Capítulo 2 Capítulo 2: La jaula de los Salvatore
Narrado por Amaris
El trayecto en la camioneta blindada pareció durar una eternidad. El motor ronco devoraba las curvas de la carretera costera mientras las luces lejanas de Palermo se apagaban en el espejo retrovisor, dejando únicamente la penumbra de la noche siciliana y la silueta amenazante de las montañas.
Nadie habló en todo el camino. Flanqueada por dos hombres de trajes oscuros y rostro de piedra que apenas pestañeaban, apreté las manos contra el tejido de mi vestido burdeos. Mi mejilla aún palpitaba con un dolor sordo, un recordatorio constante del golpe de mi padre y de la trampa letal en la que me habían acorralado.
Cuando el vehículo redujo la velocidad y se detuvo ante unos portones monumentales de hierro forjado adornados con el blasón de los Salvatore, el estómago se me apretó por completo. Las rejas se abrieron con un chirrido pesado y avanzamos por un sendero flanqueado por cipreses centenarios hasta detenernos frente a una mansión imponente de piedra oscura, más parecida a una fortaleza medieval que a una residencia familiar.
—Baja —ordenó el hombre a mi derecha, abriendo la portezuela.
El aire frío de la noche me azotó el rostro tan pronto como puse un pie en el piso de piedra. Miré hacia arriba. La propiedad respiraba un aura de poder sofocante, rodeada de sombras y guardias armados apostados en cada esquina estratégica.
Nos adentramos por la entrada principal. El vestíbulo era colosal, con suelos de mármol negro pulido, una enorme araña de cristal apagada en el techo y paredes vestidas con tapices antiguos. El silencio era casi sepulcral, interrumpido únicamente por el eco de mis tacones sobre el suelo.
—Espere aquí —dijo uno de los escoltas antes de alejarse por un pasillo lateral, dejándome a solas con el otro guardia.
Miré a mi alrededor, sintiendo el impulso visceral de buscar una salida, aunque sabía que era una locura. Estaba acorralada.
De pronto, el sonido de unos pasos firmes y pausados resonó al final del gran pasillo central. Me giré instintivamente.
Un hombre emergió de entre las sombras.
Era ridículamente alto, de complexión imponente y hombros anchos que llenaban con elegancia un traje a medida de color gris marengo, sin corbata y con el primer botón de la camisa negra desabrochado. Tenía el cabello oscuro ligeramente despeinado, la mandíbula marcada y unos rasgos esculpidos que habrían parecido perfectos de no ser por la frialdad absoluta de sus ojos. Eran de un gris tormenta tan pálido que resultaban inquietantes.
Mi primer pensamiento fue que se trataba de otro guardia de alto rango o del jefe de seguridad de la mansión. Emanaba una autoridad natural, una presencia tan peligrosa que hacía que el aire en la habitación se sintiera repentinamente pesado.
El hombre se detuvo a un par de metros de mí. Su mirada descendió despacio, examinándome sin ningún disimulo desde la cabeza hasta la punta de mis zapatos, antes de detenerse un segundo en la ligera hinchazón de mi labio. No dijo nada, pero la tensión en el lugar se volvió insoportable.
Sostuve su mirada con todo el orgullo que pude reunir, negándome a bajar los ojos.
—Si viniste a verificar que la mercancía llegó entera, puedes decirle a tu jefe que sigo respirando —dije, haciendo que mi voz sonara lo más firme y helada posible.
El hombre arqueó una ceja de forma casi imperceptible. Una sombra de burla fría cruzó por sus rasgos, pero no respondió. Solo dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio con una lentitud calculadora. Olía a madera cara, tabaco suave y a un perfume sobrio que se pegó a mis sentidos.
—Tienes la boca demasiado grande para estar en una casa ajena, signorina Rossi —dijo. Su voz era grave, baja y profunda, como un rugido contenido que resonó en el mármol.
—Y tú no pareces tener muy buenos modales para ser solo un empleado más de esta casa —contraataqué, dando un paso atrás para mantener la distancia, aunque mi corazón golpeaba desbocado contra mis costillas.
