Capítulo 3 Capítulo 3
POV Lía
Legue puntual a la clínica Maranzini, Camila ya está en la recepción cuando llego. Lleva gafas oscuras dentro del edificio, lo cual es absurdo, pero también necesario: tiene los ojos hinchados del tamaño de aceitunas. Cuando me ve, se las quita con una mano y me sonríe con la otra. Multitarea emocional nivel experto.
—Lía. ¿Cómo amaneciste?
—Como una persona que está a punto de hacer una tontería muy organizada. ¿Y tú?
Se ríe sin querer. Inmediatamente se cubre la boca, como si reírse en este lugar fuera una falta de respeto.
—No te rías, que estamos en un sitio serio.
—Es que tú dices cosas terribles con cara de cordero.
—Es mi don.
Jorge llega tres minutos después. Trae el teléfono pegado a la oreja. Termina la llamada sin despedirse del interlocutor, lo guarda en el bolsillo, y se sienta frente a nosotras como quien se sienta en una sala de juntas.
—¿Empezamos?
—Buenos días, querido —dice Camila.
—Buenos días.
Yo no recibo saludo, pero ya no espero ninguno. He aprendido que con Jorge Valdez recibir un saludo equivale a recibir una declaración de amor.
El doctor Maranzini es un hombre de unos sesenta años con manos sorprendentemente pequeñas y una voz de locutor de radio nocturna. Me hace pasar a un consultorio que parece más una sala de estar que una consulta médica. Me toma la presión, me revisa los reflejos, me hace preguntas sobre mi historia menstrual con la naturalidad con la que otra persona preguntaría por el clima.
—¿Alguna vez has estado embarazada?
—No.
—¿Hay antecedentes de embarazos múltiples en tu familia?
—Que yo sepa, no. Mi madre tuvo un solo bebé y le bastó.
Sonríe. Le caigo bien al doctor Maranzini, lo cual es tranquilizador y vagamente preocupante.
—Lía, te voy a preguntar algo que no está en el formulario, y tu respuesta no tiene consecuencias médicas. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
—¿Estás segura?
Aprieto las manos sobre el regazo.
—Doctor, si le digo que sí, ¿usted me cree?
—Te creo.
—Entonces sí.
Asiente. No insiste. Eso, en un médico, vale mucho dinero, y los Valdez lo están pagando bien.
Camila entra cuando ya estoy en la camilla. Jorge no entra. No sé si es delicadeza o pánico. Apuesto por lo segundo, pero no lo voy a juzgar: hay habitaciones a las que ni los CEOs entran sin temblar.
—¿Te puedo agarrar la mano? —dice Camila.
—Si no me la agarras, me ofendo.
Se ríe otra vez. Me agarra la mano. Tiene los dedos largos, fríos al principio. Yo cierro los ojos y pienso, durante el procedimiento entero, en mi madre durmiendo en el cuarto 312 del Saint Mary, con la sopa de pollo intacta sobre la mesita. Pienso en eso para no pensar en lo que está pasando dentro de mi cuerpo.
Cuando termina, Maranzini me sonríe.
—Ya está. Reposo veinte minutos. Resultados en diez días.
Camila me besa la frente. La frente. Como si yo fuera su hermana menor o su hija mayor o ambas cosas a la vez. Yo no sé qué hacer con ese beso, así que finjo que me acomodo la almohada.
Las semanas siguientes son una rutina extraña. De día sigo siendo la asistente que pide el almuerzo y agenda reuniones. De noche soy una mujer que se sienta en el borde de la cama y se pone una mano sobre el vientre todavía liso, esperando, sin saber bien qué.
Camila se vuelve omnipresente sin quererlo. Mensajes a las ocho de la mañana:
¿Desayunaste? Y no me digas «un café» porque me enojo.
Mensajes a media tarde:
Pasé por la farmacia. Te dejé vitaminas en recepción.
Mensajes a las once de la noche:
Si necesitas hablar con alguien, ya sabes. No tienes que estar sola.
