Capítulo 1 La marca que nunca se fue
El dolor llegó exactamente a las tres de la madrugada.
Lyra se despertó con un jadeo ahogado, la mano apretada contra el lado derecho del cuello. La piel ardía. No era un ardor normal. Era el mismo fuego antiguo que llevaba cinco años intentando ignorar, el que se despertaba en las noches más oscuras para recordarle que nunca había sido libre.
La marca.
Incompleta. Irregular. Como una herida que se negó a cerrar del todo.
Se sentó en la cama, el pecho subiendo y bajando con fuerza. La habitación de la Luna de Silvermoon estaba en penumbra, solo iluminada por la luz plateada de la luna llena que entraba por el ventanal. Afuera, el bosque respiraba. Los lobos de su manada patrullaban en silencio. Todo estaba en orden. Todo estaba bajo control.
Excepto ella.
Lyra se levantó y caminó descalza hasta el espejo. Se bajó el cuello de la camiseta negra y miró el símbolo que Kael Draven le había dejado grabado en la piel aquella noche. Dos líneas curvas que se entrelazaban, incompletas en el centro, como si el destino se hubiera quedado a medias a propósito. A veces, cuando la luz daba de cierta forma, parecía una cicatriz. Otras veces, parecía una promesa rota.
—Maldito seas —susurró.
El bond respondió con un tirón profundo en el pecho. Lejos. Muy lejos. Pero presente. Siempre presente.
Había aprendido a vivir con él. Había aprendido a odiarlo. Había aprendido a usarlo como recordatorio de que nunca volvería a ser esa chica de veintitrés años que se entregó completa a un Alfa que la miró como si fuera su mundo… y al día siguiente desapareció sin una sola explicación.
Cinco años.
Cinco años construyendo una versión de sí misma que no se quebrara. Cinco años convirtiéndose en la Luna que Silvermoon necesitaba: fría, estratégica, respetada. Ya no era la omega marcada y abandonada. Era Lyra Voss. Y nadie, ni siquiera el Lobo de Hierro, iba a cambiar eso.
Un golpe suave en la puerta la sacó de sus pensamientos.
—Entra.
Roran, su segundo al mando, apareció en el umbral. El lobo grande y canoso tenía el rostro tenso.
—Luna. Hay movimiento en la frontera norte.
Lyra se enderezó de inmediato. El dolor de la marca pasó a segundo plano.
—¿Cuántos?
—Demasiados para ser un grupo de paso. Y… —Roran dudó un segundo— llevan el estandarte negro.
El aire se volvió denso.
Blackfang.
El corazón de Lyra dio un vuelco traicionero antes de que ella pudiera controlarlo. Blackfang era la manada de Kael. O lo había sido. Según los últimos reportes, él había absorbido tres territorios más en los últimos dieciocho meses. Ya no era solo un Alfa. Era una fuerza.
—¿Confirmado? —preguntó con voz firme.
—Sí. Y el que va al frente… —Roran tragó saliva— es él.
Lyra no necesitó que lo dijera. El bond ya lo estaba gritando dentro de su pecho. Ese tirón profundo, antiguo, que solo se activaba cuando Kael estaba cerca. Demasiado cerca.
Se vistió en menos de tres minutos. Pantalones negros, botas de combate, una chaqueta de cuero que ocultaba la marca. Se recogió el pelo oscuro en una coleta alta y se miró una última vez en el espejo. Ojos grises fríos. Boca tensa. La expresión de alguien que no se dejaba romper dos veces.
Cuando bajó las escaleras del salón principal, la manada ya estaba en alerta. Lobos en forma humana y algunos parcialmente transformados la esperaban. Nadie habló. Todos sabían lo que significaba que Blackfang apareciera en su frontera después de tanto tiempo.
Lyra subió al jeep negro junto a Roran y dos de sus guerreros más leales. El camino hacia la frontera norte era de apenas quince minutos, pero cada kilómetro se sintió eterno. El bond latía con más fuerza a cada metro que se acercaban. Como si su sangre reconociera la presencia de él antes que su mente.
Cuando llegaron al claro donde se alzaban los antiguos mojones de piedra, Lyra bajó del vehículo sin esperar a que nadie la ayudara. El aire olía a pino, a tierra húmeda… y a él.
Kael Draven estaba de pie en el centro del claro, rodeado por una docena de lobos de Blackfang. Alto. Más ancho de hombros de lo que recordaba. El cabello negro más corto, peinado hacia atrás. La mandíbula marcada. Y esos ojos dorados que siempre habían parecido capaces de ver a través de la gente.
Llevaba una camisa negra arremangada hasta los codos y pantalones oscuros. Nada de armadura ceremonial. Nada de coronas. Solo presencia. La misma presencia que cinco años atrás la había hecho caer de rodillas.
Sus miradas se encontraron.
El mundo se detuvo un segundo.
Lyra sintió el bond explotarle en el pecho como una descarga eléctrica. El dolor de la marca se convirtió en un ardor casi placentero, traicionero. Su lobo interior, esa parte salvaje que había mantenido bajo control durante años, se removió con un gruñido bajo. Reconocimiento. Deseo. Odio.
Kael no sonrió. No dijo su nombre. Solo la miró como si estuviera confirmando algo que ya sabía.
—Lyra.
