Capítulo 3 Bajo la misma luna

Lyra no durmió.

Pasó las horas de la madrugada sentada en el alféizar de la ventana, con las cortinas entreabiertas solo lo suficiente para ver la entrada principal. Kael seguía allí. No se había movido. No había hablado con nadie. No había aceptado agua ni comida. Simplemente permanecía de pie bajo los faroles, las manos en los bolsillos de los pantalones negros, la mirada fija en la fachada de la casa como si pudiera atravesar las paredes y encontrarla.

El bond no le dio tregua ni un segundo.

Latía. Tiraba. Quemaba.

Cada vez que Lyra cerraba los ojos, lo sentía más cerca. No era solo una sensación emocional. Era física. Un calor bajo la piel, un hormigueo constante en la marca del cuello, una presión sorda entre las piernas que la obligaba a cruzarlas con fuerza. Su lobo interior estaba inquieto, caminando en círculos dentro de ella, gruñendo y gimiendo al mismo tiempo. Reconocía a su pareja. La misma pareja que la había destruido.

Cuando el cielo empezó a clarear, Lyra se levantó, se duchó otra vez con agua fría y se vistió con ropa de combate: pantalones negros ajustados, botas, una camiseta de manga larga que cubría la marca hasta la clavícula y una chaqueta de cuero. Se recogió el pelo en una coleta apretada y bajó las escaleras con el rostro de piedra.

Roran la esperaba en el salón principal, junto a tres de los guerreros más altos de la manada. Todos tenían ojeras. Nadie había dormido bien.

—Sigue ahí —dijo Roran sin necesidad de que ella preguntara—. Lleva seis horas. Sus lobos no se han acercado. Solo él.

Lyra asintió una sola vez.

—Voy a hablar con él. Solo. Nadie interviene a menos que yo grite o él intente algo.

—Luna—

—Es una orden, Roran.

El segundo apretó la mandíbula, pero inclinó la cabeza. Lyra atravesó el salón, empujó las puertas dobles de madera y salió al aire frío de la mañana.

Kael levantó la vista en el mismo instante en que ella apareció.

Sus ojos dorados la recorrieron de arriba abajo con una lentitud deliberada, obscena. Se detuvieron un segundo en el cuello cubierto, luego en la curva de sus caderas, y finalmente volvieron a su cara. Una sonrisa lenta, casi perezosa, se dibujó en su boca.

—Buenos días, pequeña Luna.

Lyra se detuvo a tres metros de él. Cerca. Demasiado cerca para su propio gusto, pero lo suficientemente lejos como para no olerlo del todo.

—Tienes diez minutos —dijo con voz cortante—. Después te vas. O te echo.

Kael inclinó la cabeza, como si considerara la amenaza divertida.

—Diez minutos no van a alcanzar.

—Van a alcanzar para que digas lo que viniste a decir y te largues.

Él dio un paso adelante. Luego otro. Lyra no retrocedió, aunque cada fibra de su cuerpo le gritaba que lo hiciera. Cuando se detuvo, apenas quedaba un metro entre ellos. El olor a bosque, a humo y a macho puro la envolvió como una ola. El vínculo reaccionó de inmediato: un tirón profundo, casi doloroso, que le arrancó un escalofrío que no pudo disimular.

Kael lo notó. Por supuesto que lo notó. Sus fosas nasales se dilataron apenas y sus ojos se oscurecieron.

—Todavía me deseas —murmuró, la voz baja y ronca—. Después de cinco años. Después de todo. Tu cuerpo sigue reconociéndome.

—Mi cuerpo es un traidor —espetó ella—. Yo no.

—Mentira.

Levantó una mano. Esta vez no esperó permiso. Sus dedos rozaron el borde de la chaqueta de Lyra, justo sobre la clavícula, donde la tela escondía la marca. Ella se tensó como un arco, pero no se apartó. El contacto, aunque mínimo, envió una descarga eléctrica directo a su vientre.

—Quítame la mano de encima —advirtió con voz peligrosa.

Kael no obedeció. En cambio, deslizó los dedos un centímetro más abajo, hasta encontrar el borde superior de la marca a través de la tela. Presionó suavemente. Lyra sintió que se le cortaba la respiración.

—Duele, ¿verdad? —preguntó él, casi en un susurro—. La marca incompleta. El vínculo a medias. Cada noche. Cada luna. Yo también lo siento. Cada puto día durante cinco años.

Lyra le agarró la muñeca con fuerza y le apartó la mano de un tirón.

—No me toques. No tienes derecho.

—Tengo todos los derechos del mundo —replicó Kael, sin elevar la voz—. Te marqué. Eres mía. El hecho de que no haya completado el bond no cambia eso.

—Lo cambia todo —siseó ella—. Porque tú decidiste que no valía la pena completarlo. Tú decidiste que tu guerra, tu poder, tu puto imperio eran más importantes que yo. Así que no vengas ahora con tus derechos. No tienes ninguno.

