Capítulo 6 Capítulo 6: El peso de la vida
Narrado por Amaris
La luz grisácea del amanecer filtrándose entre las pesadas cortinas de terciopelo fue el primer recordatorio de que seguía con vida. Había pasado la noche entera en el suelo del dormitorio, acurrucada junto al ventanal, escuchando el rugido incansable del mar Tirreno y el crepitar agonizante de los troncos en la chimenea hasta que se convirtieron en frías cenizas.
No había dormido ni un solo minuto. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de Dante apuntando a la cabeza de Adriano, el sonido del hueso rompiéndose y la amenaza implacable sobre la vida de mi hermano volvían a mi mente con la fuerza de una pesadilla lúcida.
El chasquido seco del cerrojo girando en la puerta rompió el silencio sofocante de la habitación a las siete en punto de la mañana.
Me puse de pie con lentitud. Todo mi cuerpo protestó con un dolor sordo; el vestido verde esmeralda estaba arrugado, la seda fría se me pegaba a la piel y mi cuello estaba rígido tras horas de inmovilidad.
La puerta se abrió por completo para dar paso a Dante.
Llevaba un traje negro impecable, sin una sola arruga, pero su rostro acusaba el cansancio de una noche en vela. Los surcos de la mandíbula estaban tensos, las sombras oscuras bajo sus ojos grises acentuaban su palidez y emanaba un olor penetrante a tabaco fuerte, café amargo y al antiséptico frío de los sótanos. Sus manos, envueltas en la penumbra del pasillo, se veían pulcras, pero el recuerdo de su promesa antes de dejarme encerrada me hizo dar un paso atrás por instinto.
—Cámbiate de ropa —ordenó. Su voz era áspera, rasposa por el humo y la falta de sueño, carente de cualquier matiz de emoción.
—¿Qué? —articulé con el hilo de voz que pude recuperar de mi garganta seca.
—Que te cambies de ropa —repetió, dando dos pasos hacia el interior para dejar sobre la mesa de entrada un conjunto de ropa limpia: un jersey de lana crema, pantalones oscuros y un abrigo largo—. Tienes diez minutos. Nos vamos.
El pánico volvió a arañarme el pecho.
—¿Adónde? Dante... ¿qué le hiciste a Adriano? ¿Qué vas a hacer conmigo?
Dante se detuvo a un metro de mí. Sus ojos grises me recorrieron desde el cabello desordenado hasta los pies descalzos sobre la alfombra. Por un segundo fugaz, una sombra de algo indescifrable cruzó por su mirada, pero desapareció tan rápido que creí haberlo imaginado.
—Tu amante está en un avión rumbo a Sudamérica con la mandíbula rota y la orden estricta de no volver a pisar suelo europeo si aprecia su vida —respondió con una frialdad matemática—. Y tú vas a subir a la camioneta en diez minutos. Si no estás lista para entonces, te llevaré tal como estás.
Sin esperar mi respuesta, dio media vuelta y salió al pasillo, dejando la puerta entornada bajo la custodia de dos guardias apostados a cada lado.
Me quedé inmóvil un segundo, procesando sus palabras. Adriano estaba vivo. Dante no lo había matado. Un suspiro de alivio involuntario escapó de mis labios, aunque sabía que la misericordia de Dante Salvatore nunca era gratuita; siempre venía acompañada de un precio más alto.
Me quité el vestido de noche con dedos temblorosos, dejando caer la seda verde sobre el suelo como la piel muerta de una pesadilla que deseaba olvidar. Me vestí rápidamente, me recogí el cabello en una coleta baja y salí al pasillo sin mirarme al espejo. Ya no importaba cómo me viera; lo único que importaba era descubrir qué nuevo castigo tenía preparado para mí.
El trayecto en la camioneta blindada fue completamente diferente al de la noche anterior. Ya no estábamos en la carretera de la costa, sino adentrándonos en el tráfico matutino de la ciudad, rodeados por el rugido de los motores y el bullicio cotidiano de la gente común que vivía sus vidas ajena a la red de horror en la que yo estaba atrapada.
Dante viajaba a mi lado en el asiento trasero. No habló. Mantuvo la vista fija en la pantalla de su teléfono móvil, revisando informes, respondiendo mensajes con toques secos de sus dedos y emitiendo órdenes ejecutivas por voz a sus capitanes en Milán. Su presencia era un bloque de hielo que congelaba el aire del habitáculo.
