Capítulo 8 LA FURIA DEL HÍBRIDO SUPREMO

El amanecer en Noctaris fue frío y gris. Damien abrió los ojos lentamente, con una sensación de plenitud que no había sentido en seis años. Su cuerpo se sentía ligero, su lobo, Cole, estaba inusualmente tranquilo, ronroneando de satisfacción.

Estiró el brazo instintivamente hacia el otro lado de la cama, esperando encontrar la calidez de la piel de Selene, el aroma a vainilla y sándalo que lo había embriagado toda la noche.

Pero solo encontró sábanas frías.

Se incorporó de golpe, su mirada recorriendo la habitación vacía. No había rastro de ella. Ni su ropa, ni su presencia. Solo el desorden de la cama y el eco de sus suspiros.

—¿Selene? —llamó, su voz todavía ronca por el sueño.

Silencio absoluto.

Damien saltó de la cama, su desnudez ignorada ante la creciente alarma que golpeaba su pecho. Se acercó a la ventana y vio que la barrera de energía que él mismo había levantado tenía una pequeña distorsión, una cicatriz en el tejido del poder. Alguien la había forzado desde dentro.

Cole despertó con un rugido de traición. «¡Se fue! ¡Nuestra hembra nos dejó! ¡Búscala! ¡Mátalos a todos y tráela de vuelta!».

La furia de Damien estalló. Con un rugido que hizo vibrar los cristales de la suite, golpeó la pared de piedra, dejando una grieta profunda. Se vistió con movimientos violentos y salió de la habitación, encontrándose con su guardia de élite en el pasillo.

—¡¿Dónde está la Alfa de Sombraluna?! —rugió Damien, sus ojos verdes brillando con un resplandor violeta peligroso, señal de que su lado híbrido estaba tomando el control.

Los guardias retrocedieron, aterrorizados por la presión del aura de su Rey.

—Se… se fue antes del alba, mi señor. El Beta de ella, Lucien, parece haber burlado el sistema de seguridad.

Damien no esperó más. Atravesó los pasillos del palacio como un huracán negro hasta llegar al patio principal, donde se encontró de frente con su tío, Darius. El anciano lo observaba con una calma que a Damien le resultó irritante.

—Te lo advertí, sobrino —dijo Darius, entrelazando sus manos—. Las mujeres de ese linaje son traicioneras. Te usó para obtener información o quizás solo para burlarse de tu falta de memoria.

—¡Cállate, Darius! —le gritó Damien, señalándolo con un dedo tembloroso de rabia—. No te atrevas a hablar de ella.

—Si de verdad fuera tu compañera, no habría huido como una ladrona en la noche —continuó Darius, sembrando la semilla de la duda—. Se fue a Sombraluna. Me pregunto qué secretos guarda en ese palacio que son más importantes que tú.

Esa frase golpeó a Damien. ¿Qué secretos? Recordó la forma en que ella lo miraba, el dolor en sus ojos cuando él no la reconoció. Había algo más. Algo que ella protegía con su propia vida.

—Preparen mi transporte —ordenó Damien a sus hombres, ignorando a su tío—. Salimos hacia Sombraluna ahora mismo.

—Damien, cruzar la frontera sin invitación es un acto de guerra —advirtió Darius, aunque por dentro celebraba. Su plan de enfrentar a las manadas estaba funcionando.

Damien se giró, su rostro era una máscara de determinación letal.

—Ella ya me declaró la guerra cuando me abandonó en esa cama. Y si tengo que quemar Sombraluna para obtener mis respuestas, lo haré. Ella es mía, Darius. Y nadie, ni siquiera ella misma, va a volver a alejarse de mí.

Subió al vehículo oficial, con Cole aullando en su mente por la caza que estaba por comenzar. No sabía que lo que encontraría al final del camino no sería una traición, sino la prueba viviente de que el amor que le robaron nunca murió del todo.

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