Capítulo 2 Capítulo 2
POV Lía
La sala 4-B otra vez. Mismas botellas, mismas carpetas, misma luz quirúrgica que no perdona nada. Lo único distinto es la temperatura emocional: hoy se podría freír un huevo en la cara de Jorge si una se atreviera a acercarle el huevo. Es el segundo día. La undécima candidata acaba de salir hace cinco minutos. Camila ya no toma notas; las dejó hace una hora y media, cuando se dio cuenta de que Jorge no iba a aprobar a ninguna y de que escribir era darle dignidad a un proceso que él había convertido en tribunal.
—Próxima candidata en quince minutos —digo, neutra como un anuncio de aeropuerto.
—No hay próxima candidata —dice Jorge.
—¿Cómo dice?
—Que las cancelo. A todas. Esto es una pérdida de tiempo.
Camila levanta la cabeza. Tiene los ojos rojos pero secos, esa mezcla específica de mujer que ya lloró todo lo que tenía y ahora solo le queda el cansancio.
—No las puedes cancelar.
—Acabo de hacerlo.
—Llevamos dos años en esto, Jorge.
—Llevamos dos años humillándonos, Camila. No es lo mismo.
Esa frase aterriza en la mesa con el peso de un mueble. Yo me quedo muy quieta, muy ocupada acomodando una servilleta inexistente. Cuando una está en una habitación con dos personas que llevan dos años perdiendo lo mismo, lo más decente es desaparecer. Pero yo no puedo desaparecer porque soy la asistente y porque, además, llevo el formulario del archivador en el bolso desde ayer y no se va a llenar solo.
Camila se levanta. No grita. Camila no grita nunca. Recoge su carpeta, la sostiene contra el pecho como si fuera un escudo, y dice, casi en susurro:
—Voy al baño. Cuando vuelva, espero que hayas decidido si vas a seguir siendo mi marido o mi enemigo. Porque las dos cosas a la vez ya no las soporto.
Sale. La puerta se cierra con esa lentitud educada de las puertas caras que no pueden dar portazos.
Jorge y yo nos quedamos solos en la sala 4-B. Él, mirando el lugar donde Camila estaba sentada. Yo, mirando mi reflejo deformado en una de las botellas de agua.
—Lía.
—¿Sí, señor?
—Tráeme un café.
—Ahora mismo.
Pero no me muevo. Me quedo de pie junto a la mesa, con el bolso colgado del hombro y el formulario palpitándome dentro como un corazón ajeno. Jorge tarda en notar que no me he movido. Cuando lo nota, levanta la cabeza despacio.
—¿Algún problema?
—Sí.
—Cuéntame.
Esa palabra suya, «cuéntame», es tramposa. La usa cuando quiere terminar conversaciones rápido. Significa: di lo que tengas que decir en menos de quince segundos o cállate y vete.
Yo respiro. Saco el formulario del bolso. Lo dejo encima de la mesa, justo delante de él, sobre la carpeta de la candidata cancelada.
Jorge mira el papel. Mira el papel. Mira el papel. Levanta los ojos hacia mí. Vuelve al papel. Lee la primera línea. La primera línea dice: Nombre: Lía Navas.
—Es una broma.
—No.
—Lía. Te conozco hace dos años. Sé que tienes humor negro. Esto no me hace gracia.
—Tampoco a mí.
Se reclina en la silla. Cruza los brazos. Me mira como me mira a las nueve y media de la mañana cuando la cafetera se rompe: con esa contención fría que es lo más parecido a la furia que él se permite.
—Explícate.
—Cumplo todos los requisitos. Edad, salud, sin hijos, sin pareja. Conozco el contrato porque lo imprimí yo. Conozco a su equipo médico porque agendo sus citas. Sé exactamente lo que están ofreciendo y exactamente lo que están pidiendo a cambio. Soy, técnicamente, la candidata con menos riesgos que ha pisado esta sala en dos días.
—Eres mi asistente.
—Eso es un detalle administrativo.
—Eso es un titular en la prensa rosa.
—Solo si alguien lo cuenta.
Levanta una ceja. Es la primera reacción no programada que le veo en cuarenta y ocho horas.
—¿Me estás diciendo que no lo contarías?
—Le estoy diciendo que no soy idiota.
—Eso aún está por verse, considerando que estás sentada en esta sala ofreciéndote a llevar a mi hijo nueve meses.
—Me sentaría en peores sitios por el dinero que ofrecen, señor Valdez. Esta sala es de las cómodas.
