Capítulo 1 Capítulo 1.
Capítulo 1
POV Lía
Tres cosas son ciertas a las siete y media de la mañana: el café del hospital sabe a cartón mojado, la enfermera del turno de noche siempre se va sin avisar, y mi madre va a fingir que durmió bien aunque tenga ojeras de mapache.
—Buenos días, mami. ¿Qué tal la noche?
—De maravilla, hija.
Claro. Y yo soy Miss Universo.
Le dejo el termo sobre la mesita. Sopa de pollo de la cafetería del segundo piso, la única cosa decente en este edificio. Ella me sonríe como si le hubiera traído oro líquido. A veces me pregunto cuál de las dos miente mejor.
—¿Y el trabajo?
—Igual de glamoroso que ayer. Hoy fotocopio destinos.
Ríe. Por lo menos eso. Una risa pequeña, ronca, que termina en tos, y la tos termina con la enfermera asomándose a la puerta para mirarme con esa cara de «no la hagas reír, señorita». Asiento como una niña buena. Es lo único que sé hacer en este pasillo: asentir.
La factura del mes pasado todavía no la he abierto. La tengo en el bolso desde hace seis días, doblada como si fuera una bomba que se desactiva sola si no le hago caso. Spoiler: no se desactiva.
Valdez Enterprises ocupa los pisos veintiocho a treinta y cinco de un edificio de cristal que parece diseñado por alguien que nunca tuvo frío. Yo trabajo en el treinta y dos, en un cubículo con vista a otro cubículo. Me dicen «la asistente del señor Valdez», lo cual suena prestigioso hasta que te enteras de que mi función principal consiste en pedirle el almuerzo y fingir que su agenda no es un caos.
Hoy, además, hay un correo nuevo. Lo veo apenas enciendo el monitor.
Asunto: Recordatorio confidencial — programa de gestación subrogada.
Mañana se inician las entrevistas finales. Sala 4-B, ocho y media. Asisten Jorge y Camila Valdez. Lía Navas: encargada de logística y recepción de candidatas. Discreción absoluta.
Discreción absoluta. Subrayado mental. Como si las treinta secretarias del piso no llevaran tres meses chismorreando lo mismo en la cafetería.
Todo el edificio sabe que los Valdez no han podido tener hijos. Todo el edificio sabe que han probado de todo. Y todo el edificio sabe, también, lo que pagan: una cifra que circula como leyenda urbana, repetida con asombro, distorsionada cada vez. Yo conozco la cifra real. La he visto en un borrador de contrato que le imprimí a Jorge la semana pasada y que él me pidió que olvidara antes incluso de leerlo. La olvidé tan bien que la tengo grabada en la corteza cerebral.
Es exactamente lo que cuesta la operación de mi madre. Más un colchón. Más respirar.
Apago el monitor un segundo. Lo enciendo. Lo apago otra vez. Camino hasta el dispensador de agua, vuelvo, me siento, abro un cajón, lo cierro. La asistente del piso treinta y dos está teniendo lo que se conoce técnicamente como un colapso silencioso, y nadie lo nota porque sigo sonriendo.
Cuando me calmo, hago lo que tenía que hacer desde el principio: paso por el archivador del fondo, saco un formulario en blanco del cajón de candidatas, y me lo guardo en el bolso. Lo doblo en cuatro. Lo aplasto. Lo escondo entre el monedero y un paquete de pañuelos. Ahí dentro pesa más que cualquier otra cosa que haya cargado en mi vida.
La sala 4-B parece un quirófano que se hace pasar por sala de juntas. Vidrio, cromo, esa iluminación que no deja sombras y por lo tanto no deja humanidad. Acomodo doce vasos, doce botellas, doce carpetas. Cuento cada cosa dos veces porque la primera vez no me confío de mis manos.
Camila entra primero. Llega siempre cinco minutos antes que Jorge porque sabe que si no, él va a empezar la reunión sin ella. Hoy lleva un abrigo color hueso y un perfume que reconozco de los frascos del aeropuerto, esos que cuestan lo mismo que un alquiler. Me sonríe.
—Hola, Lía. Gracias por todo esto.
—Para eso estoy.
