Capítulo 9 EL RASTRO DE LA LUNA PERDIDA

El viaje hacia el Reino del Sur fue una tortura de silencio y furia contenida. Damien permanecía en el asiento trasero del vehículo blindado, observando cómo el paisaje boscoso de Noctaris se transformaba en las llanuras y colinas que marcaban la entrada a Sombraluna.

Su lobo, Cole, estaba en un estado de agitación constante. Arañaba su conciencia, impulsándolo a saltar del coche y correr en su forma de lobo híbrido hasta alcanzar el aroma de Selene.

¡Huyó! ¡Recupérala!», rugía la bestia. Pero bajo la rabia, Damien sentía algo más: un vacío punzante. El calor de la noche anterior todavía quemaba en su piel, y el sabor de los labios de Selene permanecía en su boca como un fantasma que se negaba a marcharse.

—Señor, estamos cruzando la frontera —informó el conductor, su voz temblando ante el aura opresiva que emanaba de Damien—. Los guardias de la Alfa Selene están en alerta. Han intentado bloquear el paso, pero su sello de Rey Alfa Supremo los ha obligado a ceder.

—No te detengas por nada —ordenó Damien, sus ojos verdes fijos en el horizonte.

Mientras tanto, en el palacio de Sombraluna, Selene se movía con una eficiencia desesperada. Había llegado hacía apenas unas horas y ya había reforzado las patrullas. Lucien la seguía de cerca, observando las ojeras y el agotamiento en su rostro.

—Él viene, Selene. —dijo Lucien—. Darius no se quedará atrás. Si Damien llega aquí y ve a Aria...

—Lo sé —cortó ella, deteniéndose frente a un gran ventanal que daba al bosque—. Sé que lo sabe. Pero no podía quedarme en Noctaris y dejar que su tío la usara como moneda de cambio. Aquí, en mi reino, yo dicto las reglas.

Selene bajó a los jardines traseros, donde la seguridad era más estricta. Allí, lejos de los ojos de los curiosos, Aria jugaba cerca del arroyo. La niña, ajena a la tormenta política y emocional que se cernía sobre ellas, reía mientras intentaba atrapar mariposas. Selene la observó y sintió una punzada de culpa. Aria tenía los gestos de Damien: la misma forma de inclinar la cabeza cuando estaba concentrada, la misma chispa de desafío en sus ojos verdes.

—Aria, mi vida, entra al palacio con la nana —pidió Selene, tratando de que su voz no temblara—. Mamá tiene que recibir a una visita.

—¿Es el hombre que huele a bosque y tormenta, mamá? —preguntó la niña de pronto, deteniéndose.

Selene se quedó helada. Aria nunca había visto a Damien.

—¿De qué hablas, cariño?

—Lo soñé —dijo la niña con una sonrisa inocente—. Un lobo muy grande y negro que me cuidaba de la lluvia. Olía igual que tú cuando regresaste hoy.

Selene no pudo responder. El vínculo de sangre era demasiado fuerte. El linaje híbrido de Damien no conocía de amnesias ni de fronteras.

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