Hay un silencio. Largo. De esos silencios en los que una se arrepiente de haber abierto la boca pero también, en una rincón muy pequeño y muy privado del cerebro, se enorgullece de no haberse callado.
Jorge descruza los brazos. Apoya los codos en la mesa. Junta las manos. Su expresión cambia de «esto es absurdo» a «esto es un problema interesante», y eso, en la cara de Jorge Valdez, es casi un cumplido.
—¿Por qué?
—¿Por qué qué?
—Por qué tú. No me vengas que es por vocación. No me la creo.
—No iba a decir es señor.
—Entonces dime.
Trago saliva. Aquí está el momento. La parte donde la chica con humor negro deja de ser graciosa porque la verdad no se puede contar con humor.
—Mi madre tiene cáncer en estado cuatro. Necesita una operación que cuesta lo mismo que ustedes pagan por el contrato. Llevo seis meses intentando conseguir el dinero por todas las vías legales que se me ocurren, y ya no se me ocurren más. Esta es la última.
Jorge no se inmuta. Pero algo en sus ojos se mueve apenas, una fracción de milímetro, lo suficiente para que yo lo registre y me odie por necesitar ese registro.
—¿Por qué no me lo pediste antes?
—¿Pedirle qué?
—Un préstamo. Un adelanto de sueldo. Cualquier cosa antes que esto.
—Porque un préstamo se devuelve, señor. Yo no quiero deberle nada que no pueda pagar.
—¿Y un embarazo de los Valdez sí lo puedes pagar?
—Eso no es una deuda. Es un trabajo.
Asiente despacio. No estoy segura de qué está aprobando. Quizá la respuesta. Quizá la frialdad con la que se la di.
Camila vuelve del baño. Se ha lavado la cara. El maquillaje está rehecho con la prisa de alguien que se ha arreglado en el espejo de un baño público. Cuando entra, la sala está en silencio. Mira el formulario sobre la mesa. Me mira a mí. Mira a Jorge.
—¿Qué pasó?
Jorge no contesta. Solo desliza el formulario hacia ella, sin levantarse, con dos dedos. Camila lo lee. Tarda en leerlo. Cuando termina, levanta los ojos hacia mí, y por un instante creo que va a enfadarse, que va a sentir que me estoy aprovechando, que voy a tener que defenderme.
Pero Camila no se enfada. Camila no es así. Camila se acerca a mí, despacio, y me toma las dos manos.
—Lía.
—Camila.
—¿Por qué?
Y yo, que acabo de explicarle lo mismo a Jorge con frialdad de abogada, con Camila no puedo. Con Camila se me llenan los ojos antes de abrir la boca.
—Mi madre se está muriendo. Y yo no tengo cómo evitarlo si no es así.
Camila me suelta una mano para llevarse la suya a la boca. Después me vuelve a tomar. Tiene los dedos calientes.
—Ay, Lía.
—No me digas «ay, Lía». Me lo dices y me derrumbo.
—Te mereces que alguien te diga «ay, Lía».
Suelta una risa pequeña, húmeda. Yo también. Por un segundo somos dos mujeres en una sala fría riéndose de la palabra ay, y eso es lo más parecido a la decencia que ha pasado en dos días en este edificio.
Jorge carraspea. Se levanta. Se acomoda los puños de la camisa con esa precisión de hombre que necesita controlar algo, lo que sea, aunque solo sean los puños de su camisa.
—Mañana a las nueve. Clínica Maranzini. Si los exámenes salen bien, hablamos del contrato. Si sale algo mal, esta conversación no existió.
—De acuerdo —digo.
—Una cosa más, Lía.
—Diga.
—Si en algún momento te arrepientes, dilo el primer día. No el séptimo mes.
—No me voy a arrepentir.
—Todo el mundo dice eso.
—Yo no soy todo el mundo.
Sonríe. Es una sonrisa de medio milímetro, casi imperceptible, pero la veo. Es la primera sonrisa que le he visto a Jorge Valdez en toda la semana.
—Eso ya lo sospechaba —dice, y sale de la sala.
Camila se queda conmigo. Me abraza, brevemente, como una mujer que no quiere abusar de un abrazo recién estrenado. Cuando se separa, tiene los ojos brillantes.
—Lía. Gracias. No sé qué más decirte.
—No me agradezcas. Esto es un negocio, ¿recuerdas?
—Para él. Para mí no.
