Capítulo 10 EL RECONOCIMIENTO DE LA SANGRE

Damien ordenó detener el vehículo a un kilómetro del palacio. Necesitaba sentir la tierra, necesitaba que su lobo rastreara a Selene personalmente. Se adentró en el bosque de Sombraluna solo, dejando a su guardia atrás. El bosque era antiguo, lleno de árboles cuyas raíces parecían guardar secretos de siglos.

Caminaba con sigilo, sus sentidos de híbrido captando cada crujido de rama y cada respiración animal. De pronto, un aroma lo golpeó. No era solo el sándalo y la vainilla de Selene. Era algo más dulce, más joven, pero con la misma nota de tormenta inminente que él mismo poseía.

Se detuvo en seco cerca de un claro oculto por sauces llorones.

Allí, sentada sobre una roca lisa junto al río, estaba una niña.

Damien se quedó petrificado. La pequeña vestía una túnica sencilla de lino y hablaba en susurros a un lobo gris de la manada que descansaba a sus pies. El animal, un guerrero veterano por sus cicatrices, no mostraba agresividad; al contrario, lamía la mano de la niña con una devoción absoluta.

—No te preocupes —decía la niña al lobo—. Mamá dice que hoy la luna está triste, pero yo sé que es porque está esperando a alguien.

Damien sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Esa voz. Esa cadencia. Pero lo que lo dejó sin aliento fueron sus ojos cuando ella, sintiendo su presencia, levantó la mirada.

Eran sus ojos. Verdes, intensos, rodeados de pestañas oscuras. El mismo resplandor de esmeralda que él veía cada mañana en el espejo.

Cole, su lobo, que había estado aullando por venganza un segundo antes, se sumergió en un silencio reverencial. Entonces, una palabra vibró en su mente con la fuerza de un terremoto: «Nuestra. Nuestra cachorra. Nuestra sangre».

Damien dio un paso involuntario hacia adelante, saliendo de las sombras. La niña no se asustó. Se bajó de la roca con una elegancia que recordaba a Selene y caminó hacia él. El lobo gris se tensó, pero la niña le puso una mano en el lomo para calmarlo.

—Tú eres el del sueño —dijo Aria, deteniéndose a un metro de él. Sus ojos escudriñaban el rostro de Damien con una curiosidad pura, sin rastro de miedo.

Damien se arrodilló, quedando a su altura. Sus manos, que habían segado vidas y gobernado con hierro, temblaban de forma visible.

—¿Quién eres tú? —preguntó él, su voz apenas un susurro roto por la emoción.

—Soy Aria —respondió ella, inclinando la cabeza—. Mi mamá dice que mi papá está en las estrellas cuidándonos, pero tú hueles a él. Hueles a casa.

En ese momento, Damien sintió que un muro en su mente se agrietaba. Un flash de memoria lo golpeó: Selene, hace seis años, susurrándole al oído que quería formar una familia. Que si tenían un cachorra la llamarían Aria.El dolor de la amnesia fue reemplazado por una oleada de amor instintivo tan potente que lo dejó sin aire. Estiró la mano y, con una delicadeza infinita, rozó la mejilla de la niña.

—Aria —repitió él, saboreando el nombre—. Tu nombre es Aria.

—¡Aria! —el grito de Selene rasgó el aire del claro.

Damien levantó la mirada. Selene estaba al borde del claro, con el rostro pálido y los ojos llenos de terror. Lucien estaba a su lado, con la mano en su arma.

Selene corrió hacia ellos, interponiéndose entre Damien y la niña, abrazando a Aria como si quisiera fundirla con su propio cuerpo.

—No la toques, Damien —dijo Selene, su voz cargada de una ferocidad maternal que hizo que el bosque mismo vibrara—. No te atrevas a tocarla.

Damien se puso de pie lentamente, su estatura imponente proyectando una sombra sobre ambas. Ya no era el Alfa furioso que buscaba venganza por una huida. Era un hombre que acababa de descubrir que el mundo le había mentido durante seis años.

—¿Por qué? —preguntó Damien, y el dolor en su voz fue tan real que Selene tuvo que apartar la mirada—. ¿Por qué me ocultaron que tenía una hija, Selene? ¿Por qué me dejaron creer que no tenía nada por lo que vivir?

 Antes de que Selene pudiera responder, un aullido lejano y oscuro resonó en la frontera. Los hombres de Darius habían llegado, y no venían a parlamentar. Darius sabía que si Selene le contaba todo a Damien su control sobre él terminaría para siempre, y enseguida dió la orden de "limpiar el terreno".

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