volvió tenso, como si todos supieran que alguien importante estaba por llegar.

Mi compañera, Clara, me susurró con emoción:

—¡El señor Brook está aquí!

Mi corazón dio un vuelco.

¿Brook?

Ese apellido sonaba… demasiado familiar.

Uno de los guardias abrió la puerta. Lo primero que vi fueron unos zapatos Oxford negros, perfectamente lustrados, y unas piernas largas cubiertas por un traje impecable.

Luego, lo vi a él.

El aire pareció detenerse.

Su presencia era abrumadora, magnética.

Intenté no mirarlo, pero no pude evitarlo. Alcé la vista… y me encontré con ese rostro.

Ese rostro.

Frío, hermoso, imposible de olvidar.

¿Él? ¿Otra vez?

Mi mente dio vueltas.

Durante la entrevista, lo habían llamado “Señor Brook”.

Y ahora… ¿resulta que era el dueño del Grupo GOLDEN?

No podía ser verdad.

Recordé de golpe lo que Mindy había dicho: “Vamos a entrevistar al hombre más poderoso de Rheinsville, Alexander Brook, el hombre que controla todo.”

Mi estómago se hundió.

Qué mala suerte tengo.

Bajé la mirada enseguida, esperando que no me viera.

Andy, su asistente, caminaba detrás de él. Lo reconocí también. Y por su expresión, sé que me reconoció a mí. Sus ojos se abrieron un poco, pero no dijo nada.

Entonces, miró a Alexander.

Él también me miró… solo un instante. Su mirada se cruzó con la mía antes de desviarse con frialdad, como si nada.

Tragué saliva y fingí revisar unos papeles, con las manos temblando.

Solo cuando las puertas del ascensor se cerraron detrás de él, me atreví a respirar.

Y lo primero que quise hacer fue… correr.

Correr lo más lejos posible.

Porque ahora no era solo el recuerdo de aquella noche lo que me perseguía.

Era el hombre real.

El poderoso, inalcanzable Alexander Brook, que podía destruir mi vida con una sola palabra.

Y lo peor de todo… seguía siendo igual de irresistible.

—La peligrosamente buena apariencia del señor Brook solo se puede admirar desde la distancia —dijo Clara, suspirando—. Me pregunto qué mujer podría ser capaz de pasar una sola noche en su cama.

Sentí cómo me ardían las mejillas. Aunque no tenía idea de qué mujer disfrutaría de ese privilegio algún día… sí sabía perfectamente quién lo había hecho en el pasado. Y esa mujer era yo. 

La idea de que aquella noche se repitiera era algo que me hacia estremeser, pero ni yo misma sabía si era para bien o para mal.

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