Capítulo 4 Capítulo 4
POV Lía
Ocho meses. A los ocho meses una ya no camina, una se desplaza. Una no se sienta, una se aterriza. Una no se levanta de las sillas, una negocia con ellas. Y una, sobre todo, ya no recuerda cómo era el cuerpo de antes, ese cuerpo de mujer normal que cabía en pantalones y dormía boca abajo. Esa mujer es un mito. Esa mujer existió en otra vida.
Mi madre lleva tres semanas en cuidados intermedios. La operación se hizo. Salió bien, dentro de lo malo. Maranzini consiguió al cirujano, los Valdez pagaron sin pestañear, y mi madre pasó nueve horas en quirófano y salió viva, lo cual ya es ganar. El problema es que la enfermedad no se queda quieta. La operación le compró tiempo, pero el tiempo es una moneda que se gasta sola, sin que una le pida nada.
Yo la visito todas las tardes. Llego con mi panza enorme, me dejo caer en la silla del acompañante, y le cuento las novedades del día. Que hoy uno de los trillizos se movió tres horas seguidas. Que Camila me trajo galletas de jengibre. Que Jorge me dijo «buenos días» dos veces esta semana, lo cual probablemente es algún tipo de récord personal. Mi madre se ríe sin mover los labios. Es lo único que puede hacer ya.
Es jueves. Once y veinte de la noche. Yo estoy en mi cama con tres almohadas debajo de la espalda y una taza de manzanilla en la mesita. Acabo de apagar la lámpara cuando suena el teléfono.
Hay un sonido específico que tienen los teléfonos cuando llaman desde un hospital a las once de la noche. Es el mismo sonido del teléfono cualquier otro día, técnicamente. Pero una lo reconoce de otra manera. Una lo reconoce con el cuerpo antes que con el oído.
—¿Sí?
—¿Lía Navas?
—Sí.
—Le habla la enfermera del Saint Mary. Su madre tuvo una recaída hace media hora. Necesitamos que venga lo antes posible.
—¿Cómo de mal?
—Venga, señorita.
Esas dos palabras. Venga, señorita. Las que dicen las enfermeras cuando ya no quieren mentir pero tampoco quieren ser las que pronuncian la frase entera.
Me visto en sesenta segundos. Lo que encuentro: pantalón de pijama, sudadera, las primeras zapatillas que aparecen en el recibidor. No me peino. No agarro paraguas. Bajo las escaleras del edificio porque el ascensor tarda demasiado y porque, a estas alturas del embarazo, bajar escaleras es una forma de demostrarle al universo que todavía soy capaz de algo.
Llueve. Por supuesto que llueve. Las cosas importantes en mi vida pasan siempre cuando llueve, como si el cielo tuviera un sentido del decoro literario que yo no le pedí. Paro un taxi a manotazos. El conductor me mira, mira mi panza, mira mi cara, y arranca antes de que termine de cerrar la puerta. A veces los desconocidos entienden cosas más rápido que la familia.
En el camino me llega una contracción. La primera del día, pero no de la semana. Llevo tres días con falsas alarmas, esas contracciones de práctica que la matrona me explicó con paciencia de santa. Esta no es de práctica. Esta es nueva. Esta llega con una furia que no tenían las otras.
—Aguanten —les digo a los trillizos en voz baja, con las dos manos en la panza—. Aguanten un poquito más. Esta noche no, por favor. Esta noche tengo que estar en otro sitio.
El Saint Mary me recibe con su luz blanca de siempre. Subo al cuarto piso por las escaleras porque el ascensor tiene cola, y subo respirando como un fuelle viejo. Una enfermera me ve llegar, me reconoce, y antes de que pregunte nada me señala con el mentón hacia la habitación de mi madre. Esa es toda la información que necesito.
Cuando empujo la puerta, sé que llegué a tiempo. Llegué a tiempo y eso es exactamente lo peor que me podía pasar, porque significa que voy a estar presente.
Mi madre tiene los ojos cerrados. La piel casi gris. Una mascarilla de oxígeno le cubre media cara, y los tubos del suero le entran por las dos manos. Pero respira. Respira despacio, cada inspiración un poco más larga que la anterior, como si estuviera midiendo algo.
—Mami.
Abre los ojos. Le cuesta enfocarme. Cuando lo logra, sonríe. Una sonrisa tan pequeña que casi no la veo.
—Llegaste.
—Llegué, mami. Estoy aquí.
Le agarro la mano. Me arrodillo al lado de la cama, lo cual a los ocho meses es una operación logística complicada, pero lo hago. Necesito estar baja, a su altura, mirándola de cerca.
—Hija.
—Sí.
—Tengo que decirte cosas.
—Te escucho. Tómate tu tiempo.
—No hay tiempo.
Me clavo las uñas en la palma libre para no llorar todavía. Lloraré después. Ahora me toca escuchar.
—Lía. Esos niños que vienen. Tres.
—Sí, mami.
—No los entregues.
La miro sin entender.
—Mami, son de los Valdez. Hay un contrato.
