Capítulo cinco
A través de la oscuridad y el dolor, Laura vio algo moverse detrás de los renegados, una forma oculta en la noche. Al principio, pensó que la muerte había venido por ella.
El corazón se le detuvo. ¿Era esto? ¿El final de todo?
Entonces un gruñido profundo y aterrador cortó el aire, más fuerte y potente que cualquier sonido que los renegados pudieran emitir. El gruñido sacudió el bosque, haciendo temblar todo. Las hojas crujieron y hasta el suelo pareció estremecerse bajo ellos.
Los renegados se detuvieron, girando la cabeza con rapidez hacia el sonido.
—¿Qué fue eso? —susurró uno, con la voz temblándole de miedo.
Laura sintió que los dedos de Vex se aflojaban alrededor de su garganta. Solo un poco, pero lo suficiente para poder aspirar una bocanada dolorosa. Sus ojos se movieron de un lado a otro en la oscuridad, ya no fijos en ella.
—¿Quién anda ahí? —gritó, con una voz no tan firme como antes—. ¡Esta es nuestra tierra! ¿Me oyes? ¡Nuestro territorio!
Otro gruñido le respondió, ahora más cerca. El sonido le erizó la piel a Laura. Los renegados que le sujetaban los brazos se miraron entre sí; sus agarres se debilitaron mientras observaban alrededor, nerviosos.
—No me gusta esto —murmuró el del oído faltante—. Hay algo ahí afuera.
—Cállate —espetó Vex, pero Laura podía olerle el miedo.
Entonces la sombra se movió, saltando desde los árboles con un timing perfecto.
El miedo y una oleada de energía afilaron los sentidos de Laura. El dolor seguía allí, aplastándola desde dentro, pero otra cosa estaba creciendo, volviéndose más fuerte.
No voy a morir así, pensó. No con miedo. No rindiéndome.
Aunque el cuerpo le temblaba de agotamiento, se zafó de los renegados distraídos y enseñó los colmillos. El aire fresco de la noche le rozó la garganta donde había estado la mano de Vex.
—No soy una presa —gruñó, con la voz áspera y quebrada. Su loba se alzó dentro de ella, dándole una fuerza que no sabía que aún le quedaba. Le ardía por las venas como fuego.
El primer renegado, el del oído faltante, se lanzó sobre ella con las garras extendidas.
—¡Vas a pagar por eso!
Los instintos de lucha de Laura, enterrados durante tanto tiempo bajo su papel de Luna, despertaron. Se hizo a un lado, lenta, pero lo justo para esquivar sus garras. Cuando él trastabilló al pasar de largo, ella le bajó sus propias garras por el brazo, haciéndolo gritar de dolor.
—¡La perra me cortó! —aulló, sujetándose el brazo ensangrentado. Sus ojos se abrieron con asombro mientras miraba la sangre corriéndole entre los dedos.
—Entonces destácenla —ordenó Vex, vigilando tanto a Laura como a la amenaza desconocida en las sombras. Sus ojos iban y venían de su espalda a la oscuridad.
Otro renegado, el de las cicatrices horribles que le cruzaban la cara, se colocó detrás de ella.
—Con gusto —dijo, con la voz espesa de hambre—. Llevo esperando probarla.
Laura intentó girarse, mantener a ambos atacantes a la vista, pero sus movimientos eran lentos por el dolor del vínculo roto. Cada movimiento se sentía como avanzar a través del agua. El renegado cicatrizado le dio una patada para barrerle las piernas y la hizo caer con fuerza al suelo. Laura jadeó cuando el dolor le atravesó las costillas, dejándola sin aire en los pulmones.
Por un momento, su visión se nubló mientras luchaba por no perder el conocimiento.
—¿Esto es lo mejor que puede hacer una Luna? —se burló el renegado lleno de cicatrices, caminando a su alrededor como si ya fuera carne muerta. Le dio un puntapié en el costado—. No me extraña que tu Alfa te tirara a la basura. Inútil.
Sus palabras encendieron un fuego en el pecho de Laura. Rodó para apartarse de su pie y se incorporó hasta quedar apoyada en manos y rodillas. La sangre le goteó del labio al suelo del bosque.
—No me tiró a la basura —jadeó; cada palabra le quemaba la garganta—. Yo lo dejé. Hay una maldita diferencia, imbécil.
El renegado de las cicatrices se rió, mostrando dientes amarillentos.
—Tienes carácter, te lo concedo.
—Ya no importa —dijo Vex, acercándose a medida que recuperaba el valor. Su sombra cayó sobre ella—. Igual vas a morir sola en estos bosques. Sin manada. Sin pareja. Nadie para oírte gritar.
Laura se obligó a ponerse de pie, tambaleándose de forma alarmante. El cuerpo se le sentía como piedra; cada movimiento requería un esfuerzo enorme. Aun así, alzó las garras y lanzó zarpazos torpes contra los renegados que la rodeaban, como lobos alrededor de una presa herida.
—Atrás —advirtió, pero le tembló la voz.
Estaba superada en número y exhausta; su fuerza se desvanecía a toda prisa. El dolor del vínculo la devoraba por dentro, haciendo que cada respiración fuera más difícil que la anterior.
El renegado de cabello negro se abalanzó, amagó hacia la izquierda y luego la golpeó con fuerza en el estómago.
—Así termina esto para ti, Luna.
El golpe le arrancó el último aliento y la dobló de dolor. Las rodillas le dieron contra el suelo cuando por fin las piernas dejaron de sostenerla. La tierra y las piedritas se le clavaron en la piel.
—Patética —escupió el de cabello negro—. Y pensar que una vez fuiste Luna. ¿Qué clase de Alfa querría a una pareja tan débil?
Cada palabra le ardía peor que las heridas. Laura intentó ponerse de pie otra vez, pero el cuerpo no le respondió. Se quedó de rodillas, con un brazo rodeándose el vientre y el otro apoyado en el suelo para no desplomarse de cara. La sangre le corría de un corte en la cabeza, donde se había golpeado contra una roca al caer; cálida y pegajosa, le goteaba dentro del ojo. La vista se le nubló, el mundo le dio vueltas.
Los árboles. El cielo. Las caras burlonas. Todo se mezcló.
Vex se acercó, con la victoria marcada en su rostro lleno de cicatrices. Le agarró el cabello y le echó la cabeza hacia atrás con brusquedad para dejarle la garganta expuesta. El dolor le hizo brotar lágrimas, pero no se quejó. Sus ojos rojos brillaron de alegría mientras la miraba desde arriba.
—Qué lástima —dijo, pasando una garra por su garganta. Apareció una línea delgada de sangre, pero Laura no se inmutó—. Pudiste haber sido útil. Lástima que me gusta mi presa rota.
Laura le sostuvo la mirada, incluso cuando los ojos se le llenaron de lágrimas de dolor. Si esos eran sus últimos instantes, los enfrentaría con el poco orgullo que le quedaba.
—Hazlo, maldito —susurró—. Termina lo que él malditamente empezó.
Algo destelló en los ojos de Vex, quizá confusión o un instante de respeto. Luego se le endureció el rostro otra vez.
—Como quieras, Luna —dijo, alzando la mano con garras para asestar el golpe—
Entonces, todo se detuvo.