El silencio que siguió fue denso, cargado. Los ojos de Kael se endurecieron. Por un segundo, algo parecido a una tormenta cruzó su expresión. Luego respiró hondo y habló con una calma que resultaba más amenazante que cualquier grito.

—Me fui porque si me quedaba, te mataban.

Lyra parpadeó. La frase la golpeó con más fuerza de la que esperaba.

—¿Qué?

—La noche que te marqué, recibí un mensaje. Tres Alfas de las manadas del este habían firmado un pacto. Querían mi cabeza… y la de cualquiera que estuviera a mi lado. Especialmente mi pareja. Iban a venir a por ti. A usar la marca incompleta para rastrearte, torturarte y enviarme trozos de ti hasta que me entregara. Me fui esa misma noche. Sin despedida. Sin explicación. Porque cada segundo que perdía era un segundo que ellos ganaban.

Lyra sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Quiso no creerle. Quiso reírse en su cara y decirle que era un mentiroso. Pero el vínculo… el vínculo no mentía. Y la forma en que Kael la miraba, con esa mezcla de rabia antigua y algo mucho más oscuro, no parecía una actuación.

—Podrías haberme llevado contigo —susurró ella, la voz más baja de lo que pretendía.

—Te habría convertido en un objetivo móvil. Te habría puesto en la línea de fuego cada día. Preferí que me odiaras viva a que te amaran muerta.

—Qué noble —escupió Lyra, recuperando el veneno—. Qué puto héroe. Me dejaste sola, marcada, con el vínculo a medias, sintiendo cada noche que me arrancaban el pecho. ¿Y ahora esperas que te agradezca?

Kael dio otro paso. Ahora estaba tan cerca que sus pechos casi se tocaban. Lyra tuvo que levantar la barbilla para sostenerle la mirada. El calor de su cuerpo la envolvía. El olor. La presencia. Todo.

—No espero que me agradezcas —dijo él, la voz grave, casi un gruñido—. Espero que me dejes terminar lo que empecé. Completar la marca. Cerrar el vínculo. Y después… después puedes odiarme todo lo que quieras. Pero lo harás siendo mía del todo.

Lyra sintió que la respiración se le aceleraba. El ardor de la marca era casi insoportable. Entre sus piernas, una humedad traicionera le recordaba lo mucho que su cuerpo había extrañado ese olor, esa voz, esa forma de mirarla como si fuera lo único que importaba en el mundo.

—No —dijo, aunque la palabra salió más débil de lo que quería—. No voy a dejarte tocarme. No voy a dejarte completarme. No voy a ser otra vez la estúpida que se arrodilla por ti.

Kael sonrió. Lento. Oscuro. Peligroso.

—No tienes que arrodillarte, Lyra.

Yo sí estoy dispuesto a hacerlo.

Antes de que ella pudiera reaccionar, él se inclinó. No la besó. No la agarró. Simplemente acercó la boca a su oído, tan cerca que su aliento caliente le rozó la piel, y habló en un susurro que le recorrió la columna como fuego:

—Voy a quedarme. Voy a esperar. Voy a hacer que me desees tanto que te duela. Y cuando finalmente me dejes tocarte… cuando me dejes enterrar la polla dentro de ti otra vez… vas a gritar mi nombre tan fuerte que toda tu puta manada lo va a escuchar.

Lyra tembló. No pudo evitarlo. El calor le bajó en oleada directa al vientre, empapándole la ropa interior. Odio esa reacción. Odio lo fácil que él todavía la destrozaba.

Empujó el pecho de Kael con ambas manos, apartándolo.

—Vete a la mierda.

Él retrocedió un paso, todavía sonriendo.

—Cuando quieras, pequeña Luna.

Estaré aquí abajo.

Esperando.

Lyra se dio la vuelta y caminó de regreso a la casa sin mirar atrás. Las piernas le temblaban. El corazón le golpeaba la garganta. El vínculo cantaba, salvaje y hambriento, dentro de su pecho.

Cuando las puertas se cerraron tras ella, se apoyó contra la madera y cerró los ojos.

Roran apareció de inmediato.

—¿Luna? ¿Estás bien?

Lyra abrió los ojos. Su expresión era de hielo puro.

—Duplica las guardias. Nadie se acerca a él. Y prepárame un informe completo de todos los movimientos de Blackfang en los últimos dos años. Quiero saber exactamente qué ha estado haciendo… y con quién.

Roran asintió y se alejó.

Lyra subió las escaleras con pasos firmes. Pero en cuanto entró en su habitación y cerró la puerta, se dejó resbalar hasta el suelo.

La mano se le fue sola al cuello, a la marca que ardía como brasas.

Y por primera vez en cinco años,

admitió en voz baja la verdad que más odiaba:

Todavía lo deseaba.

Todavía lo odiaba.

Y las dos cosas la estaban matando por dentro.

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