Capítulo 4 Capítulo 4
¿Fórmula de inicio etapa uno o de continuación? preguntó Mateo. Sostenía dos botes idénticos de marcas distintas como si tuviera en las manos bombas a punto de desactivar.
Desde el pasillo de la farmacia, donde leía rápido las instrucciones de tres biberones diferentes, lo miré con los ojos entrecerrados y las cejas levantadas.
Tiene una semana de nacido, Rivas. Es la de inicio. Baja la voz. Lo vas a volver a despertar.
Está profundamente dormido en mi hombro, Herrera. Y si se despierta, será por tus vibraciones de pánico, replicó él en un susurro afilado. Sin embargo, la forma en que su gran mano protegía la cabeza de Lucas y la delicadeza con la que balanceaba el torso contradecían por completo su tono hostil.
Terminamos llenando medio carrito. Llevamos pañales para recién nacido, toallitas húmedas sin alcohol, tres tipos de tetinas por si el niño resultaba ser exigente, un esterilizador de microondas y la bendita fórmula para lactantes. Al llegar a la caja, Mateo sacó su tarjeta de crédito antes de que yo pudiera abrir mi bolso.
Yo pago mi mitad. Lo dije de inmediato. Sentí que mi orgullo se tensaba.
No seas ridícula. No voy a perder tiempo dividiendo una cuenta de farmacia a las tres de la madrugada. Camina.
Apreté los dientes. La tensión entre los dos seguía presente. La verdad era que esa noche solo nos teníamos el uno al otro para no colapsar.
Cuando regresamos a su apartamento, un lugar amplio de líneas modernas, pero que olía a la falta de vida cotidiana, la enorme bolsa de plástico con estampados infantiles sobre la encimera de cuarzo rompió de golpe la sobriedad del lugar.
Mateo puso a Lucas con mucho cuidado en el centro del gran sofá de cuero. Lo rodeó con una barrera hecha de cojines.
Bien, dijo. Se quitó la chaqueta y la tiró sobre una silla. Se desabrochó los dos primeros botones de la camisa y se arremangó hasta los codos. Así dejó ver la tensión acumulada en sus brazos. Hay que prepararle la leche. El abogado dijo que llevaba horas sin comer.
De acuerdo. Tú tienes una cocina que parece un laboratorio. Deberías saber cómo encender tu propia estufa, dije, cruzándome de brazos.
Mateo me miró. Comparó su figura fuerte con mi actitud desafiante. Sus ojos oscuros mostraron un poco de cansancio y una chispa de diversión que no pudo evitar.
Es una encimera de inducción, Herrera. No es física cuántica. Pero está bien. Hagámoslo juntos antes de que le des al niño leche hirviendo.
La cocina tipo isla era espaciosa. Pero como los dos no tenían experiencia, el proceso se volvió torpe. Tratar de encontrar la cantidad justa de polvo por onza de agua caliente se sintió casi como resolver una operación matemática muy precisa.
En el proceso, la cercanía física se volvió inevitable. Al intentar alcanzar la lata de fórmula al mismo tiempo, nuestros hombros chocaron. El aroma de Mateo, una mezcla de madera, lluvia limpia y el cansancio de un día eterno, llenó mi espacio personal. Eso me puso extrañamente nerviosa.
A ver, déjame a mí. Dijo Mateo. Cubrió por completo mi mano con la suya para tomar el biberón.
Su piel estaba tibia. El contacto envió una descarga inesperada por mi brazo. Retiré la mano como si me hubiera quemado. Eso me valió una mirada atenta y profunda de su parte.
Solo. Asegúrate de que no esté demasiado caliente. Se prueba en la cara interna de la muñeca. Dije esto, tratando de que mi voz sonara firme.
Sé cómo se hace, mintió él. Aunque dejó caer con sumo cuidado unas gotas sobre su propia piel para comprobar la temperatura. La concentración, con los ojos fijos en el cristal, mostraba una seriedad casi cómica.
Un pequeño quejido desde el salón interrumpió el momento. Lucas se había despertado. Empezó a mover sus manitas en el aire y buscaba comida.
Llegó la hora de la verdad, murmuró Mateo.
Regresamos al salón. Me senté en el sofá y Mateo me pasó al bebé. Cuando el pequeño sintió la tetina, se aferró a ella con una ansiedad tierna. El silencio del apartamento se llenó con el sonido rítmico y tranquilo de su succión.
