Capítulo 1 EL JURAMENTO DE PLATA

La luna llena colgaba sobre el bosque de los Apalaches como una promesa antigua, una moneda de plata custodiando los secretos de los amantes.

Selene caminaba entre los árboles con el corazón golpeándole el pecho, un tambor desbocado que marcaba el ritmo de su ansiedad. La brisa nocturna, cargada del aroma a tierra mojada y pino, levantaba hojas secas a su paso, creando un siseo que parecía advertirle que regresara. Pero ella apenas lo notaba. Había seguido el mismo sendero tantas veces, impulsada por el tirón invisible de su loba, Kaia, que podía recorrerlo incluso con los ojos cerrados.

Porque siempre llevaba al mismo lugar. A él.

Damien estaba de pie en el claro, iluminado por la luz plateada que se filtraba entre las copas de los robles. Alto, inmóvil, con esa presencia que hacía que el aire mismo pareciera más pesado, más denso. Era imposible no verlo; su silueta emanaba una autoridad natural, una fuerza que obligaba a la naturaleza a guardar silencio.

Cuando sus ojos se encontraron con los de Selene, algo silencioso y profundo se tensó entre ellos. Un vínculo que no solo era de sangre, sino de almas. Algo antiguo. Algo inevitable.

—Pensé que tardarías más —dijo Damien. Su voz era un barítono grave, tranquilo... pero en sus ojos verdes aparecía ese brillo salvaje y posesivo que solo reservaba para ella.

Selene se detuvo a pocos pasos, luchando por no lanzarse a sus brazos.

—Tu tío Darius está reuniendo guerreros en la frontera —dijo en voz baja, su voz temblando por la urgencia—. Nadie sabe por qué, pero los rumores dicen que busca a alguien. Alguien que amenaza su control.

El gesto de Damien se endureció, sus facciones esculpidas en ángulos defensivos.

—Darius nunca mueve piezas sin un motivo. Ese hombre huele la debilidad a kilómetros y el poder lo ciega.

El viento atravesó el claro, agitando el cabello oscuro de Selene y mezclando sus aromas: vainilla y sándalo de ella, con el olor a tormenta inminente de él. Por un momento, ninguno habló. El silencio era un refugio antes del caos. Damien dio un paso hacia ella. Y otro. Hasta que la distancia entre ambos desapareció y Selene pudo sentir el calor abrasador que emanaba de su pecho.

—Algo está cambiando —susurró Selene, apoyando sus manos en el pecho de él, sintiendo el latido rítmico y poderoso—. Puedo sentirlo en el aire, como si la tierra misma estuviera conteniendo el aliento.

Damien la observó con una intensidad que siempre lograba desarmarla, una mirada que parecía leer sus pensamientos más profundos. Levantó una mano y apartó suavemente un mechón de cabello de su rostro, dejando que sus dedos rozaran su piel, provocando una cascada de chispas eléctricas.

—Escúchame bien, Selene. —Su voz bajó de tono, volviéndose más seria, casi sombría—. Si el mundo decide separarnos… si alguien intenta borrarte de mi vida o arrancarme de la tuya... no me importa cuántas vidas tenga que cruzar, cuántos años pasen o cuántos recuerdos me arranquen de la mente.

Su pulgar rozó la mejilla de Selene con una ternura que contrastaba con la ferocidad de sus palabras.

—Siempre voy a encontrarte. Eres mi norte, mi luna y mi sangre.

Selene sintió que el pecho se le apretaba de emoción y miedo. Sabía que en su mundo, las promesas como esa siempre tenían un precio de sangre. Y entre las sombras del bosque, unos ojos gélidos observaban la escena. Darius, oculto en la espesura, sonrió con una mueca carente de humanidad. En ese mismo instante, tomó la decisión de destruir no solo su amor, sino el destino mismo.

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