Capítulo 5 Capítulo 5: La sombra del pasado

Narrado por Amaris

La noche en la mansión principal de la costa no trajo el descanso, sino la escenificación de otra farsa. Si la boda en la capilla privada había sido un rito fúnebre a puerta cerrada, la recepción oficial celebrada en el gran salón de actos era la exhibición pública del trofeo de Dante Salvatore.

El lugar estaba abarcarado. Cristal de Murano, arañas monumentales que proyectaban una luz dorada y cálida sobre el mármol pulido, orquestas de cámara tocando valses suaves y decenas de hombres vestidos con trajes de gala impecables, acompañados por mujeres luciendo joyas que valían fortunas enteras. La alta sociedad del crimen organizado siciliano y sus socios comerciales habían acudido para rendir pleitesía al nuevo Don.

Llevaba un vestido de noche ajustado de color verde esmeralda, de seda pesada que caía hasta el suelo, con la espalda al descubierto y un collar de diamantes negros que Dante me había obligado a ponerme antes de bajar. Cada piedra sobre mi cuello pesaba como un eslabón de hierro; era su marca, su sello visible ante el mundo de que la hija de los Rossi ahora le pertenecía.

A mi lado, Dante avanzaba entre los invitados con la compostura impecable de un rey absoluto. Saludaba con breves inclinaciones de cabeza, aceptaba las felicitaciones con una sonrisa fría que jamás le llegaba a los ojos grises y mantenía su mano firmemente posada sobre la parte baja de mi espalda. Su contacto era ardiente, una presencia constante que me recordaba a cada segundo el alcance de su control.

—Sonríe, signorina —murmuró Dante cerca de mi oído, apenas inclinando la cabeza mientras sostenía una copa de cristal con champán en la mano derecha—. Los capitanes de las familias del norte nos están observando. No querrás que piensen que la nueva señora Salvatore no está encantada con su matrimonio.

—No voy a actuar para tu público, Dante —respondí en un susurro helado, manteniendo la vista al frente y la barbilla erguida—. Bastante humillante es estar aquí parada a tu lado.

Escuché una risa baja y oscura brotar de su garganta, un sonido que me erizó los vellos de los brazos.

—Siempre tan firme —dijo, apurando un trago de su copa—. Me va a encantar ver cuánto dura esa máscara cuando estemos a solas.

Antes de que pudiera responderle, un grupo de hombres mayores con trajes oscuros se acercó para discutir asuntos de transporte naval en el puerto de Messina. Me desligué sutilmente de su agarre, dando un par de pasos hacia atrás bajo el pretexto de tomar una copa de agua de la bandeja de un camarero que pasaba.

Necesitaba respirar. El olor a perfumes caros, el humo de los puros importados y la falsa amabilidad de la gente me estaban provocando náuseas. Busqué con la mirada una salida hacia la terraza acristalada que daba al mar, deseando aunque fuera un minuto de soledad en medio de semejante infierno.

Fue entonces cuando la música de la orquesta pareció desafinar en mi mente.

A pocos metros de la entrada principal del salón, junto a la columna de mármol que separaba el vestíbulo de la pista de baile, un hombre conversaba con dos guardias de la familia Rossi. Llevaba un traje azul marino impecable, el cabello castaño perfectamente peinado hacia atrás y una postura que conocía demasiado bien.

Sintiendo que todo el aire abandonaba mis pulmones de golpe, di un paso en falso.

—No... no puede ser —susurré para mí misma, sintiendo que el suelo temblaba.

Era Adriano.

Adriano Vanci. El prometido que mi padre me había impuesto dos años atrás, el hombre con el que se suponía que debía casarme antes de que las deudas de mi familia destruyeran nuestras vidas. Un hombre ambicioso, cobarde y mezquino, a quien jamás había amado y del cual me había deshecho en cuanto descubrí que utilizaba el nombre de mi familia para cerrar tratos ilegales a mis espaldas. Mi padre había inventado ante los ojos del mundo que Adriano y yo teníamos una historia de amor trágica e ininterrumpida para proteger la reputación de la familia cuando rompió el compromiso.

¿Qué demonios hacía él en la mansión de los Salvatore?

Como si hubiera sentido mi mirada clavada en su nuca, Adriano se giró lentamente. Sus ojos marrones se cruzaron con los míos. Una sonrisa arrogante y calculadora se dibujó en sus labios mientras daba un paso en mi dirección, ignorando la atmósfera cargada de peligro del lugar.

—Amaris... —pronunció mi nombre con una familiaridad que me revolvió el estómago.