Después de cuarenta minutos de marcha, el vehículo redujo la velocidad y giró hacia una amplia avenida flanqueada por árboles altos. La camioneta se adentró en el recinto de un edificio moderno de cristal y piedra blanca, rodeado de jardines impecables y seguridad privada en los accesos.
Leí el rótulo de bronce en la entrada principal: Centro Médico de Especialidades Cardiovasculares St. Jude.
El corazón me dio un vuelco violento dentro del pecho. Mi respiración se volvió agitada en un segundo.
—Es... es la clínica de Leo —susurré, pegando la frente al cristal tintado de la ventanilla.
—Te dije que hoy veríamos qué tan lejos llega tu orgullo, Amaris —habló Dante a mi lado, guardando el teléfono en el bolsillo interior de su chaqueta.
La camioneta se detuvo frente a la entrada lateral de urgencias y visitas privadas. Uno de los escoltas bajó rápidamente y abrió la portezuela de mi lado.
Puse los pies sobre el asfalto, sintiendo que las piernas me temblaban como si estuvieran hechas de papel. El olor a aire limpio mezclado con el característico aroma a desinfectante de hospital me llenó los pulmones. Dante bajó por el otro lado y caminó rodando la camioneta hasta quedar justo frente a mí.
Estaba a punto de dar un paso hacia las puertas de cristal cuando la mano de Dante se disparó hacia adelante.
Su agarre alrededor de mi brazo izquierdo no fue violento, pero sí rígido como un grillete de acero fundido. Me detuvo en seco, obligándome a girarme bruscamente hacia él.
—Suéltame, Dante. Dijiste que lo vería... —supliqué, intentando zafarme.
En lugar de soltarme, Dante tiró de mi brazo con la fuerza suficiente para pegarme a su pecho, acorralándome contra el costado de la camioneta blindada. Los dos escoltas que nos acompañaban se dieron la vuelta de inmediato, dándonos la espalda para vigilar el perímetro y darnos una privacidad macabra.
—Vas a escucharme muy bien antes de poner un solo pie dentro de ese edificio —siseó Dante. Su rostro estaba a escasos centímetros del mío, y la calidez de su respiración contrastaba horriblemente con la helada amenaza que transmitían sus ojos grises.
—Déjame ver a mi hermano... —las lágrimas amenazaron con brotar de nuevo, pero las tragué con fiereza.
—Vas a entrar a esa habitación —continuó él, ignorando mi interrupción por completo, apretando los dedos alrededor de mi brazo hasta que sentí la presión a través de la tela del abrigo—. Vas a sonreír. Vas a abrazarlo y vas a decirle que estás feliz, que tu matrimonio es perfecto y que te fuiste de viaje de bodas a una villa privada. No vas a soltar ni una sola lágrima de tristeza, no vas a hacer preguntas extrañas ni vas a dejar caer la más mínima insinuación de lo que realmente ocurre en mi casa.
—Es un niño, Dante. No tiene por qué ser parte de esta crueldad —articulé con la voz quebrada por la rabia.
—Es un Rossi —corrigió él con una frialdad que me congeló la sangre en las venas—. Y la única razón por la que su corazón sigue latiendo en este instante es porque yo decido pagar las facturas de cinco mil euros diarios de esta clínica y porque los mejores cardiólogos del país están a su disposición por mi orden.
Dante inclinó la cabeza hacia mí, y su voz descendió a un murmullo gutural que resonó directamente en mi oído, helándome cada nervio del cuerpo:
—Recuerda esto muy bien, Amaris. Grábatelo a fuego en la memoria cada vez que pienses en mirarme con desprecio, cada vez que pienses en responder con insolencia o cada vez que un idiota como Vanci intente acercarse a ti. Cada respiración de tu hermano depende exclusivamente de tu comportamiento.
Hizo una pausa calculada, dejando que el peso de la amenaza se asentara en mi alma antes de rematar:
—Si juegas conmigo, si intentas pedir ayuda a los médicos o si descubro una sola mentira en tu boca... el cirujano que tiene programada su operación de cateterismo para la próxima semana dejará el bisturí sobre la mesa y saldrá de la habitación. Y tú verás en esa pantalla cómo el monitor de tu hermano se apaga lentamente sin que nadie mueva un dedo para salvarlo.
