Capítulo 2 LA NOCHE DEL ACCIDENTE
El bosque había dejado de sentirse como un refugio. Ahora, cada sombra parecía un depredador y cada susurro del viento una amenaza.
Selene caminaba junto a Damien, tratando de seguir el ritmo de sus pasos largos y decididos. El aire estaba saturado de humedad, presagiando una tormenta que no tardaría en estallar.
—No me gusta esto, Damien. Kaia está inquieta, siente que nos observan —murmuró ella, mirando por encima del hombro.
Damien no se detuvo, pero su postura cambió. Sus músculos se tensaron bajo la ropa, sus sentidos agudizados al máximo. Él sabía que su herencia híbrida —esa mezcla de linajes antiguos que Darius quería controlar— era un blanco demasiado tentador.
—Estamos cerca del río —dijo Damien en voz baja, su mano buscando la de ella—. Una vez que crucemos, estaremos fuera del territorio de los Salvatore. Seremos libres de sus leyes y de su odio.
Selene exhaló, permitiéndose imaginar por un segundo una casa pequeña, lejos de las guerras de manadas, donde Aria (que ya crecía en su vientre, aunque ella aún no lo sabía con certeza) pudiera correr sin miedo. Libertad.
Pero la esperanza se rompió con un crujido. Seco. Metálico.
Damien se detuvo en seco, empujando a Selene detrás de su cuerpo imponente.
—Corre —dijo con una calma que le heló la sangre.
De entre los árboles comenzaron a salir figuras: cinco guerreros de la élite de Darius, con uniformes de combate y ojos que brillaban con un tinte antinatural.
—No vinimos por la chica —dijo el líder con una sonrisa torcida, sacando una daga de plata—. Solo queremos al "Heredero Supremo". Tu tío se cansó de esperar a que te sometieras, Damien.
—Están cometiendo un error —rugió Damien. Sus ojos verdes comenzaron a transformarse, el amarillo del lobo mezclándose con un destello violeta oscuro, propio de su linaje híbrido.
—No. El error lo cometió Darius al dejarte vivir tanto tiempo —replicó el guerrero.
Se lanzaron al ataque. Selene apenas podía seguir los movimientos. Damien era una ráfaga de destrucción; sus golpes tenían una fuerza sobrenatural, derribando a los guerreros con una velocidad que desafiaba la vista. Pero eran demasiados. Mientras Damien luchaba contra tres, uno de los hombres sacó un arma de fuego cargada con munición de plata pesada.
—¡Damien, cuidado! —gritó Selene.
Él reaccionó por instinto, girándose para interponerse entre el tirador y ella. El disparo rompió el silencio de la noche como un trueno. El impacto de la bala de plata lo alcanzó de lleno en el pecho, justo sobre el corazón. Damien soltó un rugido de agonía que sacudió los árboles.
Ambos perdieron el equilibrio y rodaron por la pendiente húmeda y empinada hacia el río. Rocas golpeando sus costados, ramas quebrándose contra sus cuerpos, el mundo convertido en un torbellino de dolor y barro.
Finalmente, el movimiento cesó cerca de la orilla del río caudaloso. Selene abrió los ojos con dificultad, la vista nublada por la sangre que bajaba de un corte en su frente.
—Damien… —su voz salió como un susurro roto.
Lo encontró a pocos metros. Inmóvil. La sangre, oscura y caliente, empapaba la tierra a su alrededor. Selene se arrastró hacia él, sus manos temblando tanto que apenas podía coordinar.
—No… no… por favor… —sollozó, tocando su rostro. Estaba frío. Sus ojos verdes estaban fijos, vacíos.
En ese momento, el vínculo en el pecho de Selene se sintió como si alguien lo hubiera arrancado de raíz, dejando un agujero negro donde antes había calor.
—¡Damien, mírame! ¡Cole, despierta! —gritó, pero no hubo respuesta del lobo de él.
En la cima de la pendiente, Darius observaba la carnicería. Lucien, el mejor amigo de Selene y su Beta, apareció entre las sombras, viendo el cuerpo inerte de Damien.
—Selene, tenemos que irnos, ¡ahora! —gritó Lucien, tirando de ella—. Si te encuentran, te matarán a ti también. Darius no dejará testigos.
Selene fue arrastrada lejos del cuerpo de su compañero, gritando su nombre hasta perder la voz, mientras el río rugía, llevándose sus esperanzas.