—¿Qué haces aquí, Adriano? —exigí en un susurro sofocado, dando un paso atrás mientras miraba frenéticamente a mi alrededor—. Tienes que irte. Este no es tu lugar. Si Dante te ve...

—¿Dante? —interrumpió él con una risita despectiva, dando otro paso hacia mí y acortando la distancia de forma imprudente—. ¿El gran Don de Sicilia? Por favor, Amaris. Sé perfectamente que tu padre te entregó como carne de cañón para salvar su propio pellejo. Sé que no querías casarte con ese salvaje.

—No sabes nada —siseé, sintiendo que el pánico, no por mí, sino por la tormenta que se avecinaba, me apretaba el cuello—. No entiendes la gravedad de la situación. Vete de aquí antes de que sea tarde.

Adriano, impulsado por una estupidez monumental o por el deseo de demostrar un coraje que no poseía, extendió la mano y me agarró con firmeza de la muñeca.

—Vine a buscarte —dijo en voz alta, atrayéndome ligeramente hacia él—. No tienes que someterte a esto. Puedo sacarte de aquí. Hablé con la gente de la rama secundaria, podemos...

—¡Ssuéltame! —intenté zafarme de su agarre, pero su mano apretó la piel sensible de mi muñeca.

—No te voy a dejar con ese monstruo, Amaris. Tú me pertenecías a mí primero.

El tiempo se detuvo por completo en el gran salón.

Un silencio sepulcral, repentino y destructivo, comenzó a extenderse desde el centro de la estancia como una onda expansiva. Las conversaciones cesaron de golpe. Las copas de cristal dejaron de chocar. La orquesta de cámara apagó sus notas en un acorde quejumbroso.

Sentí una presencia helada y aplastante surgir a mi espalda. No necesité girarme para saber que el verdadero demonio de la casa estaba de pie justo detrás de mí.

Dante dio dos pasos lentos y calculados, emergiendo de la multitud como una sombra mortal. La copa de champán que sostenía en la mano ya no estaba; en su lugar, sus brazos caían a los lados de su cuerpo con una rigidez felina. Su rostro había perdido cualquier vestigio de civilización; era una máscara de furia pura, arcaica y destructiva. Sus ojos grises, oscurecidos hasta parecer carbón encendido, no estaban fijos en mí, sino en la mano de Adriano que aún sujetaba mi muñeca.

—Quita... tu mano... de mi esposa —dijo Dante.

Su voz no fue un grito. Fue un rugido bajo, profundo y cargado de una autoridad tan temible que dos mujeres en la primera fila ahogaron un chillido de terror.

Adriano se congeló. El color desapareció de su rostro en un segundo, dejando una palidez cadavérica. Pero la soberbia o el pánico lo paralizaron, tardando un segundo de más en reaccionar.

Ese segundo fue su condena.

En un movimiento tan veloz que mi ojo apenas pudo registrarlo, Dante dio un paso al frente, agarró a Adriano por el cuello de la camisa con la mano izquierda y lo estampó con una violencia brutal contra la columna de mármol adyacente. El impacto resonó en todo el salón como un chasquido seco.

—¡Dante, no! —grité, intentando intervenir, pero Enzo, que había aparecido de la nada a un lado, me sujetó del brazo con firmeza para impedirme avanzar.

—Quédate quieta, signorina —murmuró Enzo con una voz extrañamente tranquila, aunque sus ojos brillaban con una intensidad oscura mientras observaba la escena.

Adriano jadeó buscando aire, con los pies casi colgando del suelo mientras la mano de Dante le apretaba la garganta con la fuerza de una prensa de acero. Dante se inclinó hacia él, a escasos milímetros de su cara, permitiendo que el hombre viera el abismo sin fondo que ardía en sus ojos grises.

—¿Creíste que podías entrar a mi casa? —siseó Dante, y cada palabra suya caía como una losa de tumba—. ¿Creíste que podías tocar lo que es mío y salir caminando de aquí?

—Dante... por favor... era solo... un saludo... —articuló Adriano con dificultad, arañando la manga del traje de mi esposo con desesperación.

Dante no respondió con palabras. Con un movimiento seco de su brazo derecho, sacó una pistola de empuñadura oscura de su holster oculto y le encajó el cañón frío directamente debajo de la barbilla a Adriano.

El salón entero ahogó un grito de pánico colectivo. Varios capitanes de la organización dieron un paso atrás, mientras que los hombres de seguridad de los Salvatore desenfundaban sus armas por instinto, apuntando hacia las salidas y asegurando el perímetro.

—Dante, detente —rogué con la voz quebrada, luchando contra el agarre de Enzo—. ¡No sabe lo que dice! ¡No tiene nada que ver conmigo! ¡Te lo juro por la vida de mi hermano!