—No, no estás para esto. Estás para muchas otras cosas y este mes te tenemos haciendo de niñera de candidatas. Te debo un café cuando termine todo.
Asiento. Camila es de las que cumplen sus «te debo un café». Me cae bien por eso, y por otras quince cosas pequeñas que no le voy a decir nunca.
Jorge entra a las ocho y treinta y uno. No saluda. No saludarme a mí no me sorprende; no saludar a su esposa, eso sí debería sorprenderme, pero ya no lo hace. Lleva tres meses así, como si toda la energía emocional disponible se le fuera en mantener la cara de póker.
—¿Lista la primera?
—Lista.
—Bien. Que entre.
—Buenos días a ti también, querido —dice Camila.
—Buenos días, Camila.
Cuatro sílabas. Eso es lo más cariñoso que voy a oír de Jorge Valdez en toda la mañana.
La primera candidata se llama Marisol y tiene treinta y cuatro años. Manos cruzadas, espalda recta, sonrisa de catálogo. Trabaja en una panadería. Tiene una hija de seis años que la espera en casa con su madre.
—¿Por qué quieres participar en este programa? —pregunta Jorge.
—Por mi hija. Quiero comprarle una casa propia algún día.
Buena respuesta. Sincera. Limpia.
Jorge la mira durante tres segundos largos.
—¿Y si en el camino te encariñas con el bebé?
Marisol parpadea.
—No me encariñaría. Sé separar las cosas.
—Todo el mundo cree que sabe separar las cosas hasta que no puede.
—Señor, le aseguro que…
—Gracias, Marisol. Le avisaremos.
Marisol se queda con la frase a la mitad. Recoge su bolso, agradece, se levanta y sale con la dignidad intacta de las personas que ya se acostumbraron a que les digan que no. La puerta se cierra. Jorge cierra la carpeta. Tarda exactamente seis segundos en hacerlo, los conté.
—La siguiente.
—Jorge —dice Camila—. Por favor.
—¿Por favor qué?
—Hazle al menos las tres preguntas básicas antes de despedirla.
—Le hice la única pregunta que me importa. Las otras dos son protocolo.
Camila respira por la nariz, lento, como hacen las personas que están contando hasta diez por dentro. Yo finjo que estoy revisando carpetas. En realidad estoy mirándolos, calculando cuánto tiempo más durará este matrimonio si la respuesta a este programa es no.
La segunda candidata es peor. Hablo en términos de Jorge: dura cuatro minutos. La tercera, tres. La cuarta llega temblando y se va llorando antes de que él tenga tiempo de cerrar la carpeta. La quinta lo encara y le dice «usted no busca una madre, usted busca un mueble que respira», y Camila baja la mirada porque sabe que tiene razón.
Yo voy y vengo con jarras de agua. Repongo pañuelos. Recojo carpetas. Y entre vasija y vasija, miro el formulario doblado dentro de mi bolso como si fuera una mascota a la que tuviera que dar de comer pronto.
A las seis de la tarde, mi madre ya no está despierta cuando llego al hospital. La enfermera me dice que ha tenido un día regular. Regular, en este pasillo, significa que respiró sin máquina durante al menos tres horas. Lo celebro como si me hubieran dado una medalla.
Me siento al lado de la cama. Le agarro la mano. Se la froto despacio porque siempre la tiene helada y a mí me da la sensación de que si la caliento lo suficiente, no se me escapa hasta mañana.
Saco el formulario del bolso. Lo apoyo sobre mi regazo. No lo lleno todavía. Solo lo miro, las casillas en blanco, las preguntas en letra diminuta, el espacio enorme al final donde dice motivo de la solicitud.
—Mami —digo en voz baja—, te juro que si supieras lo que estoy pensando, te morirías ahora mismo solo para no tener que vivir conmigo el día después.
Ella respira. Sube y baja el pecho. Inhala, exhala. Es lo único que tiene que hacer hoy y lo está haciendo. Y yo, mientras tanto, doblo el formulario en cuatro otra vez, lo guardo, y le acomodo el cabello detrás de la oreja como si todavía fuera la mujer que me regañaba por dejar la ropa tirada en el sofá.
—Voy a pensar en algo —le susurro—. No me preguntes qué.
