Capítulo 5 LA SOMBRA DEL RECUERDO

Selene estaba de pie frente a la ventana de su suite en el hotel de Noctaris, con la mirada perdida en las luces de la ciudad que brillaban bajo la barrera de energía impuesta por Damien. Se sentía como un pájaro enjaulado, pero lo que más le aterraba no era el encierro físico, sino la tormenta que arreciaba en su pecho.

Se había quitado el traje formal de Alfa, sintiendo que la tela la asfixiaba. Ahora vestía una camisola de seda oscura que se deslizaba sobre su piel como una caricia fría, dejando sus hombros al descubierto. Sus dedos trazaron la cicatriz casi invisible en su hombro, recuerdo de la caída al río, mientras las lágrimas que había contenido durante la cumbre finalmente rodaban por sus mejillas.

—¿Por qué, Damien? —susurró al cristal—. ¿Por qué tuviste que volver así?

De pronto, un escalofrío recorrió su espalda. Kaia, que había estado inquieta, soltó un aullido sordo y reverencial. Selene no necesitó girarse para saber quién estaba allí. El aire en la habitación cambió; el oxígeno pareció cargarse de electricidad estática y el aroma a bosque y tormenta inminente inundó sus sentidos.

Damien estaba apoyado contra el marco de la puerta, que había abierto sin hacer ruido. Sus ojos verdes, ahora oscurecidos por un deseo primitivo, recorrieron la silueta de Selene con una lentitud tortuosa. Se detuvieron en la curva de su cuello, en el brillo de sus lágrimas y en la forma en que la seda se pegaba a sus caderas.

—No podía irme —dijo él. Su voz era un gruñido bajo, una vibración que Selene sintió directamente en la boca del estómago—. Mi lobo está arañando mis entrañas, exigiendo que esté cerca de ti.

Selene se giró lentamente, tratando de ocultar su temblor.

—¿Qué haces aquí, Damien? ¿No te basta con encerrarme como a una criminal?

Damien dio un paso adelante, su presencia llenando cada rincón de la habitación. Su camisa negra estaba desabrochada en el cuello, revelando la piel de su pecho.

—Necesito respuestas. Porque cuando te miro, siento que me falta el aire. Porque cuando Lucien te tocó, quise arrancarle el corazón. Y porque... —dio otro paso, acortando la distancia hasta que Selene pudo sentir el calor abrasador que emanaba de él—... siento que ya eres mía.

Selene soltó una risa amarga, cargada de dolor.

—¿Tuya? ¿Cómo puedes decir eso si ni siquiera sabes quién soy?

Damien la atrapó contra la pared en un movimiento fluido, sus brazos flanqueando su cuerpo. El contacto de su pecho contra el de ella fue como una descarga eléctrica. Selene jadeó, cerrando los ojos ante la intensidad del encuentro.

—Ese es el problema —murmuró él, su aliento rozando su oreja—. Mi mente no tiene imágenes tuyas, pero mi cuerpo... mi cuerpo te reclama como si te conociera desde el inicio de los tiempos. Mi piel arde donde tú me miras.

Sin pedir permiso, Damien deslizó la mano por la seda de su espalda hasta acunar la nuca de Selene, enredando los dedos en su cabello con un agarre firme, casi desesperado. Selene arqueó la espalda ante el contacto, un sollozo ahogado escapando de su garganta.

Él pegó sus frentes. La respiración de Damien era caótica, rápida; sus ojos verdes vagaban por los labios de ella como si tratara de recordar una sed que llevaba seis años sin calmar.

—Dime quién eres, Selene —suplicó él en un susurro rasgado, perdiendo por completo la compostura de Rey Alfa—. Dime por qué mi piel recuerda el toque de tus dedos. Dime por qué siento que si no te beso ahora mismo, me voy a volver loco.

Selene sintió el peso de sus lágrimas resbalar hasta la comisura de sus labios. Levantó las manos, temblando, y las posó sobre las mejillas de él, sintiendo la barba de tres días y el calor volcánico de su rostro.

—Si te lo digo... me romperás el corazón por segunda vez —murmuró ella, con la boca a milímetros de la suya. Levantó la mirada, encontrándose con esos ojos verdes que tanto había llorado. La cercanía era agobiante, deliciosa.

—¿De verdad no recuerdas nada? —preguntó ella, su voz quebrándose—. ¿Ni el claro? ¿Ni las promesas bajo la luna? ¿Ni la noche en que casi morimos juntos?

Damien frunció el ceño, una sombra de frustración cruzando su rostro.

Damien frunció el ceño, una sombra de dolor y frustración cruzando sus facciones.

—Darius me dijo que tuve un accidente. Que perdí fragmentos de mi vida —murmuró, inclinando la cabeza hasta que sus labios rozaron la línea del cuello de Selene, haciéndola estremecer—. Pero hoy, cuando te vi entrar en ese salón... sentí que la parte de mí que había estado muerta volvía a la vida.

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