Capítulo 1 Capítulo 1: El precio de un apellido
Narrado por Amaris
El olor a solvente, barniz fresco y madera vieja siempre había sido mi refugio. En el pequeño taller que ocupaba en la parte trasera de nuestra residencia en Palermo, el tiempo parecía detenerse. Con un pincel de cerda fina entre los dedos, devolvía la vida a un lienzo del siglo XVIII, ignorando el mundo exterior y, sobre todo, la decadencia podrida que consumía a la familia Rossi desde hacía años.
Aquí no había armas, ni deudas de juego, ni hombres con miradas oscuras hablando en murmullos sobre cargamentos y territorios. Solo estaba yo, el arte y la frágil ilusión de que podía construir una vida limpia, lejos del légamo de la mafia.
Un portazo violento retumbó en el pasillo, haciendo que mi mano diera un ligero brinco. Dejé caer una gota diminuta de pintura roja sobre la paleta de mezcla, interrumpiendo el silencio casi sagrado del espacio.
—¡Amaris! ¡Abre la puerta ahora mismo!
La voz de mi padre, crujiente por los años de cigarrillos y alcohol, atravesó la madera barnizada. Antes de que pudiera ponerme de pie y quitarme el delantal de trabajo, la puerta se abrió de golpe, chocando con rabia contra la pared.
Giacomo Rossi entró con el rostro desencajado, sudoroso y las mejillas manchadas de un rojo insano. A sus espaldas venían dos de sus hombres de confianza, con las manos apoyadas sutilmente sobre las empuñaduras de las armas ocultas bajo sus chaquetas. El miedo olió fuerte en la habitación; no un miedo hacia mí, sino el rastro de un terror primario que mi padre traía pegado a la piel.
—Padre, ¿qué ocurre? —pregunté, manteniendo la calma por puro instinto mientras limpiaba meticulosamente el pincel en un trapo—. Sabes que no me gusta que entres así a mi taller. Este cuadro es delicado y...
—Cállate y escúchame —me interrumpió tajante, dando tres pasos rápidos hasta quedar a menos de un metro de mi mesa de trabajo. Apoyó las manos sobre la madera con tanta fuerza que los frascos de pigmento vibraron—. Junta tus cosas. No, mejor no juntes nada. Te vas a cambiar de ropa ahora mismo. Vas a ponerte el vestido más elegante que tengas en el armario.
Arrugué el entrecejo, sintiendo un nudo frío comenzando a formarse en la boca del estómago.
—¿De qué estás hablando? Hoy es martes. No hay ninguna recepción de la familia, ni tengo intención de asistir a...
—No te estoy pidiendo tu opinión, Amaris —siseó, inclinándose hacia mí. Oía el silbido amargo de su respiración—. Es una orden. Esta noche cenamos con los Salvatore.
El nombre cayó sobre la habitación como una guillotina.
Mi mano se congeló en el aire. Los Salvatore no eran simplemente una familia influyente en Sicilia; eran el imperio. La organización más despiadada, dominante y sanguinaria de Palermo y Milán. La relación entre los Rossi y los Salvatore siempre había sido una tregua tensa teñida de sangre antigua, especialmente tras la trágica muerte de la esposa del antiguo Don años atrás, un evento del que mi padre siempre evitaba hablar con un nerviosismo sospechoso.
—¿Los Salvatore? —repetí en un susurro, sintiendo que el aire se volvía denso—. Tú no tienes negocios con ellos desde hace meses. Dijiste que habías liquidado tus compromisos.
—Y lo hice... o al menos eso intenté —dijo mi padre, evitando mirarme a los ojos mientras caminaba de un lado a otro por el taller, pasándose la mano por el escaso cabello gris—. Las cosas cambiaron. Dante Salvatore ha tomado el control absoluto de la familia. Ese muchacho es un demonio, Amaris. No tiene el juicio moderado de su padre. Es calculador, frío... y ha venido a cobrar hasta la última lira que la rama secundaria de nuestra familia debe.
—¿Dante? —Un escalofrío me recorrió la espalda. Había oído nombrar al heredero de los Salvatore en los círculos de la alta sociedad siciliana, siempre envuelto en un aura de peligro y crueldad absoluta. Un hombre que gobernaba con mano de hierro y que no perdonaba la más mínima falta—. Si le debes dinero, vende las propiedades de la costa, entrega las acciones del puerto, pero no entiendo qué tengo que ver yo en una cena con un criminal.
Giacomo se detuvo en seco. Se giró hacia mí y, por primera vez en la noche, vi la desesperación desnuda en sus ojos. Pero no era la desesperación de un padre protector; era la de un cobarde acorralado.
—No quiere tierras, Amaris. Ni dinero devaluar. Quiere una alianza. O más bien... un trofeo de guerra.
Mi corazón dio un vuelco violento dentro de mi pecho, golpeando mis costillas con la fuerza de un martillo.
—¿Qué dijiste?
—Dante exige un matrimonio —soltó sin anestesia, sin ningún tipo de suavidad—. Un matrimonio entre las dos familias para saldar la deuda de sangre y garantizar que los Rossi no volverán a conspirar a sus espaldas. Y él te eligió a ti.
El taller entero pareció dar vueltas a mi alrededor. El olor a solvente se volvió sofocante. Di un paso atrás hasta que mi espalda chocó contra el borde del caballete de madera.
