Capítulo 5 Sangre en el este
El informe del este llegó justo cuando el sol empezaba a bajar detrás de los pinos.
Lyra estaba en la sala de guerra, una habitación amplia con un mapa del territorio extendido sobre una mesa de roble. Roran, dos guerreros veteranos y la exploradora que había encontrado las huellas esperaban en silencio. La tensión era espesa. Nadie mencionaba al hombre que seguía plantado en la entrada principal desde hacía casi un día completo, pero todos lo sentían. El vínculo latía en el pecho de Lyra como un segundo corazón enfurecido.
—Repite lo que viste —ordenó ella, la voz firme.
La exploradora, una loba joven de pelo corto y cicatriz en la ceja, asintió.
—Huellas grandes. No son de Blackfang. El olor es… viejo. Como sangre seca mezclada con algo químico. Las seguí hasta el río y desaparecieron en el agua. Pero había marcas de garras en los árboles. Profundas. Y un símbolo tallado en la corteza de un abeto. Tres líneas cruzadas.
Lyra sintió que se le helaba la sangre. Conocía ese símbolo. Lo había visto una sola vez, hace cinco años, en un mensaje que Kael había quemado delante de ella la noche antes de desaparecer.
Los Alfas del este.
Roran lo notó en su expresión.
—¿Luna?
—Refuercen el perímetro este de inmediato —dijo ella sin dudar—. Quiero patrullas dobles desde ahora hasta nuevo aviso. Nadie patrulla solo. Y nadie se acerca al río después del anochecer.
Los guerreros asintieron y salieron. Cuando la puerta se cerró, Roran se quedó.
—Es él, ¿verdad? —preguntó en voz baja—. Lo que sea que está pasando… tiene que ver con Draven.
Lyra no respondió de inmediato. Se apoyó en la mesa, los nudillos blancos.
—Tiene que ver con lo que lo hizo huir hace cinco años. Y ahora volvió a mi puerta el mismo día que aparecen rastros de ellos. No creo en las coincidencias, Roran.
El segundo apretó la mandíbula.
—Entonces deberíamos usarlo. Está ahí fuera. Tiene un ejército a un kilómetro. Si estos bastardos del este vienen por él… o por ti…
—No —cortó Lyra—. No le voy a pedir ayuda. No le voy a dar esa satisfacción.
—Aunque nos salve el pellejo?
Ella lo miró. La marca en su cuello eligió ese momento para arder con más fuerza, como si Kael hubiera sentido la mención de su nombre.
—Aunque nos salve el pellejo —repitió con frialdad—. Prepara a los guerreros. Yo me encargaré de lo demás.
Pero “lo demás” resultó ser más complicado de lo que esperaba.
Al caer la noche, el bond se volvió casi insoportable. Lyra intentó cenar, intentó revisar reportes, intentó cualquier cosa que no fuera pensar en el hombre que seguía esperando bajo los faroles. Falló en todo. Cada vez que cerraba los ojos veía sus dedos sobre la marca, escuchaba su voz ronca prometiéndole exactamente cómo la iba a follar cuando cediera. El calor entre sus piernas no disminuía. Al contrario: crecía, traicionero, insistente.
Al final no pudo más.
Se puso la chaqueta, bajó las escaleras y salió al aire frío de la noche. Kael levantó la cabeza en cuanto apareció. No parecía cansado. No parecía afectado por las horas de espera. Solo la miró con esos ojos dorados que parecían brillar en la oscuridad.
—Empezaba a pensar que me ibas a dejar aquí hasta que me convirtiera en estatua —dijo con voz baja, casi divertida.
Lyra se detuvo a un metro de él. El olor a bosque y a macho la envolvió de inmediato. El bond rugió.
—Hay movimiento en el este —dijo sin preámbulos—. Huellas. Un símbolo de tres líneas cruzadas. Olor a sangre vieja.
El cambio en Kael fue inmediato. La sonrisa desapareció. Su cuerpo se tensó como un depredador que acaba de oler presa. Los ojos dorados se oscurecieron.
—¿Cuándo?
—Esta tarde. Cerca del río.
Él soltó una maldición baja y gutural.
—Son ellos. Los mismos que me obligaron a irme. Los mismos que querían usarte para doblegarme.
—Lo sé —respondió Lyra—. Por eso estoy aquí. No para pedirte ayuda. Para advertirte. Si están aquí, es por ti. O por los dos. Y no pienso dejar que mi manada pague el precio de tus guerras pasadas.