—Hay contratos y hay corazones, hija. No es lo mismo. Y tú no eres una mujer de contratos, aunque te disfraces. A ti los contratos se te van a romper en las manos cuando los tengas en brazos.
—Mami, no…
—Escúchame. No te lo digo como capricho de moribunda. Te lo digo como mujer que te conoce desde que pesabas tres kilos. Tú no vas a poder entregarlos. Y si lo intentas, te vas a romper de una manera que ni el dinero ni los Valdez te van a poder reparar.
Niego con la cabeza. No puedo hablar. Ella me aprieta la mano con una fuerza imposible para una mujer en su estado, una fuerza prestada, esa fuerza que se le da a las personas en los últimos minutos.
—Otra cosa.
—Sí.
—En mi armario. La caja de madera del fondo, debajo del abrigo gris. No la abras hoy. Ábrela cuando puedas. Hay cosas que no te conté porque siempre pensé que íbamos a tener más tiempo.
—¿Qué cosas, mami?
—Vas a saber cuando la abras. Y vas a entender por qué no te lo conté antes. Y, si tienes que enojarte conmigo, enójate. Pero después, perdóname.
—Mami, me estás asustando.
—Bien. Asustarte un poco es lo último maternal que voy a hacer.
Suelta una risa diminuta que se le rompe en el pecho. Yo me echo encima de ella, despacio para no aplastar los tubos, y le beso la frente. Huele a ese champú de manzanilla que mi madre lleva usando desde que yo era niña. Es un olor que ya está grabado en alguna parte de mi cabeza para siempre.
—Te quiero, mami.
—Yo más, bestia.
Y entonces el monitor cambia.
No es dramático. No es de película. No hay alarma estridente, ni gritos, ni doctores entrando a empujones. El bip se hace más espaciado, después más espaciado todavía, y después se convierte en un sonido continuo, plano, indiferente. Una nota larga que no termina.
Mi madre exhala. No inhala de vuelta.
Eso es todo.
Eso es lo que es morirse cuando una se está muriendo despacio: una exhalación que no encuentra a su pareja.
La doctora entra. Hace lo que tiene que hacer. Me dice las palabras que tiene que decir. Yo asiento, asiento, asiento, como una marioneta a la que le funciona solo el cuello. Cuando la doctora me deja sola, me quedo abrazando a mi madre durante un tiempo que no sé medir. Diez minutos. Treinta. Una hora. El tiempo deja de tener sentido cuando lo único que estás haciendo es despedirte.
Y entonces llega la segunda contracción de la noche. Más fuerte que la del taxi. Mucho más fuerte. Me dobla en dos sobre el cuerpo de mi madre, y por un instante pienso que es ella la que me está empujando a salir de la habitación, a seguir viva, a no quedarme petrificada en ese cuarto el resto de mi vida.
Salgo al pasillo. Tengo que avisarle a una enfermera. Tengo que sentarme. Tengo que respirar. Camino apoyándome en la pared, una mano en el muro, la otra en la panza, y entonces lo veo.
Al final del pasillo, junto a la máquina de café, hay un hombre de traje oscuro de pie mirando la nada. No está sentado. No está hablando con nadie. Está, simplemente, de pie, con los brazos colgándole a los costados como si se le hubiera olvidado para qué sirven los brazos.
Es Jorge.
Lo primero que pienso es: qué hace Jorge Valdez en el Saint Mary a las doce y media de la noche. Mi madre no es paciente suya. Yo no le he avisado. Y aun así está aquí, con la corbata torcida, con esa cara que no le había visto nunca, esa cara de hombre al que se le acaba de caer el techo encima y todavía no ha tenido tiempo de mirar hacia arriba para confirmarlo.
Camino hacia él. Despacio. La contracción me deja respirar lo justo.
—¿Señor Valdez?
Levanta la cabeza. Tarda en enfocarme. Y cuando me ve, no se sorprende. Ese es el detalle que se me clava primero: Jorge no se sorprende de verme. Como si supiera que yo iba a estar aquí. Como si llevara horas esperando exactamente este encuentro en este pasillo.
—Lía.
—¿Qué hace usted aquí?
—Camila.
Una sola palabra.
Yo me quedo muy quieta. Me quedo tan quieta que la siguiente contracción me agarra desprevenida y no puedo disimularla, y suelto un pequeño gemido, y me agarro la panza con las dos manos.
—¿Camila qué?
—Camila tuvo un accidente. Hace tres horas. La trajeron aquí porque era el hospital más cercano. Llegó muerta.
La frase está construida con una precisión que solo puede tener un hombre que la ha repetido en la cabeza muchas veces antes de pronunciarla. Llegó muerta. Tres palabras. Seguramente las únicas tres palabras que Jorge Valdez fue capaz de organizar después de oírlas él.
—No —digo, porque es lo único que se me ocurre—. No, Jorge.
—Sí.
—¿Cómo?
—Un coche se saltó un semáforo en la Quinta. Camila iba a una tienda. Una tienda de bebés. Me dijo que iba a hacer una vuelta corta. Que volvía en una hora. Eso es lo último que me dijo.
