Capítulo 3 SEIS AÑOS DE HIELO Y SANGRE

Habían pasado seis años.

Seis años desde aquella noche en que el mundo de Selene se tiñó de rojo y barro. Para cualquier lobo, perder a su mate es una sentencia de muerte lenta, una amputación del alma que deja un agujero negro donde antes latía el propósito. Selene no fue la excepción.

Tras el ataque, Lucien la arrastró casi a rastras hacia el Reino del Sur, el territorio de su familia. Durante meses, Selene fue una sombra. No comía, no hablaba; solo se sentaba frente a la ventana esperando un milagro que no llegaba. Su loba, Kaia, se había ovillado en un rincón oscuro de su mente, negándose a aullar, negándose a sentir. Había perdido a Cole, el lobo de Damien, y con él, su voluntad de existir.

Pero la vida, en su ironía más cruel, le dio una razón para no rendirse. Tres meses después del accidente, Selene descubrió que no estaba sola. Aria crecía en su vientre, un pequeño milagro híbrido que latía con una fuerza que Selene reconoció de inmediato: era la chispa de Damien.

—Tengo que protegerla, Lucien —le dijo una noche, con la voz rota pero los ojos encendidos por una chispa de determinación—. Si Darius sabe que el linaje de Damien sigue vivo en ella, vendrá a terminar el trabajo.

Poco después, su padre, el Alfa Supremo del Sur, murió en un ataque de renegados en una de las múltiples batallas fronterizas. Selene, con el corazón blindado en hielo, se vio obligada a ocupar su lugar. Se convirtió en La Alfa. Aprendió a gobernar con una mano de hierro y una mente brillante, ganándose el respeto de manadas que antes la subestimaban. Nadie volvió a ver a la joven que reía bajo la luna; esa Selene había muerto en el río. La nueva Selene era inteligente, firme y letal.

Mantenía a Aria oculta en las alas privadas del palacio, protegida por hechizos de ocultación y la lealtad absoluta de Lucien. Solo por ella Selene soportaba el vacío destructivo de su pecho.

Por eso, cuando llegó la convocatoria de la Gran Cumbre de Alfas en Noctaris, Selene sintió un escalofrío. El nuevo "Rey Alfa Híbrido Supremo" exigía presencia obligatoria. Los rumores decían que era un monstruo, un guerrero sin piedad que había unificado el norte bajo un régimen de terror.

Aquella noche, Selene llegó tarde al salón de reuniones de Noctaris. No fue por descuido, sino por desafío. Empujó las enormes puertas de madera labrada y el eco de sus botas contra la piedra hizo que el murmullo de docenas de Alfas se apagara de golpe. Avanzó con la elegancia de una reina guerrera, su cabello castaño claro cayendo sobre sus hombros como una capa de seda.

Pero entonces, sus ojos café chocaron con la figura sentada en el trono central.

El mundo se inclinó. Su corazón, que apenas latía, dio un vuelco violento que le dolió en las costillas.

No podía ser. Pero lo era.

Damien Salvatore.

Estaba más alto, con una espalda más ancha y una musculatura imponente que gritaba poder absoluto. Su piel trigueña brillaba bajo las antorchas y sus facciones eran más duras, más afiladas, como si hubieran sido talladas en granito. Pero lo que más la impactó fueron sus ojos verdes. Aquellos ojos que una vez la miraron con una ternura infinita ahora eran dos pozos de esmeralda gélida, desprovistos de cualquier reconocimiento.

Selene sintió que el aire se convertía en cristales en sus pulmones. Lo había visto morir. Había llorado sobre su cuerpo frío. ¿Cómo era posible que estuviera allí, gobernando a los mismos que intentaron matarlo?

«¿Damien...?», susurró Kaia en lo más profundo de su mente, despertando de su letargo con un aullido de agonía.

Selene se obligó a caminar, a sentarse, a fingir que no se estaba desintegrando por dentro. Durante toda la reunión, sintió la mirada de Damien sobre ella. No era una mirada de amor, sino de un depredador analizando a una presa intrigante. El dolor se transformó en una rabia sorda: ¿Por qué no me buscaste? ¿Por qué me dejaste sola en este infierno?

Cuando la reunión terminó, Selene se levantó para huir, pero su voz la detuvo como un látigo.

—Tú.

Se giró lentamente, sus manos temblando bajo las mangas de su túnica. Damien estaba frente a ella, tan cerca que podía oler su aroma: tormenta, pino y algo metálico. Él la estudió con una fijeza perturbadora, como si estuviera tratando de descifrar un jeroglífico antiguo.

—Disculpa… —dijo él, su voz vibrando en el centro del pecho de Selene—. ¿Nos conocemos?

El corazón de Selene se rompió en mil pedazos invisibles. Él no recordaba nada. Ni el claro, ni las promesas, ni la noche en que casi mueren juntos. Era un extraño con el rostro del hombre que ella todavía amaba.

Le sostuvo la mirada con toda la dignidad que le quedaba y, con la voz más fría que pudo fingir, mintió:

—No.

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