Capítulo 3 Capítulo 3
El sonido de la puerta al cerrarse llenó el apartamento como un punto final. Era un acuerdo forzado que ninguno de los dos había planeado. Ambos sabíamos que ya no tenía vuelta atrás.
Di un paso dentro del vestíbulo. Sostenía a Lucas con una rigidez nerviosa, como si temiera que cualquier movimiento en falso pudiera romperlo. El apartamento no era mío. El abogado fue claro. Las cláusulas del testamento exigían que nos mudáramos de inmediato a la casa de Mateo. Era una propiedad que cumplía con los requisitos de espacio y seguridad que el juzgado de familia revisaría en sus visitas de control para asegurarse de que vivíamos juntos y compartíamos la crianza.
Observé el lugar. Era un ático de techos altos, con líneas simples y ventanales enormes que daban a la ciudad. Todo en él mostraba riqueza y un orden casi obsesivo. Las paredes de concreto pulido y los muebles de cuero oscuro estaban impecables, pero no tenían nada de calidez. Era un espacio hecho para alguien que vivía solo y pensaba seguir así.
Nada en ese sitio decía que un recién nacido pudiera estar allí.
Mateo entró detrás de mí. Tiró las llaves sobre una consola de madera con un golpe seco. Aproveché para mirarlo de reojo. Por primera vez pude fijarme en su aspecto sin la distracción del abogado. Aunque tenía poco más de treinta años, Mateo imponía. Era difícil no notarlo. Era alto, de hombros anchos y cuerpo atlético. Su mandíbula era angulosa y de líneas duras, siempre parecía tensa. Tenía el cabello oscuro y algo desordenado. Sus ojos grises, fríos y muy directos, resaltaban contra su piel. Llevaba puesta una camisa de lino gris. Tenía las mangas remangadas hasta los antebrazos. Su físico dejaba claro que no era un hombre de oficina común.
No es un lugar pensado para niños, dijo él. Paseó la mirada por el salón con evidente incomodidad. Pero es lo que hay por ahora. Mañana mismo encargaré lo necesario para adaptar la habitación de invitados.
Es enorme, respondí. Traté de ocultar lo intimidada que me sentía tanto por el lugar como por él. Pero tienes razón. No hay un solo rincón que parezca seguro para un bebé.
Acepté este acuerdo porque es la única forma de mantener a Lucas a salvo de mi hermano, advirtió Mateo. Me miró fijamente y se cruzó de brazos. Pero esto no va a ser fácil, Herrera. Compartir techo y criar a un recién nacido va a exigir límites claros entre nosotros.
Sentí un pequeño fastidio en el pecho. Sin embargo, en el fondo sabía que tenía razón.
Créeme, lo último que quiero es ser una molestia en tu vida. Estoy aquí solo por mi sobrino.
Para evitar que la discusión creciera, fui al gran sofá de cuero. Necesitaba un momento a solas. Saqué mi teléfono y busqué el único contacto que realmente me importaba, Elena, mi única amiga de la universidad y casi la única persona que conocía mi voz fuera del trabajo.
Me aparté unos pasos hacia la ventana y llamé. Elena contestó después de solo dos timbres.
¡Sofía! Por fin llamas. ¿Cómo estuvo todo? ¿Estás bien? La voz de Elena sonaba llena de preocupación.
Bajé la voz. Miré a Mateo, que seguía de pie junto a la barra de la cocina. Observaba al bebé con desconfianza.
Elena, no me vas a creer esto. Valeria, Valeria tuvo un bebé.
¿Qué? ¿Un bebé? Pero si ustedes llevaban once años sin hablarse.
Hay más. La interrumpí y sentí que la garganta se me cerraba. Me dejó la custodia compartida, a mí y al hermano del hombre del que huía. Tuve que mudarme a su casa de inmediato si no quiero que Julián, el padre biológico, le ponga las manos encima o que el niño termine en un orfanato. Estoy en su apartamento ahora mismo.
Al otro lado de la línea hubo un silencio absoluto.
Sofía, dime que es una broma. ¿Vivir con el hermano de ese tipo? ¿Estás loca? No conoces a ese hombre. Podría ser peligroso. Tienes que pensar bien las cosas.
No hay nada que pensar, Elena. Si no firmo este acuerdo y me quedo aquí, pierdo a Lucas. Es el hijo de mi hermana. Es la única prueba de que estuvo viva. No puedo dejarlo. Te llamo luego. Tengo que resolver cómo alimentarlo.
Colgué antes de que mi amiga pudiera protestar más. Aun así, las advertencias de Elena seguían en mi cabeza como un eco molesto.
De repente, el silencio del ático se rompió con el llanto de Lucas. No era un quejido débil. Ahora era un llanto fuerte y desesperado, causado por un hambre que ya no podía esperar.
El sonido pareció rebotar en las paredes desnudas de concreto y hacerse más fuerte. Sentí pánico de inmediato. Sostuve al niño y lo mecí de forma torpe mientras caminaba de un lado a otro.
Está bien, mi amor, ya. Ya está, improvisé. Sentí que mis propias manos temblaban.
¿Por qué grita así?, preguntó Mateo. Dio un paso al frente con el ceño fruncido. Se notaba alterado por el ruido. Haz algo.
