Capítulo 8 Capítulo 8.

POV LIA.

Le mostré los papeles. Lola los leyó con los ojos muy abiertos, procesando.

—Lía... esto es...

—Una locura, lo sé —la interrumpí—. Pero es mi única opción. Aquí no tengo nada. Jorge no quiere a los niños. Mi madre murió. Y tú...

La miré fijamente.

—Tú tampoco tienes que quedarte en esa prisión. Ven conmigo. Empecemos de cero. Juntas.

Lola negó con la cabeza, las lágrimas volviendo a caer.

—No puedo... No puedo simplemente irme...

—¿Por qué no? —la desafié—. ¿Qué te detiene? ¿Un padre que te trata como mercancía? ¿Una familia que no respeta tus sueños?

—No tengo dinero, Lía. No tengo pasaporte vigente. No tengo...

—Yo tengo dinero —la corté—. El seguro de vida de mi madre. Y los pagos de Jorge. Es más que suficiente para las dos. Y para los niños.

Me arrodillé frente a ella, tomando sus manos entre las mías.

—Lola, has estado conmigo en cada momento difícil de mi vida. Cuando mi madre enfermó. Cuando decidí ser madre sustituta. Cuando todo se fue al carajo. Déjame estar contigo ahora. Déjame ayudarte.

Ella sollozó, apretando mis manos con fuerza.

—Pero... ¿y si tu padre no quiere saber de ti? ¿Y si...?

—Entonces lo enfrentaremos juntas —dije con firmeza—. Pero al menos lo intentaremos. Al menos no estaremos atrapadas en jaulas que otros construyeron para nosotras.

El silencio se extendió entre nosotras, roto solo por el suave ronroneo de los trillizos durmiendo en sus moisés.

Finalmente, Lola asintió, las lágrimas cayendo libremente.

—Está bien —susurró—. Está bien. Voy contigo.

La abracé con fuerza, sintiendo su cuerpo temblar contra el mío.

—No te vas a arrepentir. Te lo prometo.

—¿Cuándo nos vamos? —preguntó con voz ronca.

Miré las cajas, los bebés, los documentos.

—En una semana. Necesito arreglar los pasaportes de los niños, comprar los boletos, cerrar todo aquí.

Lola se limpió la cara, respirando hondo.

—Entonces tengo una semana para juntar valor y no volver a esa casa nunca más.


Los siguientes días fueron un torbellino frenético.

Tramité los pasaportes de los trillizos usando mi certificado de nacimiento español —Liliana Flores Marini—, registrándolos con mi apellido español. Mateo Flores, Luca Flores, Sofia Flores. Era perfectamente legal: yo era ciudadana española por nacimiento, aunque nunca lo hubiera sabido hasta ahora. Jorge había firmado una renuncia de paternidad en el hospital, cegado por su dolor, así que legalmente no existía vínculo con él.

Pero había algo más: al registrarlos con mi identidad española, borraba cualquier rastro que pudiera llevar a Jorge hasta nosotros si algún día cambiaba de opinión. No aparecerían en los sistemas estadounidenses bajo el apellido Valdez. Ni siquiera bajo Navas, el apellido de mi madre que había usado toda mi vida en Nueva York.

Cada vez que veía esos documentos nuevos, algo dentro de mí se retorcía. Estaba protegiéndolos... o escondiéndolos. La línea era tan delgada que dolía pisarla.

Lola apareció al tercer día con una maleta pequeña y los ojos hinchados pero decididos.

—No volveré —dijo simplemente—. Me quedé en un hostal barato. Mi padre me ha llamado cincuenta veces. No contesté ninguna.

Le preparé té mientras ella se sentaba en el suelo, jugando con Sofia, que la miraba con esos ojos enormes y curiosos.

—¿Crees que esté bien? —preguntó Lola de pronto—. ¿Irte sin decirle nada a Jorge Valdez?

La pregunta me golpeó como un puñetazo.

Era la misma pregunta que me atormentaba cada noche cuando no podía dormir. La misma duda que me carcomía por dentro.

—No lo sé —admití, mi voz apenas un susurro.

—Son sus hijos, Lía. Biológicamente. ¿Tiene derecho a saber que te los llevas a otro continente?

Me dejé caer en el sofá, agotada.

