Capítulo 6 Capítulo 6
POV LIA
Nunca olvidaré esa noche. Jamás. Todo empezó con esa llamada a las tres de la mañana, el timbre cortando el silencio como un cuchillo, anunciando la crisis de mi madre. Corrí al hospital bajo la lluvia, subiendo escaleras jadeando, sujetándome la barriga mientras las contracciones irregulares me doblaban, pero seguí. Llegué a tiempo para sus últimos momentos, sus palabras susurradas, su mano apretando la mía con fuerza imposible. “Busca entre mis cosas... encontrarás algo... que te cambiará la vida...” Y luego, el monitor se apagó. El silencio. El vacío.
Salí tambaleando al pasillo, cegada por las lágrimas, el dolor del grief mezclándose con las contracciones que se intensificaban, mi cuerpo al límite a los ocho meses. Allí lo encontré a él: Jorge, roto, llorando, explotando en rabia al contarme sobre Camila, culpando al embarazo, rechazando a los niños con veneno en la voz. Su rechazo me golpeó como un puñetazo, pero el shock lo aceleró todo. El parto prematuro se desató en ese pasillo, las contracciones viniendo en oleadas que me obligaron a gritar por ayuda.
Me llevaron en camilla mientras el hospital se desordenaba a mi alrededor: ruido de pasos acelerados, luces cegadoras, voces gritando órdenes. Más tarde supe que, casi al mismo tiempo, en otra ala, los carros de emergencia habían traído el cuerpo de Camila Valdez, envuelto en sangre, víctima de un auto que se saltó un semáforo. Esa doble tragedia… me partió en dos. Horas después, en medio de luces blancas que quemaban los ojos, manos que me sostenían con fuerza y médicos que repetían “tranquila, respira” como un mantra inútil, escuché el primer llanto. Luego el segundo. Y el tercero. Tres pequeños guerreros llegaron al mundo mientras el mío se derrumbaba por completo.
Cuando los colocaron sobre mi pecho, sentí algo indescriptible: una mezcla de amor feroz, miedo visceral y un instinto que jamás había sentido, como si mi cuerpo supiera lo que mi mente aún no procesaba. Ya no eran “los bebés de Camila”. Ya no eran parte de un trato frío. Eran míos. Y nadie me los iba a arrebatar.
Un mes después del parto, estaba frente a la tumba de mi madre, con Lola sosteniéndome del brazo para no caer. Mis piernas seguían débiles, mi cuerpo agotado de cargar a los trillizos día y noche, de noches sin dormir llenas de llantos y biberones. Pero lo peor era el silencio: ese silencio brutal de saber que no tenía a nadie más, que el mundo se había reducido a tres vidas diminutas dependiendo de mí.
Lola —mi amiga desde la infancia— besó mi sien cuando me desplomé frente a la lápida, las rodillas hundiéndose en la tierra húmeda. —Lo siento Lía… —susurró, su voz suave pero impotente—.
Pero no podría. Nadie sabía lo que era cargar el peso de tres bebés y un duelo imposible al mismo tiempo, el dolor como un puño en el pecho que no soltaba. Volvimos a mi departamento, un espacio que ahora parecía más pequeño, más asfixiante, con el eco de su ausencia en cada esquina. Carla colocó a los pequeños en sus moisés mientras yo me dejaba caer sobre la cama de mi madre, abrazando su almohada como si pudiera traerla de vuelta, aspirando el leve rastro de su olor que aún persistía.
Quería dormir, desconectar del mundo, pero el destino tenía otros planes. Fue entonces cuando vi la cajita de madera en su mesita de noche: vieja, con el borde gastado, algo que nunca había notado antes. Temblando, la abrí, recordando sus últimas palabras susurradas en esa habitación de hospital.
Dentro había una cadena de plata, un sobre cerrado y una fotografía amarillenta de una pareja joven en Sicilia, el sol iluminando sus rostros felices. La mujer era mi madre, joven y radiante. El hombre… no lo reconocí, pero algo en sus ojos me resultó familiar, como un eco distante. Tragué saliva, el pulso acelerándose. Abrí el sobre con manos temblorosas.
“Mi Lía:
Si estás leyendo esto, es porque ya no puedo contártelo mirándote a los ojos. Perdóname por haberte ocultado la verdad de tu origen. No lo hice por vergüenza… sino por miedo.
Tu padre se llama Bernardo Flores.
Sí, mi vida… no fue una aventura pasajera. Fue mi esposo. Mi amor. El hombre con el que soñé construir un futuro.
Vivíamos en Barcelona. Fui feliz. Más feliz de lo que alguna vez imaginé. Pero el día que te concebimos, alguien —hasta hoy no sé quién— me hizo creer que él me había traicionado. Entré en pánico. Tenía miedo de que él me arrebatara lo único que llevaba dentro: tú.
Me fui sin despedirme. Sin explicarle. Nos casamos en secreto y por eso tengo conmigo el acta. También guardo tu certificado de nacimiento italiano.
No sé si él nos buscó. No sé si aún te recordará. Pero mereces saber quién eres.
Y mereces saber que nunca estuviste sola.”
Las lágrimas me nublaron la vista, un sollozo ahogado escapando de mi garganta. Mi madre… había huido embarazada. Mi padre… era un español millonario, un hombre con un nombre que ahora resonaba como una posibilidad remota pero real. Debajo de la carta había otro documento: el seguro de vida. Un millón de dólares. Ella lo había pagado en secreto durante años, sacrificando quién sabe qué para asegurarse de que yo tuviera algo.
Y los pagos que Jorge había realizado aún reposaban en mi cuenta: duplicados por su rabia, por su dolor, por no querer a los niños que habían llegado el día que perdió a su esposa. Miré a mis hijos dormidos, sus pechos subiendo y bajando en un ritmo tranquilo que contrastaba con el caos en mi pecho. Tres pequeñas vidas. Tres corazones que dependían solo de mí. Y una nueva verdad que lo cambiaba todo.
Esa noche tomé una decisión, acunando a mi hija mientras los otros dos dormían. —Nos iremos a España —murmuré, acariciando su mejilla suave, sintiendo el calor de su piel contra la mía—. Buscaré a mi padre. Y les daré la vida que se merecen… porque ahora ustedes son mi familia. Mi única familia.
Guardé la carta sobre mi corazón, el peso de los documentos como un ancla en medio de la tormenta. La niña abrió los ojos, como si pudiera entenderme, y yo supe que el camino estaba marcado. Había llegado el momento de comenzar nuestra historia desde cero. Lejos de Nueva York. Lejos de los Valdez. Lejos del dolor. Hacia una verdad que llevaba mi sangre. Hacia un futuro que, por primera vez, dependía solo de mí.
