Capítulo 4 EL RECLAMO DEL ALFA SUPREMO
Las puertas del salón se cerraron detrás de Selene, pero el aire en el pasillo de Noctaris parecía no ser suficiente. Lucien la esperaba fuera, su rostro lleno de preocupación.
—Vámonos de aquí, Selene. Ahora —susurró él, tomándola del brazo.
Pero Damien no iba a permitirlo. Dentro del salón, Cole, su lobo, estaba arañando las paredes de su conciencia. «Nuestra. Es nuestra», rugía la bestia con una ferocidad que Damien nunca había sentido en los seis años desde que despertó del coma.
Darius, desde una esquina del salón, observaba la escena con una sonrisa satisfecha que ocultaba su nerviosismo. Había mantenido a Damien bajo su control, borrando su pasado y usándolo como el arma perfecta para consolidar su poder sobre las manadas. Pero la aparición de Selene era un cabo suelto que no había previsto.
Damien se levantó del trono de golpe, ignorando a los otros Alfas que intentaban hablarle. Bajó los escalones con una zancada depredadora y salió al patio justo cuando Selene llegaba al vehículo de Lucien.
—¡Selene! —el grito de Damien detuvo el tiempo.
Ella se tensó, pero no se giró de inmediato. Lucien se colocó delante de ella, sus ojos brillando con el amarillo de su lobo.
—Ella ya se iba, Salvatore —dijo Lucien con voz tensa.
Damien se detuvo a pocos metros. Su presencia Alfa era tan masiva que el viento pareció detenerse. Miró a Lucien con un desprecio absoluto, pero su atención volvió rápidamente a Selene.
—Ningún Alfa abandona Noctaris hasta que yo lo decida —sentenció Damien. Su voz era baja, cargada de una autoridad que no admitía réplica—. Hay asuntos de la frontera que no se han discutido.
—No tengo nada más que decirte —respondió Selene, girándose finalmente. Sus ojos café estaban llenos de una furia que Damien no entendía, pero que le resultaba extrañamente excitante.
—Te equivocas —dijo Damien, dando un paso más, invadiendo su espacio personal—. Me debes una explicación de por qué mi lobo está intentando romper mis costillas para llegar a ti.
Lucien dio un paso al frente, pero Damien fue más rápido. En un movimiento que Selene apenas pudo ver, Damien tomó a Lucien por el cuello de la camisa y lo levantó centímetros del suelo. La fuerza de Damien era aterradora, un recordatorio de su linaje híbrido supremo.
—No vuelvas a interponerte —rugió Damien.
—¡Déjalo, Damien! —gritó Selene, el nombre escapando de sus labios antes de que pudiera evitarlo.
Damien soltó a Lucien, pero sus ojos verdes se clavaron en ella con una intensidad nueva.
—¿Cómo sabes mi nombre? En la cumbre me presentaron como Salvatore. Nadie fuera de mi círculo íntimo me llama Damien.
Selene palideció. Había cometido un error.
—Lo escuché por ahí —mintió, aunque su voz tembló.
—Mientes —susurró él, acercándose tanto que ella pudo sentir el calor de su aliento—. Te vas a quedar. He activado la Ley del Consejo. El palacio está sellado.
Con un movimiento de su mano, una barrera de energía oscura y plateada rodeó los límites del hotel y el palacio. Selene estaba atrapada. No solo en la ciudad, sino en el radio de acción del hombre que la amó, la olvidó y ahora, de una forma retorcida y posesiva, la reclamaba de nuevo. Mientras Selene regresaba a su habitación escoltada por guardias, Damien entró en su despacho privado donde Darius lo esperaba.
—Esa mujer es peligrosa, Damien —dijo su tío—. No dejes que sus mentiras te confundan.
—Ella no miente, tío —respondió Damien mirando sus manos, que todavía hormigueaban por haber estado cerca de ella—. Ella sufre lo vi en sus ojos. Y voy a averiguar si soy yo la causa.