—Él los rechazó, Lola. Me gritó que no los quería. Que eran la causa de la muerte de Camila. Que hiciera lo que quisiera con ellos.

—Estaba en shock —contraargumentó ella suavemente—. Acababa de perder a su esposa. La gente dice cosas horribles cuando está rota.

—Lo sé —gruñí, frotándome la cara—. Créeme, lo sé. Pero... ¿y si sigue pensando igual? ¿Y si le digo y me los quita? ¿Y si decide que los quiere solo por la herencia familiar, no porque los ame?

Lola me miró con esos ojos que me conocían demasiado bien.

—¿O tienes miedo de que sí los quiera y te sientas culpable por llevártelos?

El nudo en mi garganta se apretó dolorosamente.

—No sé —confesé—. Solo sé que no puedo arriesgarme. Estos niños merecen ser amados. Incondicionalmente. No puedo dejar que crezcan sintiéndose como una carga, como un recordatorio doloroso de algo que se perdió.

Lola asintió lentamente.

—Entonces ve, bueno, vámonos sin mirar atrás. Pero algún día, Lía... algún día tendrás que decidir si les la verdad sobre su padre.

—Cuando sean lo suficientemente grandes para entenderlo —prometí—. Cuando pueda explicarles todo sin que se sientan rechazados.


La noche antes del viaje, no pude dormir.  Me senté en el piso de la sala, rodeada de maletas cerradas y moisés vacíos —los niños dormían en mi cama, arropados como pequeños burritos—. Abrí mi laptop y, casi sin pensarlo, busqué noticias sobre Jorge Valdez.

"CEO de Valdez Enterprises reaparece tras muerte de su esposa. Asume control total de la compañía. Rechaza comentarios sobre el programa de gestación subrogada."

Había una foto reciente: Jorge saliendo de su oficina, demacrado, con ojeras profundas, el traje impecable pero la mirada vacía. Lucía como un fantasma de sí mismo. Algo dentro de mí se retorció.

Cerré la laptop de golpe.

No podía sentir lástima por él. No ahora. No cuando estaba a punto de tomar la decisión más importante de mi vida.

Saqué mi teléfono, escribiendo y borrando un mensaje una docena de veces:

"Señor Valdez, quería avisarle que..."

Borrar.

"Jorge, sé que no quiere saber nada de los niños, pero..."

Borrar.

"Me voy del país con los trillizos. Pensé que debía saberlo."

Borrar.

Finalmente, dejé el teléfono a un lado, las manos temblando.

No podía hacerlo. No podía arriesgarme a que me detuviera. A que me quitara lo único que me quedaba.

—Perdóname —susurré al aire, sin saber si le hablaba a Jorge, a Camila, o a mí misma—. Pero tengo que protegerlos. Es lo único que importa.


El aeropuerto estaba abarrotado de gente cuando llegamos al día siguiente. Lola empujaba el carrito con dos de los bebés mientras yo cargaba a Sofia en el portabebés y arrastraba las maletas. Éramos un espectáculo: dos mujeres agotadas con tres recién nacidos, documentos esparcidos, pañales, biberones y miradas de curiosidad —y juicio— de todos lados.

El oficial selló los pasaportes con un golpe seco.

—Buen viaje.

Lola me apretó el brazo mientras caminábamos hacia la puerta de embarque. Yo solo podía pensar en lo que acababa de hacer: borrar el rastro. Desaparecer con tres vidas que, legalmente, Jorge había renunciado a reclamar, pero que biológicamente seguían siendo sus hijos.

¿Era protección o secuestro? La línea era tan delgada que dolía pensarla.

Cuando el avión despegó, con Sofia dormida contra mi pecho y Lola sosteniendo a Mateo y Luca, miré por la ventana cómo Nueva York se empequeñecía bajo las nubes.

Atrás quedaba todo: mi madre, mi antigua vida, Jorge Valdez y su dolor.

Adelante estaba lo desconocido: Barcelona, un padre que no sabía que existía, una verdad enterrada durante treinta años. Pero mientras sentía los latidos de mi hija contra mi corazón, supe que había tomado la decisión correcta. Porque estos niños merecían un comienzo. Un hogar. Una familia que los eligiera.

Y yo los había elegido.

Para siempre.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo