Capítulo 5 Capítulo 5

POV Jorge

El frío de la morgue se clava en mis huesos como un cuchillo oxidado. El olor a formol y muerte me asfixia, pero no me muevo. No puedo. Camila yace allí, sobre la mesa de metal, cubierta por una sábana blanca que no oculta la realidad. Su rostro pálido, inmóvil, como una estatua rota. Sus labios, que solían curvarse en sonrisas que desarmaban mis defensas, ahora quietos, fríos, muertos. Toco su mano, helada como el mármol de nuestra mansión. "Camila...", susurro, la voz quebrada en el silencio opresivo. El forense murmura algo sobre el accidente, el impacto instantáneo, pero sus palabras se pierden en el vacío. No hay consuelo. Solo esto: su cuerpo sin vida, el eco de su risa extinguida para siempre. Me inclino, beso su frente gélida, y algo dentro de mí se rompe. Irreparable. Salgo tambaleando, el mundo borroso bajo la lluvia que no para. Pero la culpa... esa es mía. Todo comenzó con ese embarazo. Con esos hijos que ella deseaba tanto. Y que ahora odio con cada fibra de mi ser.

La mansión, que alguna vez fue un teatro lleno de luz, música y olor a pan dulce —porque Camila insistía en cocinar, aunque tuviéramos cinco chefs contratados—, está ahora congelada en un vacío insoportable. Entro, y el silencio me golpea como un puñetazo. Sus pasos suaves ya no resuenan por los pisos de mármol. Su risa no se filtra por los pasillos como un hechizo capaz de desarmar cualquier furia mía. Su voz canturreando melodías sin letra no llena la cocina, el invernadero ni mi oficina. Hoy no queda nada. Solo ausencia. Solo la prueba viviente de que el mundo puede arrebatarte lo único que amas en un parpadeo. Camila está muerta. Y aunque el reporte policial culpe a un conductor que se pasó un semáforo, yo sé la verdad que nadie quiere decir en voz alta: todo comenzó con ese embarazo. Con esos hijos que crecen en el vientre de otra mujer. Con esos trillizos que ella tanto deseó... y que ahora ya no quiero ni ver.

Recuerdo la primera vez que vi a Camila. No en una pastelería, como en historias románticas baratas; sino en una de esas reuniones en las que los herederos millonarios se pasean como aves exóticas listas para devorarse entre sí. Yo era un Valcourt. Ella era... inesperada. Entre vestidos de diseñador y relojes suizos, Camila apareció con un sencillo vestido blanco, el cabello recogido con descuido y una copa de champagne en la mano que nunca bebió. Sonreía con una tranquilidad que no encajaba con los tiburones que la rodeaban. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí que algo en mí —algo que ni sabía que existía— se acomodaba. Ella se acercó primero. Siempre fue más valiente que yo. —Tienes cara de odiar este lugar —me dijo, divertida. Yo fruncí el ceño. —Lo detesto —confesé. —Perfecto —sonrió ella—. Entonces podemos detestarlo juntos. Así empezó todo. Camila, con su luz absurda. Yo, con mis sombras. Con ella aprendí que existe algo más que contratos, demandas y luchas de poder. Aprendí que alguien podía amarme sin esperar que fuera perfecto.

Cuando nos casamos, mi padre me dijo: “Un hijo, Jorge. Solo uno. Es lo único que falta para asegurar la herencia. Tu hermano ya está moviendo piezas. No te duermas.” Nunca quise hijos. Camila sí. Ella soñaba con llenar esta mansión de voces pequeñas y risas. Lo acepté —no por la herencia, al menos no únicamente—, sino porque la veía tan feliz que sentía que mi corazón podía romperse si le decía que no. Pero nada funcionó. Tratamientos fallidos. Esperas interminables. Lágrimas que ella ocultaba para que yo “no cargara más culpas”. Cuando me propuso la subrogación... cuando me habló del tema acepté. Porque la amaba. Porque quería darle lo que más deseaba. Y porque la herencia aseguraría que nuestra familia estuviera protegida. Que ella estuviera protegida. Qué ironía. El intento de salvar nuestro futuro terminó matándola.