Yo respondo con monosílabos y emojis pequeños porque no sé cómo se le habla a una mujer que está poniendo todas sus esperanzas dentro del cuerpo de su asistente. No hay un manual para eso. Si lo hubiera, lo habría leído ya.
Jorge, en cambio, escribe como si dictara telegramas:
Cita lunes 8:30. No tardes.
Maranzini pide nuevos análisis. Mañana, ayunas.
Pero los telegramas llegan a horas raras: dos de la mañana, seis y media, sábados al amanecer. Eso significa algo. Yo finjo que no sé qué.
La prueba positiva llega un martes. Me la dice una enfermera por teléfono, con esa voz neutra de quien ha aprendido a no contagiar la emoción del resultado. Cuelgo. Me quedo de pie en mi cocina, con el teléfono todavía en la mano, y entonces hago algo que no había hecho en semanas: lloro. Lloro tres minutos exactos, sin saber por qué. No de alegría. No de tristeza. Lloro porque a partir de ese momento ya no hay vuelta atrás, y la mujer que decidió esto en una sala 4-B con doce botellas de agua se acaba de convertir en otra cosa.
Llamo a Camila. Antes incluso de saludarla, le digo:
—Funcionó.
Camila no contesta enseguida. Después la oigo respirar de una forma rara, y después la oigo llorar, y los sollozos suyos son distintos a los míos: son sollozos de mujer que ha llorado mucho a lo largo de varios años y que por fin tiene permiso para llorar de otra cosa.
—Gracias —dice—. Gracias, gracias, gracias.
—De nada, Camila.
—No me digas «de nada» que me das ganas de abrazarte por teléfono.
—Abrázame por teléfono.
Y se ríe llorando, lo cual es una hazaña que solo ella sabe hacer.
La ecografía de las ocho semanas se hace un viernes a las cuatro de la tarde. Voy sola. Maranzini dice que es una revisión técnica, que no hace falta que vengan los Valdez, que mejor cuando ya haya algo claro que mostrar. Yo agradezco. Una hora a solas con un médico es exactamente el tipo de paz que necesito esta semana.
Me acuesto. Gel frío. Transductor. La pantalla se enciende a mi izquierda, granulada, gris. Maranzini la mira con ese silencio profesional que también he aprendido a interpretar después de seis meses visitando hospitales: un silencio así no significa nada bueno y nada malo, significa que el médico está pensando.
—Doctor.
—Espera, Lía.
—¿Está todo bien?
—Está todo… interesante.
—Esa palabra no me gusta.
Gira la pantalla hacia mí. Yo no soy enfermera, no soy obstetra, no soy nada. Pero hasta yo sé contar. Y veo, en el centro de la pantalla, tres puntos pequeños, separados, palpitando con tres ritmos distintos. No dos. No uno. Tres.
—Doctor.
—Sí.
—¿Eso son tres?
—Eso son tres.
—Doctor.
—Sí, Lía.
—Voy a necesitar agua.
Me trae agua. Me siento en la camilla. Bebo despacio, mirando la pantalla, donde los tres puntos siguen ahí, indiferentes a mi pequeño colapso interno, latiendo a su propio ritmo como si no hubieran cambiado mi vida en los últimos veinte segundos.
—¿Es seguro que sean tres?
—Es seguro.
—¿Esto pasa mucho?
—Pasa poco. Pero pasa.
—Doctor, voy a hacerle una pregunta muy estúpida.
—Adelante.
—¿Se pueden devolver dos?
Maranzini me mira con una compasión nueva, una compasión que no había usado conmigo hasta hoy.
—Lía. Sé que es una broma. Pero hoy no me la voy a reír.
—Hoy yo tampoco.
Llamo a Camila desde el coche. Le digo «ven a la clínica, trae a Jorge, no preguntes nada». Llegan en cuarenta minutos. Yo los espero en una salita privada del segundo piso, con el monitor encendido y la imagen congelada en la pantalla. Quiero que la vean ellos. Quiero que sea ese médico, no yo, quien diga la palabra.