Kael dio un paso hacia ella. Esta vez no tocó la marca. Simplemente se acercó lo suficiente para que sus pechos casi se rozaran. La voz le salió grave, peligrosa.
—No son mis guerras, Lyra. Son nuestras. Ellos no olvidaron. Y ahora que estoy de vuelta, van a intentar terminar lo que empezaron hace cinco años. Van a intentar llevarte. O matarte delante de mí.
—Entonces márchate —espetó ella—. Lárgate y llévatelos contigo.
—No.
La palabra fue absoluta.
—No me voy a ir. No otra vez. Si vienen, los enfrentaremos juntos. Y cuando termine… —su mirada bajó a los labios de ella, luego al cuello— voy a completar esa marca. Voy a enterrar mi polla tan profundo dentro de ti que vas a olvidar cómo se siente estar incompleta. Vas a gritar mi nombre mientras te corro dentro, y el bond se va a cerrar de una puta vez.
Lyra sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. El calor le bajó en oleada violenta, empapándole la ropa interior. Odio la forma en que su cuerpo respondía. Odio lo mucho que parte de ella quería exactamente eso.
—Eres un cabrón arrogante —susurró.
—Soy tu pareja —corrigió él—. Y estoy harto de esperar a que lo aceptes.
Antes de que ella pudiera responder, un aullido rompió la noche. Largo. Agudo. De alarma.
Venía del este.
Lyra se tensó de inmediato. Kael también. Sus ojos se encontraron un segundo y, por primera vez desde su regreso, no hubo odio ni deseo entre ellos. Solo instinto puro.
—Quédate aquí —ordenó ella, ya girándose hacia la casa.
Kael la agarró del brazo.
—Ni de coña. Voy contigo.
—No eres de esta manada.
—Eres mía —gruñó él—. Y si hay alguien cazándote, voy a estar ahí cuando le arranque la puta garganta.
Otro aullido. Más cerca. Seguido de gritos humanos.
Lyra no tuvo tiempo de discutir. Empujó la mano de Kael y corrió hacia el jeep. Él la siguió sin pedir permiso. Subió al asiento del acompañante como si tuviera todo el derecho del mundo. Ella no lo echó. No había tiempo.
El camino hacia el este fue un borrón de árboles y oscuridad. Cuando llegaron al claro cerca del río, la escena era un caos controlado. Tres guerreros de Silvermoon estaban heridos. Uno de ellos sangraba por el costado. Y en el centro del claro, iluminados por la luna, había dos figuras que no pertenecían a ninguna manada conocida.
Hombres grandes. Ojos demasiado claros. Y en el cuello de uno de ellos, el símbolo de tres líneas cruzadas tallado como una cicatriz.
Kael bajó del jeep antes de que Lyra apagara el motor. El cambio en él fue instantáneo. Ya no era el hombre que la esperaba con sonrisas oscuras. Era el Lobo de Hierro. El conquistador. El Alfa que había unificado territorios a sangre y fuego.
Uno de los intrusos sonrió al verlo.
—Draven. Qué coincidencia. Justo estábamos buscando a tu puta marcada.
Lyra sintió que la rabia le subía a la garganta. Pero antes de que pudiera decir una palabra, Kael se movió.
Fue rápido. Brutal. Eficiente. En menos de diez segundos tenía al hombre contra un árbol, el antebrazo aplastándole la garganta, los ojos dorados brillando con una promesa de muerte.
—Di otra palabra sobre ella —susurró con voz casi inhumana— y te arranco la lengua antes de matarte.
El segundo intruso intentó atacar. Lyra no lo pensó. Se lanzó, se transformó a medias en el aire y le clavó las garras en el pecho. El hombre gritó. Cayó. Ella se plantó sobre él, los dientes a centímetros de su cuello.
—Esta es mi manada —gruñó con voz distorsionada—. Y ella —señaló con la cabeza hacia Kael sin soltar al hombre— no es tu puta puta. Es la Luna de Silvermoon. Y si vuelves a poner un pie aquí, te voy a cazar personalmente.
El silencio que siguió fue absoluto. Solo se oía la respiración agitada de los heridos y el latido salvaje del bond entre Lyra y Kael.
Kael miró a Lyra. Ella lo miró a él.
Por primera vez en cinco años, no había distancia.
Solo fuego.
Y la certeza de que la guerra que ambos habían estado evitando
acababa de empezar de verdad.