Su voz era más grave. Más profunda. Como si el tiempo y la sangre la hubieran endurecido.
Ella no se movió. Mantuvo la espalda recta y la expresión fría.
—Alfa Draven —respondió con tono cortante—. Estás en territorio de Silvermoon. Sin invitación. Sin aviso. Explícate antes de que ordene a mis lobos que te echen.
Uno de los guerreros de Blackfang gruñó, pero Kael levantó una mano y el sonido se apagó de inmediato. Sus ojos no se apartaron de ella ni un segundo.
—Vine a hablar contigo. Solo contigo.
—No tengo nada que hablar contigo.
—Mentira —dijo él con calma peligrosa—. El bond está gritando. Puedo sentirlo desde aquí. Tú también.
Lyra sintió que le temblaban las manos dentro de los bolsillos de la chaqueta. Odio la forma en que su cuerpo reaccionaba. Odio que, después de cinco años, una sola mirada suya bastara para destrozar el control que tanto le había costado construir.
—El bond es un error que cometimos hace mucho tiempo —replicó—. Uno que tú decidiste abandonar. No vuelvas a mencionarlo.
Kael dio un paso adelante. Solo uno. Pero fue suficiente para que el aire entre ellos se volviera eléctrico.
—Lo abandoné por una razón.
—No me interesa.
—Sí te interesa —insistió él, la voz más baja, solo para ella—. Porque si no te interesara, no estarías temblando.
Lyra apretó los dientes. No estaba temblando. O al menos no quería admitirlo.
Roran se colocó a su lado, protector.
—Luna, ordena y lo sacamos de aquí.
Kael ni siquiera miró al segundo. Su atención seguía clavada en Lyra como si el resto del mundo no existiera.
—Diles que se retiren —murmuró—. Habla conmigo. Cinco minutos. Después de eso, si quieres que me vaya, me iré. Pero sabes que no lo harás.
Lyra sintió la mirada de toda su manada sobre ella. El peso de ser Luna. El peso de no poder permitirse debilidades. Y, debajo de todo eso, el peso del bond que seguía tirando, tirando, tirando hacia el hombre que la había destrozado.
Respiró hondo.
—Roran. Retírense cincuenta metros. Nadie se mueva a menos que yo dé la orden.
El segundo dudó solo un segundo antes de obedecer. Los lobos de Silvermoon se alejaron. Los de Blackfang hicieron lo mismo a una señal de Kael. En segundos, solo quedaron ellos dos en el claro iluminado por la luna.
El silencio se volvió denso.
Kael dio otro paso. Luego otro. Hasta que estuvo a apenas un metro de ella. Cerca. Demasiado cerca. El olor a bosque, a humo y a algo puramente masculino la envolvió. Su lobo interior casi se arrodilló.
—Te ves diferente —dijo él en voz baja—. Más fuerte. Más fría.
—Tuve que serlo —respondió Lyra sin retroceder—. Tú te aseguraste de eso.
Kael apretó la mandíbula. Por un instante, algo parecido al dolor cruzó sus ojos dorados. Luego desapareció.
—No fue lo que crees.
—No me importa lo que fue. Me importa lo que hiciste. Me marcaste. Me prometiste. Y al día siguiente te fuiste como si yo no hubiera existido. Dejaste la marca incompleta. Dejaste el bond a medias. Dejaste que me pudriera en el dolor mientras tú construías tu imperio de sangre.
La voz se le quebró al final. Odio eso. Odio que todavía le doliera tanto decirlo en voz alta.
Kael levantó una mano, lenta, como si fuera a tocarla. Lyra dio un paso atrás de inmediato.
—No.
Él detuvo el movimiento a mitad de camino. La mano quedó suspendida en el aire entre ellos.
—Vine a terminarlo —dijo con voz ronca—. Vine a completar lo que empecé. Vine a llevarte a casa.
Lyra soltó una risa amarga, corta.
—¿Casa? ¿La tuya? No. Yo ya tengo una casa. Tengo una manada. Tengo una vida que construí sin ti. Y no pienso dejarla porque ahora decidas que te arrepientes.
Kael bajó la mano. Sus ojos brillaron con algo peligroso. Posesivo.
—No es arrepentimiento, Lyra. Es reclamo. Eres mía. Siempre lo fuiste. El bond nunca se rompió. Solo se quedó esperando.
—Entonces que siga esperando —espetó ella—. Porque yo no.
Se dio la vuelta para irse. Cada paso le costó. El bond tiraba de ella como cadenas invisibles. Pero no se detuvo.
Hasta que escuchó su voz detrás de ella, baja y cargada de promesa:
—No te voy a dejar ir otra vez.
Lyra se detuvo. No se giró.
—Entonces tendrás que matarme —dijo con voz fría—. Porque la única forma en que vuelva a ser tuya es si me arrastras muerta.
El silencio que siguió fue absoluto.
Luego, la risa baja y oscura de Kael llenó el claro.
—Cuidado con lo que deseas, pequeña Luna.
Porque esta vez… no pienso irme.
Lyra siguió caminando hacia sus lobos sin mirar atrás.
Pero el vínculo latía tan fuerte en su pecho que casi le dolía respirar.
Y por primera vez en cinco años,
supo con certeza que la guerra no había terminado.
Acababa de empezar.
