Capítulo 2 Capítulo 2
—¿Quién es ella? —preguntó el hombre. Su voz era profunda y rasposa. Tenía una agresividad contenida que no encajaba con la seriedad del despacho.
Se me puso la piel de gallina, pero la rabia por la impertinencia de ese desconocido apagó al instante cualquier señal de desconcierto. Crucé los brazos sobre el pecho y di un paso al frente. Me puse a la defensiva.
—Podría hacerle exactamente la misma pregunta —repliqué. Lo miré a los ojos con firmeza—. Este es el funeral de mi hermana. ¿Quién demonios es usted y por qué me mira como si tuviera derecho a pedirme explicaciones?
—Señores, por favor —intervino el abogado. Carraspeó para intentar bajar la tensión—. Les pido que tomen asiento. Lo que debo decirles requiere toda su atención y calma.
El hombre junto a la ventana no se movió. Apretó los puños a los lados con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Yo preferí quedarme de pie. No quería mostrar ni el más pequeño signo de debilidad ante un desconocido.
—Mi nombre es Mateo Rivas —dijo él al fin. Su tono intentaba sonar bajo control. Sin embargo, una turbación profunda se filtraba en cada palabra—. Le aseguro que tampoco tengo ningún interés en estar aquí.
—Perfecto —solté con frialdad—. En eso al menos estamos de acuerdo.
El abogado abrió una carpeta de cuero gruesa sobre el escritorio de madera.
—Ambos están aquí porque la señora Valeria Herrera dejó instrucciones muy claras en su testamento. Estas instrucciones los nombran directamente a ustedes dos.
—¿Testamento? —Solté una risa seca, sin gracia—. Mi hermana y yo llevábamos once años sin hablarnos. Ni siquiera sabía en qué ciudad vivía o de qué trabajaba. ¿De qué demonios me está hablando?
El abogado levantó la vista y nos miró uno a uno. Pensó bien lo que iba a decir antes de soltar la bomba.
—Hablo de la custodia legal de su hijo.
Un zumbido sordo llenó mis oídos. El suelo pareció moverse bajo mis pies.
—¿Su... su qué? —balbuceé. Perdí la voz por completo.
—Su hijo —repitió el abogado con una calma casi exasperante—. Valeria dio a luz a un niño hace una semana en una clínica privada. En sus últimas voluntades, estipuló que la patria potestad y la custodia del menor serán compartidas entre ustedes.
Un silencio pesado y frío llenó la habitación.
—¿Es una broma? —La voz de Mateo fue apenas un siseo lleno de una rabia peligrosa—. ¡Esto es absurdo!
—¡No tiene ningún sentido! —exclamé, sintiendo una fuerte opresión en el pecho—. Ella nunca me dijo nada. No sabía que estaba embarazada. No sabía nada de su vida desde hace más de una década. ¿Por qué me dejaría a un niño a mí? Y sobre todo —señalé con vehemencia a Mateo—, ¿quién es él? ¿Por qué nombraría a un completo desconocido como co-tutor? ¿Era su amante? ¿Quién es usted para meterse en los asuntos de mi familia?
Mateo dio un paso hacia mí con los ojos encendidos. Me detuvo con la mirada antes de responder.
—No era su amante —dijo con una voz tan fría que me cortó la respiración—. Soy Mateo Rivas. Y el padre de ese niño era mi hermano mayor, Julián.
Parpadeé, completamente descolocada.
—¿Su hermano?
—Mi hermano es un monstruo —soltó Mateo. Dejó caer la fachada de dureza y mostró la sombra de un miedo real—. Es un hombre peligroso, influyente y sin corazón con el que rompí todo contacto hace años. Valeria descubrió demasiado tarde quién era realmente Julián y huyó de él para salvar su vida. Sabía muy bien de lo que él es capaz si descubre que tiene un heredero. Si Julián se acerca a ese niño, lo destruirá. Lo usará como una herramienta o lo hará desaparecer para siempre.
Escuchaba las palabras de Mateo como si hablara en otro idioma. Sin embargo, el terror puro en los ojos del hombre era demasiado real para ser una invención.
—Valeria me buscó en secreto hace un mes —continuó Mateo y bajó el tono—. Estaba aterrorizada. Me suplicó que, si a ella le pasaba algo, yo interviniera para proteger a su hijo y mantenerlo fuera del alcance de Julián.
El abogado dio un suave golpecito en los documentos para retomar el control de la reunión.