—No —dije, y mi voz sonó extrañamente firme a pesar del temblor interno—. Estás loco. No voy a casarme con un mafioso. No soy parte de tus negocios oscuros, padre. Te lo dejé claro cuando rechacé entrar a la administración de tus empresas. Soy una restauradora, no una moneda de cambio para tus apuestas y tus fracasos.
—¡No es una opción! —gritó, golpeando la mesa con el puño. El impacto hizo caer un frasco de barniz que se estrelló contra el suelo, derramando su contenido viscoso sobre las baldosas—. ¡Entiéndelo, niña estúpida! ¡No nos está pidiendo permiso! ¡Es una exigencia! Si no te entrego a él como su esposa antes de que termine la semana, los Salvatore exterminarán a toda nuestra rama familiar. No dejarán a nadie en pie.
—¡Pues vende lo que te queda y huye! —le grité de vuelta, sintiendo cómo las lágrimas de rabia comenzaban a quemarme los ojos—. ¡Paga con tu sangre si es necesario, pero no vas a vender mi vida a un monstruo por tus errores! ¡Tengo veintidós años! Tengo metas, tengo un futuro... ¡No voy a entregarme a un hombre que solo busca destruirme!
La bofetada fue tan rápida y seca que no me dio tiempo de esquivarla.
El impacto me giró la cara hacia la izquierda. El dolor ardiente se extendió de inmediato por mi mejilla y el labio inferior, donde sentí el sabor metálico y caliente de mi propia sangre. Me llevé la mano a la cara, aturdida, mirando a mi padre con el pecho agitado. Jamás me había levantado la mano. Jamás.
—Aprende a cerrar la boca —siseó Giacomo, acercándose tanto que pude oler el rancio licor en su aliento—. Crees que eres muy inteligente con tus pinceles y tu arte refinado, pero sigues siendo una Rossi. Llevas la sangre de esta familia, y esta familia te alimentó, te dio un techo y pagó tu educación en Florencia. Ahora vas a pagar la cuenta.
—Prefiero morir antes que firmar un contrato con ese hombre —dije con un hilo de voz, aferrándome al poco orgullo que me quedaba mientras la sangre goteaba lentamente sobre mi cuello.
Mí padre sonrió. Fue una sonrisa grotesca, desprovista de cualquier rasgo de humanidad.
—¿Ah, sí? ¿Incluso si tu negativa mata a Leonardo?
El nombre de mi hermano menor flotó en el aire como un veneno letal. Toda la fuerza defensiva que había acumulado se desmoronó en un milisegundo.
—¿Qué... qué tiene que ver Leo en esto? —susurré, sintiendo que el suelo cedía bajo mis pies—. Leo está en el colegio internado. Él no sabe nada de esto, está enfermo, su corazón no...
—Dante Salvatore sabe perfectamente dónde está Leo —me interrumpió mi padre, disfrutando del impacto destructor de sus palabras—. Sabe el hospital donde recibe su tratamiento para la insuficiencia cardíaca y sabe cuántas deudas acumulé para mantenerlo con vida en esa clínica privada. Si rechazas la propuesta, Dante congelará las cuentas de la clínica esta misma noche. Sin medicamentos, sin especialistas, y con un par de sus hombres visitando su habitación... ¿cuánto crees que durará tu adorable hermanito?
—Eres un monstruo —murmuré, sintiendo que las lágrimas finalmente se derramaban por mis mejillas, limpiando la mancha de sangre de mi rostro—. Es tu hijo. Es un niño.
—Es un Rossi, igual que tú —sentenció él, dándose la vuelta y dirigiéndose hacia la puerta—. Tienes veinte minutos para estar abajo, vestida y arreglada. Si no bajas, llamaré yo mismo a los hombres de Salvatore para decirles que la boda se cancela y que pueden proceder con Leonardo.
Los dos matones de mi padre me dedicaron una última mirada llena de una mezcla de lástima y frialdad antes de salir tras él, cerrando la puerta del taller y dejándome sumida en un silencio aterrador.
Me quedé de pie en medio de la habitación, temblando de la cabeza a los pies. El olor a pintura y barniz derramado me provocaba náuseas. Miré el lienzo a medio restaurar sobre el caballete: una escena barroca donde una mujer imploraba piedad a los pies de un rey triunfante. Qué ironía tan amarga.
Apreté los puños hasta que las uñas se me clavaron en las palmas. Leo solo tenía diecisiete años. Era inocente, noble y no tenía la culpa de haber nacido en una familia podrida. Él era la única razón por la que mi corazón aún latía con algo de calidez en esta casa. No podía dejar que lo mataran. No podía permitir que la crueldad de mi padre destruyera lo único puro que nos quedaba.
Caminé lentamente hacia el espejo roto que colgaba junto a la ventana. Limpié con el delantal la pequeña mancha de sangre que corría por mi barbilla y me miré a los ojos. El reflejo me devolvió la imagen de una joven aterrorizada, pero detrás de las lágrimas, algo más comenzó a fraguarse: una furia fría y calculadora.
Si Dante Salvatore quería una esposa para castigar a los Rossi, me tendría. Si buscaba quebrantarme para saldar su sed de venganza, descubriría que no era la mujer frágil que esperaba.
Me quité el delantal lleno de pintura, lo dejé caer sobre el suelo manchado y salí del taller con la cabeza en alto. Mi libertad había muerto esa noche, pero mi supervivencia acababa de comenzar.