Yo me apoyo contra la pared porque las piernas dejan de servirme. Otra contracción. Esta más fuerte. Me ahogo un poco al respirar.
—Jorge, yo… mi madre acaba de…
Pero él no me oye. O sí me oye y la información no le entra. Está mirando un punto en el suelo, a un metro de mis pies, y desde ese punto está hablando como si recitara.
—Iba a comprar pijamas. Tres pijamas. Uno para cada uno. Lo planeó toda la semana sin decirme. Me lo contó esta mañana. Me dijo que le hacía ilusión escogerlos ella. Me preguntó si podía esperarla a comer. Le dije que sí.
Levanta la cara. Me mira. Y entonces, despacio, algo le cambia detrás de los ojos. La pena se le convierte en otra cosa. No es furia exactamente. Es algo más limpio, más helado, más quirúrgico. Es la mirada de un hombre que está buscando dónde poner el peso de lo que acaba de pasarle, y que acaba de encontrar el sitio más fácil.
—Lía.
—Sí.
—Si esto no hubiera existido.
Hace una pausa. Me señala el vientre con dos dedos. Solo dos dedos, sin levantar la mano del costado, como si señalarme entera fuera un esfuerzo que no merece.
—Si esto no hubiera existido, Camila estaría viva. ¿Lo sabes?
—Jorge, por favor.
—No estoy gritando. ¿Te das cuenta de que no estoy gritando? Estoy hablando contigo como un adulto con otro adulto. Si esto no hubiera existido, mi mujer no habría salido a buscar pijamas a las nueve y media de la noche. Eso es un hecho. Yo no estoy interpretando nada. Eso es un hecho frío.
La voz de Jorge se mantiene baja. No hay grito. No hay portazo. No hay puño contra la pared. Y eso, en este pasillo a esta hora, es mil veces peor que cualquier escándalo. Es un hombre que ha decidido, en menos de tres horas, que la única forma en que va a sobrevivir esta noche es construyendo una culpa que pueda señalar con dos dedos.
—Esos niños —dice—. Esos niños no los quiero.
—Jorge.
—Te voy a transferir el contrato completo. Esta noche. Y otro tanto encima. Y otro más si hace falta. Pero yo no quiero verlos. Ni cuando nazcan, ni cuando crezcan, ni nunca. ¿Me estás entendiendo?
—Jorge, por favor, escúcheme. Mi madre acaba de morir hace veinte minutos. En esa habitación. Y yo estoy con contracciones desde hace una hora. Necesito que se calme y que sea humano conmigo durante cinco minutos.
Por un instante creo que la frase le entra. Por un instante. Pestañea. Levanta la cabeza. Mira hacia el cuarto del que yo acabo de salir. Casi, casi, casi se le mueve algo dentro.
Pero entonces vuelve a mí. Y la cara se le cierra otra vez.
—Lo siento por tu madre.
—Jorge.
—Lo siento mucho. De verdad. Pero eso no cambia lo otro.
Y se da la vuelta. Y se va. Camina por el pasillo del Saint Mary con la espalda recta, los hombros cuadrados, los pasos medidos, como si en lugar de huir estuviera saliendo de una junta de accionistas. No corre. No tropieza. No mira hacia atrás. Eso es lo que más me duele cuando lo recuerde después: que Jorge Valdez no salió huyendo. Salió ordenando cosas en su cabeza.
Otra contracción. Esta me hace gritar. Una enfermera aparece de golpe al fondo del pasillo, después otra, después un camillero. Alguien grita la palabra «paritorio». Alguien me agarra del brazo. Alguien me sienta en una silla con ruedas y empieza a empujarme y yo me dejo empujar porque ya no me queda capacidad de protestar.
Mi teléfono vibra dentro del bolso. Lo saco con la mano que me queda libre. Una notificación bancaria. Otra. Otra. Tres en menos de dos minutos. Jorge no estaba mintiendo. Jorge no necesita tiempo para pensar las cosas. Jorge me está pagando ahora mismo, en tiempo real, mientras a mí me llevan a parir a sus hijos en la planta de abajo.
Cierro los ojos.
Pienso en mi madre, todavía caliente en la habitación 312.
Pienso en Camila, fría desde hace tres horas en algún sitio de este mismo edificio.
Pienso en los tres bebés que están a punto de salir y que ya, antes de su primer respiro, han perdido a una madre que los esperaba y a un padre que decidió no esperarlos.
Y entonces hago una promesa. No en voz alta, porque la enfermera que empuja la silla pensaría que estoy delirando. La hago dentro de mí, en ese rincón mío que todavía no se ha apagado del todo.
—Yo no me voy. A ustedes tres yo no los suelto. Ni hoy, ni mañana, ni nunca. Si los Valdez no los quieren, los quiero yo. Si el mundo no los espera, los espero yo. Si nadie viene por ustedes, vine yo y me quedo.
Y empujo. Porque no me queda otra cosa que hacer.
