Capítulo cuarenta y uno

Laura se arrastró hasta la orilla pedregosa del río, con el cuerpo temblándole sin control. El agua helada le había entumecido la piel, pero no podía adormecer el dolor abrasador del profundo tajo en su muslo. Debía de haberse golpeado con una roca durante su descenso salvaje corriente abajo.

—Idio...

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