Capítulo 4 Capítulo 4: El juramento de los condenados
Narrado por Amaris
El aire dentro de la capilla privada de los Salvatore se había vuelto denso, casi irrespirable. Las llamas de los centenares de velas parpadeaban al compás de los latidos acelerados de mi corazón, que golpeaba contra mis costillas con la fuerza de un martillo desbocado.
Frente a mí, la imponente figura de Dante Salvatore se alzaba como una muralla de piedra oscura y elegancia amenazante. Su rostro no reflejaba la alegría contenida ni la emoción contenida de un novio en el día más feliz de su vida; sus facciones estaban esculpidas en una fría e implacable determinación. Sus ojos de un gris tormenta me atravesaban el velo de tul transparente, estudiando cada microgestión de mi expresión, buscando el más mínimo atisbo de debilidad que pudiera aplastar con gusto.
A nuestro lado, el sacerdote —un hombre de canas pobladas y una expresión de resignación profunda que probablemente había oficiado más bodas por coacción que por amor en este submundo— carraspeó suavemente, interrumpiendo el pesado silencio que nos envolvía.
El sacerdote abrió el pesado misal encuadernado en cuero negro, posó sus dedos temblorosos sobre las páginas y comenzó a leer las fórmulas sagradas del matrimonio con una voz monótona que parecía más la lectura de una sentencia de muerte que un rito de unión. Las palabras flotaban en el ambiente como hojas secas, desprovistas de cualquier significado real. Aquello no era una unión de almas; era una transacción de sangre, una cadena de hierro forjada con chantaje y mentiras.
—Dante Salvatore, ¿tienes la voluntad de recibir a Amaris Rossi como tu legítima esposa, para amarla, honrarla y protegerla, según el mandato divino y la ley de nuestra familia?
Dante no parpadeó. Sostuvo mi mirada con una intensidad que rozaba la obsesión antes de responder, su voz grave resonando con una solidez imperturbable en las paredes de piedra de la capilla:
—Acepto.
El eco de su respuesta reverberó en mi pecho como un golpe físico. Un escalofrío helado recorrió mi columna vertebral, erizándome la piel bajo las capas de encaje y seda. Sabía que para él yo no era una esposa; era el chivo expiatorio perfecto, la pieza que le faltaba para cerrar el círculo de su supuesta venganza por la muerte de su madre. Era su trofeo de guerra.
El sacerdote giró lentamente la cabeza, y sus ojos cansados y cargados de una silenciosa lástima se posaron sobre mí. Sabía perfectamente lo que había detrás de ese matrimonio. Todos en esta habitación lo sabían.
—Y tú, Amaris Rossi... —la voz del sacerdote se detuvo un instante, dándome la oportunidad que mi orgullo herido exigía a gritos—. ¿Tienes la voluntad de recibir a Dante Salvatore como tu legítimo esposo, para estar a su lado en la salud y en la enfermedad, en la lealtad y en la obediencia?
El silencio cayó sobre la capilla de manera abrupta.
Los hombres de confianza de Dante, apostados en los flancos de la nave central, contuvieron el aliento. Incluso los músicos que tocaban el órgano en el coro superior detuvieron los acordes, dejando que el crepitar de las velas fuera el único sonido en el santuario.
Mis labios se apretaron hasta volverse blancos. En mi mente, las imágenes de Leonardo, mi hermano menor, destellaron con una claridad dolorosa: su rostro pálido en la cama de la clínica de urgencias en Roma, el monitor de signos vitales emitiendo ese parpadeo verde constante, y la sombra amenazante de los sicarios de los Salvatore apostados junto a su cabecera con la mano dispuesta a desconectar el soporte vital si yo me atrevía a pronunciar una sola negativa.
Dilo, me exigía mi dignidad. Dile que no. Grita tu rechazo y que el mundo se caiga apedazos.
Pero los principios y el orgullo son lujos que uno no puede permitirse cuando la vida de lo único que te queda en el mundo pende de un hilo.
Los segundos pasaban con una lentitud insoportable. Un murmullo bajo y tenso comenzó a circular entre los hombres de la organización. La mandíbula de Dante se tensó de golpe, y una sombra de furia oscura cruzó por sus ojos grises. Sus dedos, envueltos en los guantes oscuros, se cerraron con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Él no toleraba la insolencia, y menos aún el rechazo público frente a su círculo íntimo.
Sentí que el aire me quemaba la garganta. Mis ojos se llenaron de lágrimas de rabia pura, pero me negué a parpadear para evitar que cayeran. Apreté las manos con tanta fuerza dentro de los guantes de encaje que las uñas se me clavaron dolorosamente en las palmas.
Por Leo, repetí como un mantra desesperado en lo más hondo de mi conciencia. Por mi hermano.
Inhalé hondo, conteniendo el temblor de mi pecho, y permití que el silencio se rompiera con la palabra que sellaría mi condena.
—Acepto —susurré. Mi voz no sonó sumisa ni temblorosa; sonó helada, quebrada por dentro, pero firme como el acero.
Un suspiro colectivo recorrió la capilla. La tensión acumulada se disipó ligeramente, reemplazada por una atmósfera densa y cargada de un peligro inminente.
El sacerdote, visiblemente aliviado por haber evitado una catástrofe que habría terminado en tragedia, apresuró los trámites finales. Tomó el pequeño cojín de terciopelo donde descansaban los anillos de platino y oro blanco, incrustados con pequeños diamantes negros.
—Que lo que Dios y la sangre han unido, ningún hombre lo separe —pronunció con voz apresurada—. Puede besar a la novia.
Dante dio un paso al frente con una lentitud depredadora. Extendió los dedos y, con un movimiento firme pero áspero, levantó el velo de tul transparente que cubría mi rostro. El aire frío de la capilla chocó contra mis mejillas sonrojadas por la ira.
Sus ojos grises me examinaron de cerca, recorriendo cada centímetro de mi piel con una mezcla de desprecio y una fascinación oscura y enfermiza. Sus manos grandes y cálidas se posaron con firmeza a los lados de mi cintura, impidiéndome cualquier intento de retroceder. Su cuerpo duro como el granito presionó contra el mío, haciendo que el perfume a madera cara y tabaco me invadiera los sentidos de golpe.
—Bienvenida a tu infierno, esposa —murmuró Dante en un susurro áspero que solo yo pude escuchar, rozando apenas mis labios con los suyos en un beso que no tenía nada de romántico; era una marca de propiedad, un sello de posesión absoluta.
Cerré los ojos con fuerza, soportando la humillación con el alma envenenada de odio. Cuando se apartó, su rostro seguía tan impasible como el mármol, pero la forma en que su pulgar rozó mi labio inferior con una violencia contenida demostraba que esta guerra interna apenas comenzaba.
La ceremonia había terminado. Oficialmente, era la señora Salvatore.
La recepción formal fue una farsa silenciosa. No hubo brindis alegres, ni música de celebración, ni risas compartidas entre invitados. En el comedor principal de la mansión, iluminado únicamente por la luz de una gigantesca chimenea de piedra y candelabros de hierro forjado, los pocos hombres de confianza de Dante cenaron en completo silencio, intercambiando miradas sobrias y levantando sus copas de vino tinto hacia nosotros en señal de un respeto temeroso.
Yo apenas probé bocado. Sentada a la cabecera de la enorme mesa de roble, justo al lado de mi nuevo esposo, me sentía como un animal atrapado en una exhibición macabra. Dante no me dirigió la palabra en toda la cena. Se limitó a beber vino en silencio, observando a sus hombres con esa autoridad fría que paralizaba a cualquiera. Cada vez que sentía su mirada de reojo pesando sobre mi hombro, un escalofrío me recorría la columna.
A medianoche, cuando los últimos asistentes se retiraron y el eco de los pasos se desvaneció en los pasillos, un escolta se acercó respetuosamente a Dante y le hizo una seña con la cabeza.
—Los vehículos están listos, Don Dante. Todo asegurado para el traslado a la residencia principal de la costa.
Dante se puso de pie con una parsimonia intimidante, alisando la solapa de su esmoquin negro. Se giró hacia mí, extendiendo su brazo con una falsa y rígida cortesía que resultaba insultante.
—Nos vamos —ordenó, sin dejar espacio a réplicas.
Me levanté de la silla con la pesada falda del vestido de novia enredada en los tobillos, ignorando deliberadamente su mano extendida. Pasé a su lado con la cabeza en alto, sintiendo cómo su mirada me seguía como la de un depredador a su presa.
Salimos al patio trasero de la mansión. La fría brisa nocturna del mar Tirreno me golpeó el rostro con fuerza, agitando el dobladillo de mi vestido. Una fila de tres camionetas negras todoterreno con los cristales blindados esperaba con los motores en marcha frente a la escalinata principal.
Dos escoltas abrieron la portezuela trasera del vehículo central. Sin mediar palabra, Dante me indicó con un gesto seco que subiera primero.
Entré al habitáculo espacioso, revestido en cuero negro y madera oscura, y me encogí en el asiento de la ventana, intentando ocupar el menor espacio posible. Un segundo después, Dante se deslizó a mi lado, cerrando la puerta con un golpe seco que aisló por completo el sonido exterior.
El motor rugió con fuerza y la caravana comenzó a avanzar, dejando atrás la imponente fortaleza para adentrarse en la carretera sinuosa que bordeaba los acantilados de la costa siciliana. La oscuridad de la noche solo era interrumpida por los haces de luz de los faros delanteros y la silueta negra del mar agitándose furioso contra las rocas varios metros más abajo.
El silencio dentro de la camioneta era tan espeso que se podía cortar con un cuchillo. Mis manos temblaban ligeramente sobre mi regazo, ocultas bajo los pliegues de la tela blanca, mientras intentaba mantener la respiración calmada y constante.
Pasaron varios minutos interminables. Ninguno de los dos pronunciaba una sola palabra, hasta que sentí que la temperatura dentro del vehículo descendía drásticamente, o tal vez era la presencia de Dante la que congelaba el ambiente.
Él se giró lentamente hacia mí, estirando el brazo izquierdo para apoyarlo en el respaldo de mi asiento, acorralándome contra la puerta y el cristal frío de la ventanilla. Su proximidad era sofocante; su perfume varonil, mezclado con el aroma amargo del alcohol y el tabaco, llenó por completo mis pulmones.
—¿Te crees muy valiente, Amaris? —comenzó hablando en voz baja, con un tono tan calmado que resultaba infinitamente más aterrador que un grito—. ¿Pensaste que porque aceptaste dar el "sí" en el altar ya tienes el control de algo en esta casa?
Giré la cabeza bruscamente hacia él, clavando mis ojos en los suyos con toda la furia que llevaba acumulada en el pecho.
—No me creo valiente, Dante —le espeté, sin importarme las consecuencias—. Sé exactamente dónde estoy y con quién estoy. Sé que me compraste con un chantaje bajo y vil, utilizando la vida de mi hermano como moneda de cambio. Así que ahórrate las lecciones de moralidad. Hiciste exactamente lo que querías: tenerme aquí, atada a tu apellido y a tu maldita casa. ¿Qué más quieres de mí? ¿Qué me arrodille y te suplique piedad?
El rostro de Dante se ensombreció de manera instantánea. Su mandíbula se marcó con una dureza extrema y una chispa de peligro letal encendió sus ojos grises.
Sin apartar su mirada de la mía, extendió su mano derecha y me agarró firmemente de la barbilla con los dedos, apretando lo justó para obligarme a mantener la cara levantada hacia él, sin poder escapar de su control.
—Escúchame bien, y óyeme con atención porque no pienso repetirlo dos veces —su voz era un susurro gutural, cargado de una amenaza tan real que hizo que mi sangre se congelara en las venas—. No estás aquí para jugar a la esposa rebelde ni para desafiar mi autoridad con esa insolencia que te gastas. Eres un recordatorio constante de lo que tu familia le robó a la mía. Cada día que respires bajo mi techo será una prueba de tu sumisión.
—Mi hermano está a salvo... —intenté replicar con un hilo de voz, a pesar de que el agarre en mi barbilla me dolía.
—Tu hermano está a salvo mientras tú te portes bien —me interrumpió Dante con una frialdad implacable, acercando su rostro al mío hasta que nuestras respiraciones se mezclaron—. Un solo paso en falso. Una sola sospecha de que intentas traicionarme, escapar o jugar a las espaldas con alguien... y te juro por la memoria de mi madre que haré que te arrepientas de haber nacido. Apagaré las máquinas de ese hospital con mis propias manos y te obligaré a ver cómo entierras al único ser que te importa en este mundo. ¿Te ha quedado claro, signorina?
Las lágrimas que tanto había intentado contener finalmente se desbordaron, rodando calientes por mis mejillas y mojando los dedos de su mano. El dolor en el pecho era tan agudo que sentí que me ahogaba, pero en medio de la humillación y el terror, una chispa de fuego indomable se encendió en lo más profundo de mi alma.
Él quería una prisionera sumisa, una muñeca de trapo a la que manipular a su antojo. Pero lo que no sabía era que, al arrinconarme de esa manera, lo único que estaba logrando era cavar su propia fosa emocional.
—Eres un monstruo —susurré con la voz rota, mirándolo fijamente a los ojos con un desprecio absoluto que lo hizo vacilar por una milésima de segundo—. Puedes encerrarme, puedes amenazarme con la vida de mi hermano y puedes obligarme a llevar tu apellido... pero jamás vas a tener mi alma, Dante Salvatore. Jamás.
Dante me sostuvo la mirada durante unos segundos eternos. En sus ojos grises vi un destello fugaz de sorpresa ante mi respuesta, rápidamente sepultado bajo capas de hielo y rencor.
Sin decir una sola palabra más, soltó mi barbilla con brusquedad y se apartó, recostándose en su lado del asiento y volviendo a mirar hacia la ventana oscura de la noche.
—Ya veremos cuánto dura esa rebeldía, esposa —sentenció en la penumbra.
La camioneta siguió devorando los kilómetros de carretera costera hacia la mansión principal, mientras yo me quedaba inmóvil junto a la ventanilla fría, secando mis lágrimas con el dorso del guante y jurando en silencio que, sin importar cuánto tardara, encontraría la forma de destruir la coraza de ese demonio o morir en el intento.