La mención de mi hermano hizo que Dante moviera ligeramente los ojos hacia mí. La chispa de locura y celos oscuros que ardía en su mirada me heló la sangre. Él realmente creía que Adriano era el hombre que yo supuestamente amaba; creía que la mentira de mi padre era real y que la presencia de Adriano aquí era la prueba definitiva de mi traición.

—Tu palabra no vale nada, Amaris —sentenció Dante, volviendo a fijar su mirada destructiva en Adriano—. Y la vida de este gusano vale todavía menos.

Dante bajó la pistola un par de centímetros y, sin dudar un solo segundo, le propinó un culatazo feroz en el pómulo a Adriano. El hueso sonó al romperse y el hombre cayó al suelo de mármol como un saco de papas, sangrando profusamente de la cara y gimiendo de dolor.

La multitud estaba aterrorizada. Nadie se atrevía a respirar.

Dante se giró bruscamente hacia los invitados, erguido, con la pistola aún en la mano y la camisa ligeramente desordenada. Su aura de poder absoluto aplastaba cualquier atisbo de disidencia.

—¡La fiesta ha terminado! —gritó con una voz que hizo retumbar las arañas de cristal del techo—. ¡Quiero a todos fuera de mi propiedad en cinco minutos! ¡Si encuentro a alguien merodeando por los jardines después de eso, lo consideraré un enemigo de la familia y morirá en el acto!

Los invitados no necesitaron una segunda advertencia. En cuestión de segundos, la alta sociedad siciliana comenzó a evacuar el salón de actos en un silencio aterrorizado, apretando el paso hacia la salida principal mientras los guardias de los Salvatore abrían paso con las armas en la mano.

Dante guardó la pistola en su funda interna y se giró hacia dos de sus hombres de confianza.

—Llévense a esta basura al sótano de interrogatorios —ordenó, señalando al cuerpo semiinconsciente de Adriano—. Que no muera hasta que yo baje a encargarme personalmente de él.

—¡No! ¡Dante, por favor! —supliqué, liberándome finalmente del agarre de Enzo y dando dos pasos hacia él—. ¡Es inocente! ¡Es una equivocación! Él no significa nada para mí, ¡tienes que escucharme!

Dante se giró hacia mí con una lentitud aterradora. La furia que emanaba de su cuerpo era tan densa que el espacio entre nosotros pareció arder.

Antes de que pudiera dar otro paso, Dante cruzó la distancia que nos separaba, me agarró del brazo con una firmeza de hierro y me arrastró sin contemplaciones hacia la gran escalera central del vestíbulo.

—¡Suéltame! ¡Me estás haciendo daño! —luché contra su agarre, intentando clavar mis tacones en las escaleras de mármol, pero la fuerza de Dante era descomunal.

—Cállate —siseó entre dientes, sin volverse a mirarme mientras me subía a tirones por los dos tramos de escaleras—. Has agotado mi paciencia, Amaris. Te advertí en la camioneta lo que pasaría si intentabas jugarme sucio.

—¡No te jugué sucio! ¡Yo no sabía que él estaría aquí! —grité, sintiendo cómo las lágrimas de frustración y rabia me nublaban la vista mientras dejábamos atrás el vestíbulo y nos adentrábamos en el pasillo privado de sus habitaciones.

Dante no respondió. Llegó a la puerta doble de la suite principal, la empujó con el pie y me arrojó hacia el interior con la fuerza suficiente para hacerme tropezar. Caí de rodillas sobre la alfombra pesada del dormitorio, con la falda de seda verde desplegada a mi alrededor como una mancha de sangre marchita.

La puerta se cerró tras nosotros con un golpe seco que resonó en mis oídos como el portazo de una celda definitiva. Dante giró la llave en la cerradura, la guardó en el bolsillo de su pantalón y se desabrochó el botón del cuello de la camisa con una lentitud cargada de peligro.

Me puse de pie rápidamente, retrocediendo hacia el ventanal que daba al mar embravecido, manteniendo las manos levantadas a la altura del pecho en una postura de defensa instintiva.

La habitación era gigantesca, dominada por una cama de dos plazas de madera tallada, una chimenea de piedra donde las llamas crepitaban con fuerza y cortinas de terciopelo oscuro. La luz del fuego proyectaba sombras alargadas sobre el rostro de Dante, marcando sus rasgos duros y severos con un matiz diabólico.

—Así que ese es tu amante —comenzó a decir Dante, caminando hacia mí con pasos lentos y pesados, como un depredador acorralando a su presa en una esquina—. El cobarde que tu padre eligió para ti. El hombre por el que llorabas en tu taller.

