Capítulo 5 Capítulo 5
POV Jorge
Hay un momento, en la morgue, en que dejas de mirar a tu mujer muerta y empiezas a mirar la sábana. La sábana es más fácil. La sábana no te pide nada. La sábana es solo una sábana, blanca, limpia, doblada con la precisión que les enseñan a estas personas que trabajan en estos lugares. Yo llevo doce minutos mirando la sábana, no a Camila, y nadie me ha dicho que está mal.
El forense me espera en la puerta. Espera con la paciencia profesional de quien hace esto cinco veces al día. No carraspea. No mira el reloj. No me apura. Sabe cuánto tarda un hombre en mirar a su mujer muerta y aceptar que es ella, y sabe que esa cifra varía mucho y que acelerarla no ayuda a nadie.
Le digo que sí. Que es ella.
Firmo donde tengo que firmar. Mi letra hoy no es mi letra. Es la letra de un hombre que está aprendiendo a escribir de nuevo con una mano que no es del todo suya.
Salgo. La lluvia sigue. La lluvia, en Nueva York, en noviembre, no sigue: gobierna.
Cuando llego a la mansión, la luz del recibidor está encendida. Aurelio me ha dejado una luz, como siempre. Aurelio siempre deja una luz cuando yo llego tarde, desde hace catorce años. Hoy esa luz me parece la cosa más cruel del mundo, porque está esperando a una versión de mí que ya no existe.
Cierro la puerta. Me apoyo contra ella. Me dejo deslizar hasta el suelo, despacio, sin patetismo, como un hombre que decide racionalmente que sentarse en el suelo del recibidor es la mejor opción ahora mismo. Me quedo ahí. No sé cuánto tiempo. Aurelio, en algún momento, baja la escalera, me ve, no dice nada, vuelve a subir. Es lo más decente que le he visto hacer en catorce años.
Subo al estudio. Me sirvo whisky doble en el vaso equivocado, uno de los de coñac. Camila se reiría de eso. Camila tenía un sentido casi militar para los vasos: cada licor su vaso, cada vaso su uso. La oigo en mi cabeza, clarísima: «Jorge, ese vaso no, ese es para después de cenar». Le contesto en voz alta. Le digo «hoy todos los vasos son el mismo, mi amor». Y bebo.
Pienso en cómo la conocí. Es lo que hacen los viudos, supongo. Aunque la palabra viudo todavía no me cabe en la boca y no me la voy a poner hasta que no me la merezca. La conocí en una galería de arte en Chelsea, hace once años. Camila tenía treinta y dos y estaba parada delante de un cuadro horrible —una mancha verde sobre un fondo negro, eso era el cuadro— mirándolo con una concentración tan absurda que me obligó a acercarme.
—¿Qué le encuentra? —le pregunté.
—Nada.
—¿Nada?
—Absolutamente nada. Por eso lo miro tanto. Estoy esperando que aparezca algo. Hace veinte minutos que espero. Soy muy perseverante.
Me reí. Hacía meses que no me reía. Le pregunté si podía esperar con ella. Me dijo que sí. Pasamos cuarenta minutos delante de aquella mancha verde antes de admitir, los dos, que el cuadro era un fraude. Después fuimos a tomar café. Después no nos separamos durante diez años.
Bebo otra vez. Esta vez sí me arde.
Mi padre me pidió un solo favor en su vida, y me lo pidió en su lecho de muerte, lo cual es una crueldad considerable porque uno no puede decirle que no a un hombre que está a tres horas de irse.
—Un heredero, Jorge. Solo uno. Si no, todo va a tu hermano. Todo. Y yo no construí esto durante cuarenta años para que se lo lleve Hernesto.
Le dije que sí. Le dije lo que él necesitaba oír. Después de su funeral, sin embargo, le dije a Camila que no estaba seguro. Camila me agarró las dos manos, en esta misma casa, en este mismo estudio, y me dijo:
—Jorge. No tengamos hijos por tu padre. Tengámoslos porque queramos. Y si no queremos, no los tengamos. La herencia no me importa.
Y era verdad. A Camila la herencia no le importaba. A Camila le importaban tres cosas en la vida: yo, su jardín, y los niños que no podía tener. En ese orden, dependiendo del día.
Lo intentamos. Dios sabe que lo intentamos. Cuatro tratamientos. Dos pérdidas tempranas. Una adopción que se cayó tres semanas antes de la entrega, cuando la madre biológica decidió quedárselo y nosotros tuvimos que llamar al decorador para que se llevara la cuna que habíamos puesto en la habitación verde.