Solté un largo suspiro sin darme cuenta de que lo había estado aguantando. Apoyé la cabeza en el respaldo del sofá y miré las pequeñas facciones de mi sobrino.
Lo estamos haciendo bien, ¿verdad? Susurré, sin dejar de mirar al niño.
Mateo se dejó caer al extremo opuesto del sofá. Su postura ya no estaba tan rígida. Verme con el bebé en brazos, iluminados solo por la luz suave de la lámpara de pie, creaba una escena extrañamente doméstica en su espacio, que normalmente era frío.—Por ahora solo ha tomado leche, Herrera. No te entregues el trofeo todavía. Respondió él. Su voz ya no tenía el filo de antes. Ahora era más bien un murmullo pausado.Es un avance, Rivas. Hace cuatro horas pensaba que esta noche la pasaría sola, llorando a mi hermana. Y mírame ahora. Comparto el turno de madrugada con un desconocido.
Mateo me miró en silencio durante unos segundos. Vio las sombras del cansancio debajo de mis ojos. También notó la calidez con la que sostenía al bebé.
No somos tan desconocidos, dijo él en voz baja. Después de todo, este pequeño lleva la sangre de ambos.
Levanté la vista y me encontré con su mirada. La hostilidad del primer encuentro en la oficina ya no estaba. Ahora se veía una vulnerabilidad compartida. Ninguno de los dos había pedido esta situación. Sin embargo, allí estábamos, construyendo un refugio improvisado para un recién nacido.
Cuando Lucas terminó su biberón, cerró los ojos casi de inmediato. Estaba embriagado de leche y calor.
Ahora hay que hacer que saque el aire, recordé. Leí en el folleto que si no eructan, les dan cólicos.
Dámelo, pidió Mateo. Extendió los brazos.
¿Estás seguro? Es muy delicado.
Herrera, soy alto y rudo, pero no estoy hecho de piedra. Trae al niño.
Me senté a su lado en el sofá y coloqué al bebé en el pecho. Mateo puso una de las toallitas en su hombro y acostó allí al pequeño Lucas. Le dio suaves y rítmicas palmaditas en la espalda con una mano que parecía enorme al lado del cuerpo del niño.
No me alejé. Me quedé sentada a su lado. Estaba lo bastante cerca como para sentir el calor que emanaba de él.
Tienes buen pulso para alguien que parecía a punto de salir corriendo hace unas horas, comenté en voz baja.
Estaba asustado, admitió Mateo sin rodeos. Eso me sorprendió por completo. No era por la responsabilidad. Era por lo que esto significa. Mi hermano es un fantasma que llevo años intentando dejar atrás. Ahora, sostener a su hijo me recuerda todo lo que detesto de mi familia.
Este niño no es tu hermano, Mateo. Dije esto con voz dulce pero firme. Estiré la mano y, sin pensarlo mucho, le rocé el brazo. Es Lucas. Es mi sobrino y es tu sobrino. Es una hoja en blanco.
Mateo giró la cabeza hacia mí. Nuestros rostros estaban separados solo por unos centímetros. Podía ver cómo la luz se reflejaba en sus ojos y sentir su respiración tranquila. Un segundo después, el bebé soltó un pequeño y ruidoso eructo. Eso rompió el momento y nos hizo sobresaltarnos a los dos.
Me reí de golpe, una risa clara que llenó de luz mi cara cansada. Mateo sonrió sin querer, una sonrisa sincera que suavizó sus rasgos duros y lo hizo ver, de repente, atractivo.
Misión cumplida, dijo Mateo. Acomodó al bebé dormido en sus brazos.
Misión cumplida. Asentí y sentí una cálida opresión en el pecho.
A las cuatro de la mañana, con Lucas profundamente dormido entre los dos en el centro del sofá, apoyé la cabeza contra el hombro de Mateo. Estaba rendida por el agotamiento. Mateo no se movió. Solo reajustó la manta del bebé y apoyó suavemente su barbilla sobre mi cabello. Dejamos que el silencio de la noche nos envolviéramos. La amenaza fuera de esa casa seguía existiendo. Pero en esa sala, entre biberones a medio terminar y pañales de repuesto, dos extraños acabábamos de encontrar nuestro primer momento de paz.