Sus cosas aún están en nuestro cuarto. Su perfume flota como un fantasma dulce que me sigue a cada paso. No puedo entrar al vestidor sin temblar. Hace tres horas, en el hospital, cuando me dijeron que había muerto al instante, sentí que alguien me arrancó el alma del cuerpo. Yo, que jamás lloré frente a nadie, me desmoroné en un pasillo frente a una extraña. Frente a Lía. Con el corazón roto, el mundo derrumbándose bajo mis pies. Y cuando la vi —con la barriga enorme, apretándose el vientre, respirando agitada— algo dentro de mí explotó. Dolor. Culpa. Rabia. Una rabia venenosa, irracional, pero real. Esos niños... esos tres niños que ella tanto esperaba... son ahora la prueba viviente de que Camila ya no está. De que la luz de mi vida murió sola, bajo la lluvia, mientras buscaba ropa para ellos. Esta mansión, donde ella planeaba habitaciones temáticas para los bebés, hoy parece un mausoleo. En el ala este, las cajas con juguetes siguen en el suelo. Ella las dejó allí antes de morir. Y a mí solo me queda el eco de su voz: “Adri, quiero que nuestros hijos crezcan rodeados de amor, no de frialdad.” Qué ironía tan cruel. No puedo mirar esas cajas sin sentir que me quemo. No puedo pensar en los trillizos sin sentir que me ahogo. No puedo ser su padre. No ahora. Quizá nunca.

Hernesto, mi hermano, ya ha intentado contactarme. Quiere asegurarse de que haga lo “correcto” para la herencia. Que cumpla los requisitos. Pero que no crea que voy a permitir que toque un centavo mientras yo respire. No él. No el hombre que siempre deseó verme caer. Aun así... nada de eso importa ahora. Ni la herencia. Ni las empresas. Ni las batallas legales. Todo se volvió irrelevante el día que perdí a Camila.

El teléfono vibra en mi bolsillo, pero lo ignoro. Hasta que el mayordomo entra, su rostro pálido como el de un fantasma. —Señor Valdez... una llamada del hospital. Lo miro, irritado. —No ahora. —Es sobre Lía —insiste, la voz temblorosa—. Dio a luz esta noche. Dos niños y una niña. Están bien, pero prematuros.

El mundo se detiene. Dos niños. Una niña. Trillizos. Nacidos esa misma noche, después de perder a Camila. Después de que el dolor la empujara al parto prematuro. Siento un nudo en el estómago, una náusea que sube como bilis. —No —digo, la voz ronca, explosiva—. No los quiero. El mayordomo parpadea, confundido. —Señor... son sus hijos. Y la herencia... su padre lo estipuló claro. Sin descendientes, todo va a Hernesto.

Me levanto de golpe, la rabia cegándome. —¡No me importa! —grito, golpeando la mesa, el eco retumbando en la mansión vacía—. ¡La herencia puede irse al infierno! ¡Esos niños me quitaron a Camila! ¡Sin ellos, ella no habría salido a noche! ¡Sin ellos, estaría viva! El mayordomo retrocede, pero yo sigo, el dolor saliendo como veneno. —Diles que se los quede Lía. Págales más. Lo que sea. Pero no los traigan aquí. No los quiero ver. No sin ella. El silencio regresa, más pesado.

A veces pienso en ir a ver a Lía... pero solo imaginar su barriga —ahora vacía— me destruye. Solo imaginar esos pequeños cuerpos, llorando en una incubadora, me revuelve el estómago. Porque sé que si vuelvo a sentir esa mezcla de vida y muerte al mismo tiempo... voy a romperme para siempre. Lucía cree que soy un monstruo. Quizá lo soy. Quizá perder a la mujer que amaba me convirtió en algo que no reconozco. Por ahora, la decisión es clara: no quiero a esos niños. No puedo mirarlos sin recordar cómo murió Camila. Cómo la perdí. Tal vez con el tiempo algo cambie. Tal vez no. Lo único que sé es que el mundo continúa moviéndose, indiferente, mientras yo sigo atrapado en el momento exacto en que la luz se apagó. Y nada, absolutamente nada, me la devolverá.

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