Capítulo 7 Capítulo 7.

POV Lía

La luz grisácea del amanecer se filtraba por las cortinas raídas de mi departamento, iluminando el caos organizado que había invadido cada rincón. Cajas de cartón apiladas contra la pared, ropa doblada sobre el sofá, documentos esparcidos en la mesa del comedor. Los trillizos dormían en sus moisés —por fin, después de una noche infernal de llantos alternados— y yo aprovechaba esos minutos preciosos de silencio para tomar decisiones que cambiarían nuestras vidas para siempre.

Sostuve el certificado de nacimiento español entre mis manos temblorosas, leyéndolo por décima vez desde que lo encontré.

Liliana Flores Marini. Nacida en Barcelona, España.

No era solo un papel amarillento. Era una puerta a otra vida, a una identidad que desconocía por completo. Mi madre me había registrado con el apellido de mi padre en España, como si incluso en su huida quisiera dejarme un rastro para encontrarlo algún día.

—¿Cómo pude no saberlo? —susurré al vacío, la voz quebrada.

Bernardo Flores. El nombre resonaba en mi mente como un eco persistente. Había pasado las últimas noches —cuando los bebés me lo permitían— buscándolo en internet con el teléfono en una mano y un biberón en la otra.

Lo que encontré me dejó sin aliento.

Bernardo Flores: Empresario español radicado en Barcelona. CEO de Flores Internacional, conglomerado de inversiones inmobiliarias en Europa. Fortuna estimada: 800 millones de euros.

Las fotos mostraban a un hombre de cuarenta y tantos años, cabello ligeramente plateado perfectamente peinado, trajes impecables, sonrisa ensayada para las cámaras. En sus ojos —esos ojos que reconocí de la fotografía amarillenta— había algo familiar que me erizó la piel. Eran mis ojos. La misma forma almendrada, el mismo color avellana con motas doradas.

Pero lo que más me impactó fue otra imagen: Bernardo Flores junto a una mujer elegante y dos hombres jóvenes en un evento benéfico. El pie de foto decía: "El empresario Bernardo Flores con su esposa Victoria y sus hijos gemelos, Marco y Alessandro, en la gala anual de..."

Había otra familia.

El estómago se me contrajo. Claro que tenía otra familia. Habían pasado treinta años desde que mi madre huyó. ¿Qué esperaba? ¿Que estuviera esperándola? ¿Que su vida se hubiera congelado en ese momento?

Pero la pregunta que me quemaba era otra: ¿me buscaría alguna vez? ¿Supo que mi madre estaba embarazada cuando desapareció?

Cerré el navegador cuando escuché el primer quejido de Mateo —siempre era él quien despertaba primero, como un despertador humano—. Me levanté con las piernas entumecidas, cargándolo antes de que su llanto despertara a los otros dos.

—Shh, mi amor, aquí estoy —murmuré, meciéndolo contra mi pecho mientras preparaba un biberón con una mano, una habilidad que había perfeccionado por necesidad.

Mientras él succionaba con desesperación, mis ojos recorrieron las cajas etiquetadas con marcador negro: Ropa de bebés. Documentos importantes. Medicinas. Todo lo esencial para un viaje sin retorno.

Porque eso era. Un viaje sin retorno.

No tenía nada que me atara a Nueva York. Mi madre había muerto. Mi trabajo en Valdez Enterprises... ese capítulo se había cerrado de la forma más brutal posible. Y Jorge...

Jorge no quería a estos niños.

El recuerdo de sus palabras en el hospital me golpeó como siempre lo hacía: "¡Llévatelos, quémalos, haz lo que quieras, pero no los quiero cerca!"

Apreté a Mateo con más fuerza, como si pudiera protegerlo de ese rechazo retroactivamente.

—Nunca van a sentirse así —le prometí en un susurro—. Nunca.

Sofia despertó segundos después, su llanto agudo perforando el silencio. Luego Luca. Como siempre, en cadena. Dejé a Mateo en su moisés y me moví entre los tres como una malabarista agotada, cambiando pañales, preparando biberones, arrullando, besando frentes diminutas.

Era agotador. Estaba físicamente destruida. Mis ojeras parecían moretones, mi cabello era un nido de pájaros que no tenía tiempo de peinar, y mi cuerpo aún dolía del parto prematuro. Pero cada vez que los miraba —esas caritas perfectas, esos puños apretados, ese olor dulce a leche y talco— sentía algo más fuerte que el cansancio.

Amor.

Un amor tan feroz que asustaba.

El timbre sonó a media mañana, justo cuando había logrado que los tres durmieran al mismo tiempo —un milagro que ocurría quizás una vez al día—.

Maldije en voz baja, corriendo a la puerta antes de que volviera a sonar.

Era Lola.

Mi mejor amiga desde la infancia, la única persona que había estado conmigo en cada crisis, en cada lágrima. Pero hoy algo estaba diferente. Sus ojos estaban rojos e hinchados, el maquillaje corrido, los labios temblando, aunque intentara sonreír.

—Lola... —susurré, jalándola adentro y cerrando la puerta con cuidado—. ¿Qué pasó?

Ella se desmoronó en mis brazos, sollozando contra mi hombro con una intensidad que me asustó. La guié al sofá, apartando ropa doblada para hacer espacio, y la sostuve mientras lloraba como no la había visto llorar nunca.

—Mi padre... —logró decir entre hipidos—. Mi padre me... me quiere casar con el hijo de su socio. Un tipo de cincuenta años, Lía. ¡Cincuenta! Y yo tengo veintiséis...

El estómago se me revolvió.

—¿Qué? ¿De qué hablas?

Lola se limpió la cara con el dorso de la mano, respirando entrecortadamente.

—Dice que es un "buen partido". Que me asegurará el futuro. Que deje de soñar con tonterías como mi carrera de diseño gráfico y acepte lo que "una mujer decente" debe hacer.

La rabia me subió por la garganta como bilis.

—Lola, eso es... eso es medieval. No puede obligarte...

—¡Claro que puede! —explotó ella, la voz quebrándose—. Vivo en su casa, Lía. Dependo de él. Me quitó mi laptop, mi teléfono... solo pude salir porque le dije que iba a la farmacia. Tengo una hora antes de que empiece a buscarme.

Se cubrió el rostro con las manos, los hombros temblando.

—No puedo hacerlo. No puedo casarme con ese hombre. Prefiero... prefiero morirme.

La tomé de las manos, obligándola a mirarme.

—No vas a casarte con nadie. Y no vas a volver a esa casa.

Sus ojos se llenaron de esperanza y miedo al mismo tiempo.

—¿Qué?

Tragué saliva, sintiendo cómo las piezas encajaban en mi mente. Era una locura. Pero ¿qué parte de mi vida no lo era últimamente?

—Ven conmigo a España.

Lola parpadeó, confundida.

—¿España? ¿De qué hablas?

Me levanté, yendo a la mesa donde tenía los documentos esparcidos. Tomé el certificado de nacimiento, la carta de mi madre, la fotografía amarillenta.

—Descubrí quién es mi padre —dije, mi voz temblando—. Es un empresario español. Millonario. Y voy a buscarlo. Voy a empezar de nuevo allá, lejos de todo esto. Con los niños.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo