Capítulo 3 Capítulo 3: Hilos de seda y cadenas invisibles
Narrado por Amaris
Tres días. Tres días interminables encerrada entre cuatro paredes de piedra y madera oscura. El ala oeste de la mansión Salvatore se había convertido en mi prisión y en mi tormento. Durante ese tiempo, la única interacción humana que tuve se redujo a la criada que dejaba bandejas de comida sobre la mesa de la entrada sin pronunciar palabra y a los pasos pesados de los guardias que custodiaban el pasillo día y noche.
Había examinado cada rincón del dormitorio. El balcón seguía cerrado a cal y canto, las ventanas eran de vidrio reforzado e insuperable, y la puerta ni siquiera vibraba cuando me apoyaba con desesperación sobre ella. Pero la desesperación no da frutos; la observación, sí.
Había notado un detalle crucial: cada mañana a las ocho, Gianna, la sirvienta de más edad, abría la puerta trayendo agua limpia para el baño adyacente. Durante unos breves tres minutos, la puerta permanecía entornada mientras el guardia de la entrada bajaba la guardia por un instante para revisar su teléfono. Tres minutos. Ese era el margen de tiempo que necesitaba para deslizarme por el corredor de servicio que había descubierto al inspeccionar la pared del fondo del vestidor. Si lograba salir hacia las cocinas durante el cambio de turno del mediodía, tendría una oportunidad de ganar la puerta trasera del jardín.
Tenía un plan. Tenía la determinación. Tenía la fría certeza de que prefiriera arriesgarme a recibir un disparo antes que entregarle mi vida a un tirano en el altar.
La puerta del dormitorio se abrió con un chasquido seco a las cuatro de la tarde, interrumpiendo mis pensamientos.
No era la hora de la comida.
Gianna entró a la habitación, seguida por dos jóvenes sirvientas que cargaban con dificultad una enorme funda protectora de raso blanco y un baúl de madera barnizada. Detrás de ellas, con la postura recta y las manos entrelazadas a la espalda, entró un hombre de mediana edad y expresión adusta que no recordaba haber visto antes.
—Déjenlo sobre la cama —ordenó el hombre con tono profesional y desprovisto de calidez.
Las muchachas colocaron la funda con delicadeza sobre las sábanas y abrieron la cremallera. De su interior emergió una marea de encaje de cortejo, seda marfil y pedrería fina. Era un vestido de novia espectacular, propio de la realeza o de la alta aristocracia criminal. Un diseño de escote pronunciado pero elegante, con ajustadas mangas de encaje y una falda majestuosa que caía con un peso imponente.
Se me heló la sangre en las venas. El momento había llegado.
—Señorita Rossi —habló el hombre, sacando un cuaderno de notas—. Soy el diseñador encargado por la familia Salvatore. Tenemos noventa minutos para que se vista, peine y maquille. La ceremonia se celebrará al caer el sol en la capilla privada de la propiedad.
—No voy a ponerme eso —dije, dando un paso atrás y cruzándome de brazos mientras sostenía la mirada del hombre con desprecio.
Él ni siquiera se inmutó.
—No es una invitación, señorita. El señor Salvatore ha sido extremadamente claro. Debe estar lista a las cinco y media. Por favor, tome un baño. Las chicas la asistirán.
—Dije que no —repetí, elevando la voz para que resonara en las paredes de la estancia—. Pueden llevarse esa ropa de aquí. No voy a caminar hacia ningún altar para complacer los caprichos de su jefe. Si quiere casarse con un cadáver, que venga él mismo a ponerme el vestido.
Las dos sirvientas se miraron con evidente nerviosismo, pero el diseñador suspiró con fastidio, como si estuviera lidiando con una niña caprichosa. Se giró hacia la puerta y echó una mirada hacia el pasillo.
Un segundo después, la figura madura de Gianna dio un paso al frente. La mujer madura miró a su alrededor, les hizo una seña a las jóvenes para que comenzaran a preparar el baño de tina en el vestidor adyacente y luego se acercó a mí con pasos lentos y pausados.
—Señorita Amaris... por favor —murmuró Gianna en un tono tan bajo que apenas rozó el aire—. No empeore las cosas. El Don no es un hombre paciente.
—No me importa su paciencia, Gianna —contesté entre dientes, sintiendo que la furia me ardía en la garganta—. No me voy a someter. Mi padre me vendió, pero yo no me vendo. Tengo un plan y no voy a...
Giré la cabeza de golpe hacia la ventana. La fuga seguía en pie. Si creaban una distracción durante el peinado o si lograba encerrarme en el baño unos minutos, podía usar el bisturí de restauración que había logrado esconder en el dobladillo de mi manga para forzar el cerrojo del ducto de servicio. Solo necesitaba una pequeña ventana de tiempo.
—No habrá fuga, niña —susurró Gianna a mi lado.
Me congelé. La miré fixing a los ojos, sintiendo cómo el pánico intentaba abrirse paso.
—¿Qué dijiste?
Gianna no respondió con palabras. Con un movimiento rápido y disimulado, metió la mano en el bolsillo de su delantal negro y sacó un teléfono inteligente de pantalla ancha. Se aseguró de que el diseñador estuviera distraído organizando las brochas de maquillaje sobre la mesa antes de inclinarse hacia mí y mostrarme la pantalla encendida.
En la imagen, en tiempo real, se veía una habitación de hospital limpia y tranquila. En la cama yacía un joven pálido, conectado a un monitor de signos vitales que emitía un parpadeo verde constante. Llevaba una mascarilla de oxígeno suave y dormía plácidamente.
Era Leonardo. Mi hermano.
Se me cortó la respiración. El mundo entero pareció perder el sonido por un segundo.
—Leo... —se me escapó un hilo de voz, y estiré la mano por instinto para tocar la pantalla, pero Gianna retiró el teléfono unos centímetros, manteniendo la vista fija en la mía.
—Mire la esquina superior izquierda de la pantalla, señorita —dijo la mujer con una triste mezcla de compasión y advertencia en los ojos.
Desvié la mirada hacia donde me señalaba. En el reflejo del cristal de la puerta de la habitación de hospital se divisaba la silueta de dos hombres corpulentos vestidos con trajes oscuros. Uno de ellos permanecía apostado junto al cabezal de la cama de mi hermano, con la mano derecha oculta dentro de la chaqueta.
—Es una transmisión en vivo desde la clínica de urgencias en Roma —explicó Gianna con voz imperceptible—. El señor Salvatore mandó a trasladar a su hermano esta misma mañana a una instalación de primera clase bajo el cuidado de sus mejores cardiólogos. Está a salvo, atendido y estable... de momento.
Un escalofrío helado me recorrió la espina dorsal, dejándome sin aliento.
—Pero... —continuó Gianna, bajando la pantalla del teléfono—, la orden para esos dos hombres es muy simple. Si usted no está en la capilla a las cinco y media vestida de blanco, o si intenta algo desesperado durante el camino, la señal de desconexión médica se dará de inmediato. Y el soporte vital de su hermano se apagará antes de que pueda dar tres pasos fuera de esta casa.
Sentí como si me hubieran asestado un hachazo en el estómago. Toda la fuerza, la furia acumulada y la ilusión de libertad que me habían sostenido durante los últimos tres días se desintegraron en mil pedazos sobre el suelo de la habitación.
El bisturí guardado en mi manga pesaba ahora como si estuviera hecho de plomo inútil. La ruta de escape, el ducto de servicio, el cambio de turno de los guardias... todo era una ilusión grotesca. Dante Salvatore no solo me había encerrado en una fortaleza de piedra; me había tejido una jaula invisible de la que era imposible escapar sin mancharme las manos con la sangre de mi propio hermano.
—Es un demonio... —susurré, y esta vez una lágrima helada se me escapó por la mejilla, trazando un camino caliente hasta mi barbilla—. Es un auténtico demonio.
Gianna guardó el teléfono en el bolsillo y me miró con los ojos empañados.
—Es el Don, señorita. Y en Sicilia, la palabra del Don es la ley. Por favor... deje que las chicas la preparen. Hágalo por el muchacho.
Me quedé de pie en mitad de la estancia, mirando las paredes de madera como si fueran los barrotes de mi tumba. Mi padre me había golpeado para doblegarme; Dante ni siquiera había necesitado tocarme. Había estudiado mi punto más débil, mi única razón para respirar, y lo había convertido en la cadena más pesada de mi vida.
Cerré los ojos. El dolor en el pecho era tan agudo que por un segundo creí que mi propio corazón se rompería allí mismo. Cuando volví a abrirlos, la debilidad había desaparecido, reemplazada por un vacío helado y doloroso.
—Está bien —dije. Mi voz ya no temblaba. Sonaba muerta, distante, plana—. Prepárenme.
Los siguientes cuarenta y cinco minutos transcurrieron como una pesadilla borrosa. Me dejé guiar como un maniquí de cera. Sentí la piel arder con el agua caliente del baño, el tirón molesto de las horquillas cuando recogieron mi cabello oscuro en un moño bajo y elegante, y el tacto frío de la seda sobre mi cuerpo mientras las sirvientas me ajustaban el vestido de novia.
El encaje del escote se ajustaba a mi piel como una cicatriz; la falda pesada me obligaba a caminar con una lentitud impuesta. Cuando el diseñador terminó de aplicar el labial rojo sobre mis labios y me colocó el velo de tul transparente sobre el rostro, me miré al espejo.
La mujer que me devolvía la mirada no parecía yo. Era una novia fantasma, una hermosa prisionera vestida de blanco lista para ser sacrificada en el altar de una venganza que ni siquiera entendía del todo.
—Es hora, señorita Rossi —anunció el guardia desde la puerta abierta.
No respondí. Con la cabeza en alto y la mirada fija en el frente, salí del dormitorio.
El pasillo del ala oeste estaba flanqueado por cuatro hombres armados que se alinearon detrás de mí como una escolta fúnebre. Descendí las monumentales escaleras de caracol del vestíbulo. A medida que avanzábamos hacia el ala posterior de la mansión, el sonido distante de un órgano comenzó a retumbar en el aire, llenando las paredes de piedra con una melodía sombría y majestuosa.
Llegamos a la entrada de la capilla privada de la familia Salvatore. Dos enormes puertas de roble esculpido permanecían cerradas frente a mí. El guardia de la derecha me dedicó una mirada rápida antes de tomar los pomos de bronce y empujar las puertas hacia el interior.
La capilla estaba bañada por la luz tibia de cientos de velas encendidas. El olor a incienso y madera antigua llenaba el espacio. En los bancos de madera no había multitud ni invitados sonrientes; solo unos pocos hombres de aspecto maduro y caras duras vestidas con trajes oscuros, la élite de la organización de los Salvatore, que se giraron en silencio para verme entrar.
Pero mi mirada no se detuvo en ellos.
Al fondo de la nave central, junto al sacerdote de cabello canoso que esperaba con la Biblia abierta entre las manos, se encontraba él.
El hombre del traje gris de la primera noche.
Sentí que el suelo se tambaleaba bajo mis pies. Vestía un esmoquin negro impecable que acentuaba su figura imponente y sus hombros anchos. Su postura era rígida, dominante, y su rostro parecía esculpido en mármol. Cuando me vio avanzar por el pasillo central, sus ojos de un gris tormenta helado se clavaron en los míos a través del tul transparente de mi velo.
No era un guardaespaldas. No era el jefe de seguridad ni un empleado de confianza.
Era Dante Salvatore. El Don. El hombre que había comprado mi vida, el que amenazaba la salud de mi hermano y el que había jurado hacer de mi existencia un infierno por crímenes de los que no sabía nada.
Un nudo de ira descontrolada y pánico sofocado se apretó en mi garganta con cada paso que daba hacia él sobre la alfombra roja. Mis tacones resonaban con un ritmo lento y decidido, marcando la cuenta regresiva de mi libertad.
Él no sonreía. No había ni un atisbo de triunfo en sus rasgos, solo una frialdad absoluta y una fijación casi obsesiva que me quemaba la piel a medida que me acercaba. Podía sentir la atracción peligrosa y el odio latente emanando de su cuerpo como una marea oscura.
Llegué al pie del altar. Me detuve a un paso de él.
Dante dio un paso al frente y extendió su mano grande y calurosa hacia mí para guiarme hacia los escalones. Sus dedos rozaron la tela delgada de mis guantes de encaje, y una descarga de electricidad involuntaria me recorrió los brazos, haciéndome reprimir un estremecimiento.
Le sostuve la mirada gris con todo el odio que mi alma podía contener tras el tul.
—Felicidades, signorina Rossi —murmuró Dante en un susurro tan bajo que solo yo pude escuchar, mientras su voz grave me helaba la sangre—. Bienvenida a tu nueva vida.
Apreté los puños bajo la falda de seda y no bajé los ojos. La boda acababa de comenzar, pero la guerra entre nosotros apenas estaba empezando.
