Capítulo cuarenta y cinco

La luz del sol se colaba a raudales por la entrada de la cueva cuando Laura abrió los ojos. Se estiró, con una sonrisa todavía en los labios, hasta que se dio cuenta de que estaba sola sobre el lecho de pieles. Alargó la mano en busca de Dante y solo encontró el vacío, ya frío.

Se incorporó y se en...

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