—¡Él no es mi amante! —grité, con la voz rota por la desesperación—. ¡Nunca lo fue! Mi padre inventó toda esa historia para salvar las apariencias cuando cancelé el compromiso hace dos años. ¡Adriano no es nada para mí!

Dante se detuvo a un metro de mí. Una sonrisa cruel y carente de humor se curvó en su rostro.

—¿Crees que soy estúpido, Amaris? —preguntó en un susurro bajo y peligroso—. Vi cómo te agarraba. Vi la forma en que te miraba. Vino a mi casa, a mi fiesta de boda, creyendo que podía reclamar lo que es mío. ¿Y me pides que crea que vino por casualidad?

—¡Vino porque es un idiota arrogante! —exclamé, sintiendo que el corazón me iba a estallar en el pecho—. ¡No tengo nada que ver con él! ¡Si quieres matarlo, mátalo, pero no uses tus celos absurdos para culparme a mí de algo que no cometí!

—¿Celos? —Dante soltó una carcajada helada que me erizó la piel—. No te equivoques, signorina. No son celos. Es posesión. Es el hecho de que llevas mi apellido, duermes bajo mi techo y la gente de Sicilia debe saber que nadie toca lo que le pertenece a Dante Salvatore sin pagar con su sangre.

Dio un paso rápido hacia mí, acortando la distancia. Intenté esquivarlo hacia la derecha, pero su mano se disparó con la velocidad de un látigo, sujetándome con firmeza de la cintura y pegando mi cuerpo al suyo con una brusquedad que me sacó el aire de los pulmones.

Su mano libre subió hasta mi nuca, enredando sus dedos en mi cabello recogido y obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo fijamente. Su respiración agitada y caliente quemaba mi piel.

—Te advertí que no me desafiaras —murmuró, con la barbilla rozando mi frente—. Te advertí que cada acción tuya tendría consecuencias para lo que más quieres.

El miedo más puro y desgarrador me atravesó el alma al recordar la amenaza sobre la vida de mi hermano.

—No... Dante, por favor... —las lágrimas finalmente rodaron por mis mejillas, mojadando sus dedos—. Hazme lo que quieras a mí. Enciérrame, castígame, destruyeme si eso es lo que deseas... pero no le hagas daño a Leo. Él no tiene la culpa de nada. Él es inocente.

Dante me sostuvo la mirada durante unos segundos eternos. El fuego de la chimenea se reflejaba en sus ojos grises, revelando un conflicto interno oscuro y atormentado que intentó ocultar de inmediato. La vulnerabilidad en mis ojos y la sinceridad desgarradora de mi súplica parecieron golpear algo en su interior, haciendo que su agarre en mi cintura cediera un milímetro.

Pero la coraza de frialdad y el rencor acumulado durante años volvieron a cerrarse sobre él como una armadura impasible.

—Tu hermano vivirá... por ahora —sentenció con voz helada—. Pero tú no vas a volver a salir de esta habitación. Se acabaron los paseos por la casa, se acabaron las vistas al jardín. Te vas a quedar aquí encerrada hasta que aprendas cuál es tu lugar en mi vida.

Con un movimiento seco pero sorprendentemente controlado, me soltó. Di dos pasos hacia atrás hasta que mi espalda chocó contra la madera fría del ventanal.

Dante se giró sobre sus talones y caminó hacia la puerta. Sacó la llave del bolsillo, abrió la cerradura y se detuvo en el umbral sin volverse a mirarme.

—Esta noche voy a bajar al sótano a encargarme de tu querido Adriano —dijo, y su voz sonó tan distante como si proviniera de otro mundo—. Mañana al amanecer veremos si sigues teniendo el mismo orgullo para mirarme a los ojos.

La puerta se cerró tras él. El sonido seco del cerrojo girando dos veces en la cerradura retumbó en la habitación, dejándome sumida en una penumbra sofocante iluminada solo por las llamas agonizantes de la chimenea.

Me dejé caer de espaldas contra el cristal, deslizándome lentamente hasta quedar sentada en el suelo de madera. Abracé mis rodillas contra el pecho y escondí el rostro en los pliegues de mi vestido verde esmeralda, escuchando el rugido lejano de las olas rompiendo contra los acantilados.

Estaba prisionera en la habitación del Don. Pero mientras la oscuridad de la noche me envolvía, apreté los puños con fuerza contra la tela de mi vestido. Dante creía haber ganado esta batalla con su fuerza y sus amenazas, pero no sabía que la verdad tarde o temprano saldría a la luz. Y cuando descubriera que había estado torturando a la mujer equivocada, la culpa lo destruiría desde adentro.

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