Cuando entran, Camila viene primero. Jorge detrás, en modo emergencia, con esa cara de hombre que ha cancelado todo lo cancelable.
—¿Qué pasó? —Camila va directo hacia mí.
—Está todo bien. Tranquila. Maranzini les va a explicar.
Maranzini les hace pasar al rincón de la pantalla. Yo me quedo apoyada contra la pared, con los brazos cruzados, fingiendo que no estoy a punto de vomitar.
—Camila, Jorge —dice el doctor con su voz de locutor nocturno—. Miren bien la pantalla.
Camila mira. Mira. Frunce el ceño. Cuenta en voz baja, como una niña. Uno. Dos. Y se detiene en el tres con la boca entreabierta.
—Doctor.
—Sí, Camila.
—¿Eso es lo que estoy viendo?
—Eso es.
—Doctor.
—Sí.
—Repítamelo en voz alta porque no me lo creo.
—Son trillizos.
Camila se cae sentada en la silla más cercana. No es metáfora. Literalmente se le doblan las rodillas y aterriza en la silla con un golpe sordo. Y entonces empieza a llorar, pero a llorar en serio, con sonidos que probablemente nunca había hecho delante de un médico, ni siquiera delante de su marido. Es un llanto antiguo. Es un llanto de dos años de pérdidas saliendo todas a la vez.
Jorge se queda de pie. Quieto. Demasiado quieto. La mira a ella, mira la pantalla, me mira a mí, vuelve a la pantalla. Y entonces hace algo que no le había visto hacer en dos años: levanta una mano, despacio, y la apoya contra el monitor, justo encima del primer punto, como si quisiera tocar al primero de los tres.
—Tres —dice.
—Tres —repito yo.
Se vuelve hacia mí. Por primera vez en toda la mañana, me mira a los ojos sin filtros.
—Lía.
—¿Sí?
—Gracias.
Esa es la primera vez que Jorge Valdez me da las gracias por algo. Y va a ser, también, una de las pocas veces que lo haga en lo que nos queda de historia.
Esa noche voy a contárselo a mi madre. La encuentro despierta, lo cual ya es un milagro a las nueve de la noche. Le acomodo la almohada y me siento al borde de la cama.
—Mami.
—¿Qué pasa, hija?
—Tengo dos noticias. Una rara y una más rara.
—Empieza por la rara.
—Voy a poder pagar tu operación.
Sus ojos se abren de golpe, esa apertura repentina de cuando los enfermos olvidan por un segundo que están enfermos.
—Lía. Hija. ¿Cómo?
—Esa es la noticia más rara. Voy a tener un hijo.
Pausa.
—Lía…
—Tres, en realidad.
Pausa más larga.
—Lía.
—Mamá, no son míos. Son de mi jefe y su esposa. Soy madre subrogada. Acepté el dinero. Es legal, es voluntario, está todo firmado. Y son trillizos. Maranzini lo confirmó esta tarde.
Mi madre me mira durante mucho tiempo. Tanto, que llego a pensar que se ha quedado dormida con los ojos abiertos. Pero entonces levanta una mano y me la pone en la mejilla, helada como siempre, y dice algo que no esperaba:
—Hija mía. Eres una bestia.
—¿Una qué?
—Una bestia. Una bestia hermosa. Una bestia tonta. Una bestia mía.
Suelta una risa pequeña que termina en tos. Yo le doy agua. Cuando se le pasa, me agarra la cara con las dos manos.
—Lía. Júrame una cosa.
—Lo que quieras.
—Que cuando todo esto termine, no se te va a olvidar quién eras antes.
—Te lo juro, mami.
—Mírame y júramelo.
La miro. Le juro. Y ella, que lleva treinta años leyéndome la cara, sabe que estoy mintiendo. Pero finge que me cree, porque es lo único que puede hacer una madre cuando la hija ya tomó una decisión que no se puede deshacer.