El mundo entero pareció perder su forma. Sentí que el suelo cedía bajo mis pies y que el aire se volvía veneno. Dante no solo estaba amenazando con matarlo; me estaba haciendo responsable directa de su ejecución. Me estaba convirtiendo en la guardiana y la verdugo de mi propio hermano.
—Eres un monstruo despiadado —susurré, clavando mis uñas en la tela de su chaqueta, incapaz de apartar la mirada de sus ojos desprovistos de piedad—. No hay nada de humano en ti.
—No soy un humano para ti, Amaris. Soy tu dueño —sentenció él, soltando mi brazo con la misma brusquedad con la que me había sujetado—. Ahora límpiate la cara, pon tu mejor sonrisa y camina hacia la entrada. Tienes veinte minutos con él. Ni un segundo más.
Me quedé apoyada contra la camioneta unos segundos, respirando agitadamente, tratando de recomponer los pedazos destruidos de mi alma. Ajusté el cuello de mi abrigo crema, me pasé las manos por las mejillas para asegurarme de que no quedaran rastros de lágrimas y erguí la espalda. Si tenía que actuar frente a mi hermano para salvarle la vida, me convertiría en la mejor actriz del mundo.
El ala de cuidados intensivos y recuperación cardíaca del hospital era un remanso de paz iluminado por grandes ventanales. El olor a flores frescas y la cortesía exagerada del personal médico dejaban claro que la orden de Dante Salvatore se cumplía a rajatabla. Para ellos, yo no era una víctima; era la esposa del poderoso benefactor que había financiado la planta entera.
Cuando la enfermera abrió la puerta de la habitación 402, el sonido rítmico y pausado del monitor de signos vitales llenó el ambiente: bip... bip... bip...
En la cama, rodeado de almohadas blancas y conectado a una vía intravenosa suave, estaba Leonardo.
Tenía diecisiete años, pero su delgadez y la palidez de su piel lo hacían parecer más joven. Sin embargo, sus ojos oscuros, idénticos a los míos, brillaron con una luz pura e intensa en cuanto me vio cruzar el umbral.
—¡Amaris! —exclamó, intentando incorporarse en la cama con una sonrisa radiante.
El dolor que sentí en el pecho fue más agudo que cualquier amenaza de Dante, pero tragué el veneno, compuse la sonrisa más cálida de mi vida y corrí hacia él, rodeándolo con mis brazos con un cuidado infinito para no lastimar sus cables.
—Leo... mi amor —murmuré contra su cabello castaño, respirando su olor a jabón neutro y colonia infantil—. Dios mío, mírate... estás mucho mejor.
—¡Estoy de maravilla! —dijo él, separándose un poco para mirarme a la cara—. Las enfermeras dicen que el nuevo tratamiento está funcionando increíble. Y los doctores... Amaris, ¡vinieron especialistas de Milán ayer por la tarde! Dijeron que mi corazón se está fortaleciendo y que la cirugía de la próxima semana tiene un noventa por ciento de probabilidad de éxito.
—Lo sé, mi amor... lo sé —sonreí, sintiendo que las lágrimas luchaban por salir, pero apreté los dientes para mantener la fachada—. Te dije que todo saldría bien.
Leo me examinó detenidamente, frunciendo el entrecejo por un segundo mientras tomaba mis manos entre las suyas, que se sentían un poco frías.
—Te ves un poco cansada, Amari... Y... ¿por qué te casaste tan rápido? Cuando papá me dijo que habías aceptado la propuesta de los Salvatore y que te habías ido a la costa... no lo entendí. Tú odias todo lo que tenga que ver con los negocios de papá.
Sentí una punzada helada en la nuca. Alcé la mirada sutilmente hacia la esquina superior de la habitación. Allí, junto a la puerta entornada, estaba apostado uno de los hombres de Dante, escuchando cada palabra. Y sabía que Dante, desde la camioneta o desde algún monitor externo, estaba atento a cada frase que salía de mi boca.
Apreté las manos de mi hermano con dulzura y dejé escapar una risita suave que me quemó la garganta.
—A veces la vida cambia de golpe, Leo —mentí, mirando a mi hermano a los ojos con toda la falsa ilusión que pude reunir—. Dante... Dante es un hombre muy diferente a lo que papá siempre decía. Nos conocimos hace un tiempo y... las cosas se dieron así. Él quiso asegurarse de que estuvieras en la mejor clínica del país antes de cualquier otra cosa. Todo lo que está haciendo por tu salud es gracias a él.