—¿Y qué crees que estoy intentando? Estallé. Me giré hacia él con los ojos encendidos. Tiene hambre. No soy adivina, Mateo, y aquí no tenemos ni un solo biberón ni leche de fórmula.Mateo me miró fijamente, con una mezcla de fastidio y una extraña fijeza.
Dámelo, ordenó. Se acercó.
—Puedo manejarlo...
Herrera, dámelo. Vas a hacer que se ahogue de tanto gritar.
Antes de que pudiera protestar, Mateo extendió los brazos y, con una firmeza que desarmó mi resistencia, tomó a Lucas. Para mi sorpresa, el agarre de Mateo no fue torpe. Acomodó la cabeza del niño en el ángulo de su codo y lo acercó a su pecho ancho. El calor de su cuerpo y la solidez de su postura tuvieron un efecto casi inmediato. El llanto de Lucas bajó a un gimoteo constante pero mucho menos fuerte.
Me quedé paralizado. Observé la escena.
Dijiste que no sabías nada de esto. Murmuré y crucé los brazos para ocultar el temblor de mis manos.
No lo sé, respondió él, con la vista fija en el pequeño rostro de Lucas. Pero sé mantener la calma bajo presión. Algo que tú claramente no estás logrando.
Apreté los dientes y me guardé la respuesta. Sabía que, en parte, él tenía razón.
Tenemos que salir a comprar lo básico. Ahora, dijo Mateo. Rompió la tensión. La farmacia de la esquina está abierta las veinticuatro horas.
Minutos después, caminábamos bajo el aire fresco de la noche. Mateo llevaba al bebé con una soltura que sorprendía y lo protegía del viento usando su propio cuerpo. Ver a ese hombre de aspecto rudo y expresión seria cargando con tanta delicadeza a un recién nacido era una contradicción fascinante.
No pude aguantar más. La duda me consumía por dentro desde que salimos de la oficina del abogado.
¿Cómo terminaste metido en esto, Mateo? Pregunté. Rompí el silencio de la calle. ¿Cómo conociste a mi hermana?
Mateo miró hacia adelante. Su perfil cortaba la luz de las farolas. Tardó tanto en contestar que pensé que me iba a ignorar.
Valeria trabajaba en la división de marketing de mi constructora, dijo finalmente. Su voz no mostraba emoción. Un día renunció de golpe. Dijo que tenía problemas personales y debía marcharse de la ciudad.
Lo miré de reojo y pensé en lo que acababa de escuchar. Su jefe. Eso explicaba el ambiente frío y elegante, así como sus trajes impecables.
—¿Qué fue lo que pasó después? —¿Qué pasó después? Pregunté de nuevo y una sombra de amargura cruzó sus ojos grises antes de reanudar la marcha.
—Tiempo después, volvió a contactarme en secreto. Al parecer, había conocido a Julián sin saber quién era. Mi hermano la engañó. Fingió ser un hombre de negocios común. Para cuando Valeria descubrió la red ilícita en la que él estaba metido y la clase de monstruo que es, Julián ya estaba completamente obsesionado con ella. Cuando intentó huir, descubrió que estaba embarazada.Sus palabras. Reconocía perfectamente ese patrón de conducta. Valeria siempre huía dejando escombros a su paso.
—Yo ni siquiera sabía que estaba en peligro. Confesé en voz baja. Supongo que, tras once años de silencio, nos aseguramos de no dejar que la otra entrara en nuestras vidas. Añadí con una sonrisa triste. Quizás si la hubiese buscado antes, nada de esto estaría pasando. En el desastre que dejaron ambos —sentenció él de manera fría, aunque sin la agresividad del principio—. Pero si aceptamos proteger a este niño, no nos queda otra opción que hacer que funcione.
Llegamos a la farmacia, iluminada. Llegamos a la farmacia. Las luces fluorescentes nos deslumbraban. Tomamos un carrito y paramos en el pasillo de bebés, frente a una pared llena de latas de leche de fórmula, biberones de varios tamaños, pañales y esterilizadores.Mateo.
¿Qué se supone que debemos comprar primero? pregunté. Me sentía completamente desarmada frente a la hilera de productos.
Mateo miró la estantería con la misma cara de confusión.
No tengo la menor idea.
Nos quedamos allí de pie, sin movernos. Éramos dos adultos que sabíamos cuidarnos solos en nuestros propios mundos, totalmente vencidos por la sección de neonatos.
De repente, solté una pequeña risa nerviosa. Ese sonido espontáneo rompió la pesadez de las últimas horas. Mateo me miró, sorprendido. Después de un segundo de resistencia, la comisura de sus labios se levantó en una media sonrisa irónica.
Es un desastre absoluto, ¿verdad? Dijo él, con una voz que por primera vez sonaba humana.
Definitivamente, coincidí. Sentí una extraña calma expandirse en mi pecho.
No era alivio ni mucho menos tranquilidad. Pero en medio de esa farmacia de madrugada, rodeada de biberones y con una vida entera por resolver, entendí que, aunque Mateo Rivas fuera un hombre difícil y reservado, ya no estaba completamente sola para enfrentar la tormenta.