—Así es. Las cláusulas del testamento son estrictas y están legalmente protegidas. Para evitar que Julián Rivas reclame la patria potestad como padre biológico, la custodia debe quedar en exclusiva a su cargo. Un familiar directo por la vía materna y otro por la paterna que no tenga vínculos con las actividades ilícitas de la familia Rivas. Si uno de ustedes renuncia o no demuestran convivir y cooperar en la crianza del menor, la custodia quedará anulada. El niño pasará a disposición de los servicios estatales. Allí, a Julián no le tomará ni veinticuatro horas rastrearlo y reclamarlo.
Traté de entender lo grande que era el desastre. Pasaron once años sin hablar para enterarme de que mi hermana menor había pasado por un infierno, acosada por un hombre cruel. En su último aliento, me arrastró al centro de esa pesadilla.
—Yo no puedo hacer esto —dijo Mateo. Se pasó una mano por el rostro y parecía claramente abrumado—. No sé nada sobre criar a un bebé. Mi vida es complicada. Tengo trabajo. Esto es una locura.
—¿Y cree que mi vida sí es adecuada para esto? —le pregunté, con la voz temblando entre la rabia y el shock—. ¡Apenas puedo pagar mi propio apartamento! ¡Apenas logro mantenerme a flote!
En ese momento, la puerta de la oficina se abrió con un leve crujido.
Una enfermera entró despacio. Llevaba en sus brazos un bulto muy pequeño, envuelto con cuidado en una manta de algodón blanco.
—Disculpen la interrupción —dijo con voz suave—. Acaban de autorizar el traslado del recién nacido desde la clínica. Este es el pequeño Lucas.
El tiempo se paró por completo.
Me quedé inmóvil, mirando esa figura ridículamente frágil. La enfermera, al ver que yo no me movía, lo tomó como una invitación. Caminó hacia mí y, con mucho cuidado, puso al bebé en mis brazos.
El calor de ese cuerpo pequeño pasó por mi ropa. Me llegó directo al pecho como una descarga eléctrica.
Instintivamente, ajusté los brazos para sostener la cabeza del recién nacido y bajé la mirada. El bebé se movió un poco, dejó escapar un suspiro suave y abrió despacio los ojos. Unos ojos de un verde intenso, brillante y puro. Los mismos ojos de Valeria. Mis propios ojos.
En un segundo, el rencor de once años de distancia, los reproches callados y los vacíos guardados se rompieron. Ese niño no era un problema legal ni una carga inesperada. Era el hijo de mi hermana. Mi sobrino. La única prueba viva de que Valeria había estado en este mundo. Era mi propia sangre.
Una lágrima bajó por mi mejilla y cayó muy cerca de la manta.
—No voy a dejarlo solo —murmuré. Mi voz ya no temblaba. Sonaba firme, llena de una determinación vieja y fuerte—. Es mi sobrino. Es mi familia. Y si mi hermana dio la vida para protegerlo de esa gente, no voy a permitir que termine en un orfanato ni que ese hombre se lo lleve.
Levanté la cabeza despacio. Miré a Mateo.
Él me miraba en silencio. La hostilidad de su cara se había ido. Ahora mostraba un miedo igual al mío, pero también una señal de respeto por mi firmeza. Mateo miró a Lucas. Reconoció en la cara del recién nacido la marca clara de su propia sangre.
Soltó un suspiro profundo y cerró la mandíbula.
—Si aceptamos esto, no habrá marcha atrás —advirtió en voz baja. Dio un paso hacia mí—. Mi hermano no tardará en enterarse de la muerte de Valeria. Si nos descubre, tu vida tranquila habrá acabado.
—Ya se acabó —repliqué, estrechando al bebé contra mi pecho sin romper el contacto visual—. Así que dígame de una vez, Mateo: ¿está dentro o va a dejar que su hermano lo destruya?
Mateo contempló al pequeño una última vez antes de asentir.
—Estoy dentro.
El abogado cerró la carpeta de cuero con un golpe firme.
—Bien. Firmemos los documentos. A partir de este momento, sus vidas quedan comprometidas con la protección de este niño.
Un último regalo de mi hermana o la última de sus trampas; aún era pronto para saberlo. Pero mientras los pequeños dedos de Lucas se enredaban en la tela de mi ropa, como si se aferraran a la vida misma, una certeza helada se instaló en mi pecho:
Ya no había vuelta atrás. Mi rutina, mis silencios y mi soledad elegida acababan de saltar por los aires. Todo se había roto, pero entre los escombros, algo completamente nuevo empezaba a respirar.