Él no se inmutó. Se limitó a mirarme con una mezcla de desprecio y fascinación oscura, como si estuviera observando a un insecto particular antes de aplastarlo.
—No soy un empleado —respondió con voz pausada, clavando sus ojos grises en los míos—. Y te sugeriría que ahorres las energías para lo que te espera.
Antes de que pudiera exigirle una explicación o preguntarle quién se creía que era, los pasos del guardia que se había ido rompieron el momento.
—Todo está listo arriba —anunció el escolta, inclinando ligeramente la cabeza al dirigirse al hombre de traje gris—. La habitación fue acondicionada.
El desconocido no me quitó los ojos de encima mientras hacía un leve gesto con la mano.
—Llévensela —ordenó sin elevar la voz.
—¡Espera! —exclamé mientras el guardia me tomaba con firmeza del brazo para guiarme hacia las escaleras de caracol—. ¡Dile a Dante que dé la cara! Si me van a tener como rehén en esta fortaleza, exijo ver al hombre que compró mi vida.
El hombre del traje gris se giró lentamente hacia la gran ventanal del vestíbulo, dándome la espalda sin concederme una sola palabra más.
El guardia me arrastró subiendo dos tramos de escaleras hasta llegar al ala oeste de la mansión. Las alfombras oscuras amortiguaban nuestros pasos en un pasillo largo y flanqueado por puertas cerradas. Nos detuvimos al final del corredor, frente a una puerta de madera maciza con cerradura de bronce.
El hombre sacó un juego de llaves, abrió la puerta y me empujó suavemente hacia el interior.
—Entra.
La habitación era amplia, alta y sombría. Tenía muebles de madera oscura, una cama enorme de dos plazas vestida con sábanas pesadas, grandes cortinas de terciopelo que tapaban los balcones y una chimenea apagada. A pesar de la elegancia, la atmósfera era fría y claustrofóbica.
—¿Dónde está Dante Salvatore? —exigí, girándome hacia el guardia antes de que cerrara—. Necesito hablar con él. Esto es un error, él no puede...
—El señor no tiene nada que hablar contigo —me interrumpió el hombre con voz monótona—. Tu única tarea es quedarte aquí.
—¿Hasta cuándo? —apreté los puños, sintiendo cómo la desesperación amenazaba con romper mi coraza—. ¿Hasta cuándo voy a estar encerrada en este lugar?
El guardia se detuvo un segundo con la mano en el pomo de la puerta y me dedicó una mirada desprovista de cualquier empatía.
—No saldrás de esta habitación hasta el día de la boda.
—¡¿Qué?! ¡No puedes dejarme encerrada aquí! —grité, dando dos pasos rápidos hacia la puerta.
Pero fue tarde. La pesada puerta de madera se cerró de golpe en mi cara. El sonido seco del cerrojo girando dos veces en la cerradura resonó como un disparo en el silencio de la estancia.
—¡Abre! ¡Abre la puerta! —golpeé la madera con las palmas de las manos, pero nadie respondió. Solo escuché los pasos del guardia alejándose por el pasillo hasta que el silencio absoluto volvió a tragar la casa.
Me quedé helada en medio de la habitación, escuchando únicamente el sonido agitado de mi propia respiración.
Caminé hacia la gran ventana del fondo y tiré de las cortinas con frustración. Como era de esperarse, el balcón estaba cerrado con llave desde fuera y daba hacia un patio interior custodiado por tres hombres armados. No había escapatoria.
Me dejé caer de espaldas sobre el borde de la cama, mirando el techo alto decorado con molduras de yeso. La imagen del hombre de traje gris y ojos helados volvió a mi mente. ¿Quién era ese sujeto para hablarme con semejante arrogancia? ¿El brazo ejecutor de Dante? ¿Su mano derecha?
Apreté las manos contra la colcha. No importaba quién fuera él ni lo sombría que fuera esta casa. Estaba prisionera, sí, pero no iba a dejar que me destruyeran sin pelear. Si Dante Salvatore creía que encerrarme entre cuatro paredes iba a doblegar mi espíritu hasta llevarme al altar como una cordera al matadero, descubriría muy pronto que había elegido a la mujer equivocada.