Yo le decía «paremos, mi amor». Ella me decía «un intento más, Jorge, solo uno más, prométemelo». Y yo se lo prometía. Y luego ella se hundía un poco más en la cama de la habitación verde, y yo me sentaba a su lado a leerle cosas de finanzas en voz alta porque le gustaba mi voz, no las finanzas.
La idea de la subrogación fue suya, no mía. Eso es importante decirlo en voz alta esta noche, aunque no haya nadie escuchándome. Fue idea de Camila. Yo dije que no tres veces. La cuarta dije que sí porque la vi llorar de una forma que no le había visto en cinco años, y porque pensé que decirle que no a esa clase de llanto me iba a costar el matrimonio.
Y aquí estamos. Le dije que sí. Y por decirle que sí, hoy estoy bebiendo whisky en un vaso de coñac, solo, en una mansión que ya no es una mansión sino un velorio, mientras tres bebés que mi mujer eligió y que mi mujer quiso están a diez kilómetros de aquí en una incubadora, esperando un padre que no va a venir.
Pienso en Lía.
No quiero pensar en Lía. Pero pensar en Lía es inevitable a partir de ahora porque Lía y mis hijos son la misma cosa. Eso es algo que tengo que aprender a aceptar antes de mañana por la mañana.
Cuando la vi en ese pasillo, esta noche, tuve dos pensamientos exactamente. Los voy a anotar aquí, en mi cabeza, porque alguien tiene que registrarlos para que después pueda odiarme con precisión.
El primer pensamiento fue: Lía está rota. Lía acaba de perder algo, lo veo en sus ojos, lo veo en cómo se sostiene la panza, lo veo en cómo tiembla. Tengo que ayudarla. Tengo que llamar a una enfermera. Tengo que pedir una silla. Tengo que ser, durante cinco minutos, un ser humano.
El segundo pensamiento fue: si no fuera por esa panza, Camila estaría viva.
El segundo pensamiento ganó.
Ganó porque era más fácil. Porque la culpa propia es insoportable y la culpa ajena se puede señalar. Porque fui yo el que aceptó la subrogación, fui yo el que firmó los papeles, fui yo el que pagó la clínica, fui yo el que dejó que Camila hiciera planes y comprara cunas y se ilusionara con tres pijamas, y la única forma en que mi cerebro de hijo de puta podía sobrevivir esta noche era convirtiendo esa culpa mía en culpa de otra. Y la otra estaba ahí, a tres metros de mí, embarazada, llorando, con la cara del hospital encima.
Le hablé sin gritar. Eso es lo peor. Si hubiera gritado, mañana podría decir «estaba fuera de mí». No estaba fuera de mí. Estaba dentro, exactamente dentro, eligiendo cada palabra como elijo cualquier negociación importante. Le dije que no quería a esos niños. Le dije que iba a transferirle el contrato completo. Le dije que no la quería ver. Le dije «lo siento por tu madre» como si fuera una nota al pie en un contrato de mil páginas.
Y me di la vuelta. Y caminé. Y mientras caminaba, una parte de mí me suplicaba: vuelve, vuelve, vuelve. Y otra parte, más fuerte, me decía: si vuelves, te vas a derrumbar delante de ella, y si te derrumbas delante de ella vas a tener que aceptar lo que acaba de pasar, y tú esta noche no puedes aceptar nada.
Caminé. La parte mala ganó. La parte mala lleva ganando desde que el forense levantó la sábana.
Toc, toc.
Aurelio.
—Señor.
—Pasa.
Entra. No me mira directo. Tiene un sobre en la mano y la cara de un hombre que ha ensayado lo que va a decir varias veces antes de subir las escaleras.
—Llamó el hospital, señor.
—¿Cuál?
—El Saint Mary.
—Ah.
—La señorita Navas dio a luz hace una hora. Tres bebés. Dos varones y una niña. Prematuros pero estables. Están todos en incubadora. La señorita Navas también está bien.
Asiento. No digo nada. Aurelio espera. Aurelio sabe esperar como pocos. Le he visto esperar respuestas mías durante minutos enteros sin moverse de donde está. Hoy le voy a hacer esperar un poco más.
—Aurelio.
—Diga, señor.
—¿Tú tuviste hijos?
—Dos, señor. Ya lo sabe.
—Lo sabía, sí. Perdona. ¿Y los quisiste desde el principio?
Aurelio considera la pregunta. Aurelio nunca contesta de inmediato cuando la pregunta merece un segundo de pausa.
—No, señor.
—¿No?
