Capítulo 1 Capítulo 1

El teléfono vibró sobre la mesa de noche a las 2:17 de la madrugada.

Entreabrí los ojos, prisionera de esa duermevela inquietante en la que el cerebro detecta el peligro antes que el propio cuerpo. Permanecí petrificada, contemplando el techo negro de mi diminuto apartamento mientras el zumbido insistente desgarraba el silencio absoluto de la noche.

A mis 29 años, mi existencia era una coreografía monótona y solitaria. Habitaba un espacio funcional, con apenas unos nombres en la agenda y los días repartidos con precisión quirúrgica entre el trabajo y mis pensamientos. Por eso, tenía la certeza absoluta de que nadie me llamaría a esa hora. Nadie lo hacía salvo que el mundo estuviera a punto de colapsar.

Me levanté despacio. Sentí el frío de la madrugada que me ponía la piel de gallina. Mi corazón empezó a latir fuerte contra mis costillas. La pantalla del teléfono se encendía y apagaba una y otra vez. La luz azul iluminaba las paredes de la habitación y les daba un aspecto fantasmal.

Número desconocido.

Dudé. Una parte de mí quería ignorar la llamada, dejar que sonara hasta apagarse y seguir creyendo que mi pequeño mundo era seguro. Pero una fuerte intuición, un nudo frío en el estómago, me obligó a contestar.

¿Hola? Mi voz sonó rara, cortada por el sueño.

Al otro lado hubo un corto silencio. Después, habló un hombre. Su voz sonaba demasiado neutral, ensayada, como la que usan los profesionales que prefieren no meterse en el dolor de los demás.

—¿Sofía Herrera?

Oír mi nombre completo a esa hora me dejó helada.

—Sí… ¿Quién habla?

Hubo otra pausa. Esta vez pareció interminable.

—Lamento informarle que su hermana, Valeria Herrera… ha sufrido un accidente de tránsito hace unas horas. Ha fallecido.

El mundo no solo se detuvo. Se destruyó. Las palabras me golpearon como una descarga eléctrica. Sentí la columna vertebral rígida. De pronto, el aire desapareció por completo de mis pulmones. Un dolor punzante e insoportable llenó mi pecho.

No… Un gemido desgarrador se me escapó de la garganta. Negué violentamente con la cabeza. No, no, no. Debe ser un error. Se ha equivocado de persona. Yo… yo no he visto a mi hermana desde hace once años. Ella no puede… No puede estar muerta.

Los documentos de identidad coinciden, señorita Herrera. La voz continuó, implacable, soltando detalles con una frialdad de oficina. Horario de ingreso a la morgue, protocolos de identificación y el tanatorio asignado. Le sugiero que se presente por la mañana.

La llamada se cortó con un pitido seco.

El teléfono se resbaló de mis dedos temblorosos y cayó sobre las cobijas. Me llevé las manos a la cabeza y tiré de mi propio cabello mientras un sollozo ahogado y fuerte me desgarraba la garganta. Ya de rodillas sobre la alfombra fría al lado de la cama, me abracé a mí misma. Lo hice en un intento desesperado de sostener mi cuerpo, que sentía a punto de romperse en mil pedazos.

Once años. Once años largos echados a perder por culpa del orgullo. La imagen de la última discusión en la cocina familiar volvió a golpearme sin compasión. Los reproches salieron con rabia. Vi la mirada herida de Valeria. Luego escuché el portazo con el que mi hermana pequeña salió de mi vida para siempre.

Durante más de diez años, me convencí de que no me importaba, que había tiempo y que algún día arreglaríamos las cosas. Pero el tiempo se acabó de repente. No habría reconciliación ni abrazos ni perdón. Lloré durante horas en la oscuridad, sintiendo culpa, remordimiento y soledad.

El día del funeral amaneció sepultado bajo un cielo gris, espeso y húmedo.

Llegué a la capilla como un fantasma. Estaba agotada después de horas hiperventilando y desgastándome con el llanto. Llevaba un vestido negro que me apretaba el pecho como si fuera una armadura de plomo. Me ardían los pómulos y mis ojos, hinchados y rojos, apenas soportaban la tenue luz del lugar.

Caminé despacio hasta el ataúd de madera oscura. Cuando me asomé, la realidad me golpeó otra vez en el estómago con la fuerza de un puñetazo. Se me fue el aire de nuevo. El rostro de Valeria se veía extrañamente tranquilo. Ya no tenía esa chispa de arrogancia ni la rebeldía indomable que siempre la habían definido en su juventud. Parecía increíblemente joven. Casi indefensa.

Apoyé las manos temblorosas en el borde del ataúd, sin poder mantenerme firme. Un sollozo silencioso me sacudió mientras las lágrimas caían sin control sobre el cristal.

¿Por qué no me buscaste, Vale? Rompí a llorar de nuevo. Tenía la voz ahogada por un dolor que me quemaba las entrañas. Perdóname. Por favor, perdóname. Fui una cobarde. Fui una estúpida. ¿Por qué dejamos que pasara tanto tiempo?

Apreté los puños hasta que las uñas se clavaron en mis palmas. Quise gritar y sacudir a mi hermana para que despertara, pero solo pude apoyarme en el féretro, escondiendo el rostro entre los brazos mientras lloraba, sabiendo que nunca tendría respuestas.

Al intentar reponerme y limpiarme el rostro con la mano, miré alrededor. La soledad de la capilla era desoladora. Estaba casi vacía. Era un recordatorio brutal de que las dos éramos los últimos miembros de una familia extinta. Sin embargo, las pocas personas que habían ido al funeral no se parecían en nada a la imagen que yo tenía de mi hermana. Eran hombres y mujeres mayores, vestidos con trajes de diseñador, que se movían con una elegancia rígida y mostraban una sensación de dinero oscuro y autoridad.

¿De dónde conocía Valeria a esa gente? ¿En qué mundo había vivido durante los últimos años mientras yo me refugiaba en mi rutina?

—Señorita Herrera.

Una voz seria a mi espalda interrumpió mis pensamientos. Me giré despacio, limpiándome una última lágrima, y vi a un hombre de unos cincuenta años, con traje gris oscuro y maletín de cuero. Su expresión era muy profesional.

—Soy el licenciado Torres, el abogado personal de su hermana. Necesito que me acompañe a una sala privada de inmediato, por favor.

¿Abogado personal? Fruncí el ceño. Tenía la voz ronca por el llanto. Yo no...

—Es de extrema urgencia, señorita —me interrumpió el hombre, sin dar pie a discusiones. Se trata de las voluntades de Valeria.

Sentí otra vez un nudo frío y amargo en el estómago. Asentí despacio. Lo seguí por un pasillo silencioso de paredes blancas. El aire olía mucho a desinfectante y a flores marchitas.

Cuando llegué a la pequeña oficina privada, la puerta ya estaba medio abierta. El abogado me indicó que entrara.

Dentro, de pie junto a un gran ventanal que daba a un patio interior, esperaba un hombre. Era alto, tenía la espalda ancha y una postura rígida, casi militar. Se notaba la tensión en sus hombros desde lejos, como la de un depredador atrapado. Cuando escuchó mis pasos, se giró de golpe.

Tenía la mandíbula marcada y unos ojos oscuros que me miraban de arriba abajo con hostilidad y desconfianza.

Durante unos segundos, el ambiente en la habitación se tensó.

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