—Al primero le tuve miedo durante tres meses. Al segundo le tuve miedo solo dos. El cariño llegó después. Eso es lo normal, señor. Querer desde el primer minuto es de las películas.
Asiento. Bebo. Aurelio sigue de pie.
—Aurelio.
—Sí.
—Llama al hospital. Diles que la madre se queda con los niños. Que yo no voy a presentarme. Que les voy a transferir cuatro veces el contrato. Que no tienen que llamarme nunca más.
—Señor, ¿está seguro?
—Aurelio, estoy seguro de muy pocas cosas esta noche. Pero esto es una de ellas.
—Señor, perdone que insista. Pero usted me preguntó hace dos minutos si yo había querido a mis hijos desde el principio. Y le contesté que no. Le contesté que el cariño llega después. Le pedí que entendiera que es de las películas querer desde el primer minuto.
—Te oí, Aurelio.
—Entonces, señor, déjeme terminar. Eso significa que tiene tiempo. Eso significa que mañana puede pensarlo otra vez. Y pasado mañana también.
—Aurelio.
—Diga, señor.
—Llama al hospital.
Aurelio baja la cabeza. Baja la cabeza no como sumisión, sino como tristeza muy contenida. Después se da la vuelta y sale. Cierra la puerta del estudio sin hacer ruido.
Yo me quedo solo otra vez.
Hernesto. No me he olvidado de él, pero me he portado bien hasta ahora y no he revisado los mensajes. Saco el teléfono. Hay diecisiete. La mayoría son suyos. Algunos son condolencias breves, calculadas para sonar humanas sin gastar mucha humanidad. Otros son más interesantes:
Jorge, lo siento muchísimo. Cuando estés listo hablamos de los siguientes pasos.
¿Has avisado a los abogados de papá? Habría que poner orden en los temas pendientes.
Sé que no es el momento. Pero el reloj corre. Tú entiendes.
El reloj corre. Tú entiendes. Esa es la frase favorita de Hernesto desde que tenía doce años, la frase con la que justificaba todo lo que hacía a costa mía. Y yo entiendo, sí. Entiendo perfectamente. Hernesto lleva veinte años esperando este momento. La cláusula del testamento de mi padre dice que si yo cumplo cuarenta sin hijos legítimos, todo va a Hernesto. Cumplo cuarenta en cinco meses.
Y resulta que esta noche, mientras yo bebo whisky en un vaso de coñac, tengo tres hijos legítimos en una incubadora del Saint Mary que acabo de rechazar.
La ironía me golpea con tanta fuerza que casi me da risa. Pongo el teléfono boca abajo sobre el escritorio. No le contesto a Hernesto. No le voy a contestar esta noche. No le voy a contestar mañana tampoco. Que se aguante.
Camila.
Le hablo al techo, a la lámpara, al vaso, a quien quiera escuchar.
—Camila, mi amor. Hice algo muy mal esta noche. Le grité a Lía. Bueno, no le grité, le hablé bajito, que es peor. Le dije que no quería a tus hijos. A los hijos que tú elegiste. ¿Me oyes? Le dije eso, en un pasillo, mientras a ella se le acababa de morir la madre. Le dije eso porque era la única forma que tenía de no decir lo que de verdad pasó. ¿Y sabes lo que pasó de verdad, Camila? Pasó que yo te dejé ir a comprar pijamas a las nueve y media de la noche. Pasó que yo te dije «vuelve pronto» en lugar de «espera, voy contigo». Pasó que yo, durante quince meses, estuve más en mi oficina que en casa, y tú aprendiste a hacer las cosas sin mí. Y por eso esta noche fuiste sola. Esa es la culpa, Camila. Esa es la culpa real. Y yo no puedo cargarla. No puedo. No esta noche. Tengo que ponerla en otra parte o me voy a romper.
Bebo lo que queda en el vaso.
—Perdóname, Camila. Por todo. Por dejarte ir sola. Por aceptar la subrogación. Por no haber sido el marido que merecías. Y, sobre todo, perdóname por lo que le acabo de hacer a esos tres bebés. Porque sé que tú, si me estuvieras viendo desde donde estés, me odiarías por esto. Me odiarías más de lo que me has odiado por nada en doce años. Y harías bien.
Apoyo la frente sobre el escritorio. La madera está fría. Eso es lo único que puedo sentir esta noche: el frío de la madera contra la frente, y el sabor del whisky barato en la boca, y un silencio que va a empezar mañana y va a durar mucho más de lo que yo pueda soportar.
Afuera, la lluvia sigue. Adentro, no hay nadie.