Las palabras sabían a ceniza en mi boca. Alabar al hombre que me mantenía secuestrada y que amenazaba con matar al muchacho que tenía enfrente era la tortura más perversa que jamás había experimentado.
La cara de Leo se iluminó con una mezcla de sorpresa y alivio inocente.
—¿De verdad? —preguntó con los ojos bien abiertos—. ¿Es un buen hombre?
—Es... un hombre de palabra —respondí, midiendo cada sílaba—. Cumple todo lo que promete. Absolutamente todo.
—Me alegro tanto por ti, Amari —dijo Leo, abrazándome de nuevo por el cuello—. Tenía tanto miedo de que papá te estuviera obligando a hacer algo que no querías... Sabes cómo es él. Pero si estás feliz y si él te cuida... entonces yo estoy tranquilo.
—Estoy bien, mi vida. Lo único que me importa es que te recuperes, que salgas de esta cama y que vuelvas a pintar conmigo en el taller. ¿Me lo prometes?
—Te lo prometo —sonrió él con la pureza de quien no conoce la podredumbre del mundo.
Los veinte minutos transcurrieron como un suspiro doloroso. Hablamos de cosas triviales: de los libros que estaba leyendo, de la comida del hospital que según él no tenía sal, y de sus ganas de volver a ver el mar. Cada risa suya era un bálsamo y un puñal al mismo tiempo.
Cuando la enfermera tocó la puerta para anunciar que el tiempo de visita había terminado debido a su horario de medicación, sentí que me arrancaban el corazón del pecho.
Besé la frente de Leo mil veces, le acomodé las cobijas y le prometí que volvería muy pronto.
—Dile a Dante que gracias... por cuidar de ti y por ayudarme a mí —dijo Leo desde la cama mientras me alejaba hacia la puerta.
Tragué saliva, sintiendo un nudo sofocante en la garganta.
—Se lo diré, Leo. Descansa.
Caminé por los pasillos del hospital con la cabeza en alto, el rostro impasible y los puños apretados dentro de los bolsillos del abrigo. Cuando crucé las puertas de cristal de la entrada lateral, la camioneta negra me esperaba con el motor en marcha en el mismo lugar.
El escolta me abrió la portezuela. Subí en silencio y me acomodé en mi asiento.
Dante estaba en el mismo lugar, recostado contra el respaldo de cuero, observándome con los ojos entrecerrados. La puerta se cerró, aislándonos de nuevo del resto del mundo, y el vehículo se puso en marcha hacia la finca de la costa.
El silencio entre nosotros duró varios kilómetros. El dolor de haber dejado a Leo y la tensión de la farsa me tenían exhausta, pero me negué a mostrar debilidad frente a él.
—Lo hiciste bien —habló Dante de pronto. Su voz era neutra, pero había un tono de comprobación en sus palabras—. Cumpliste tu parte.
Giré lentamente la cabeza hacia él. Mi mirada ya no tenía pánico; estaba llena de una frialdad absoluta, congelada por la crueldad de la que acababa de ser testigo y partícipe.
—No lo hice por ti —dije, y mi voz sonó tan distante que pareció no pertenecerme—. Lo hice por él. Y lo volveré a hacer las veces que sea necesario para mantenerlo con vida. Pero no te equivoques, Dante. No pienses ni por un segundo que me has quebrado.
Dante arqueó una ceja, impresionado por la firmeza de mi tono a pesar de la experiencia por la que acababa de pasar.
—Ya veremos qué tan lejos llega tu resistencia, Amaris —respondió, inclinándose ligeramente hacia mi lado—. Pero mientras recuerdes la lección de hoy, mientras tengas bien presente que la vida de tu hermano depende del hilo que yo sostengo en mi mano... mantendrás esa boca cerrada y harás exactamente lo que yo te diga.
—Lo recordaré —asentí despacio, clavando mis ojos en los suyos sin pestañear—. Recordaré cada amenaza, cada chantaje y cada palabra que usaste hoy. Y te prometo una cosa, Don Salvatore: el día que mi hermano esté sano y fuera del alcance de tus garras... vas a tener que cuidarte la espalda. Porque dedicaré cada día que me quede de vida a hacerte pagar por esto.
Dante me sostuvo la mirada durante unos segundos eternos. Una chispa de algo oscuro y peligroso volvió a encenderse en el fondo de sus ojos grises, pero esta vez no había burla en sus rasgos. Había un reconocimiento silencioso de que no estaba tratando con una víctima sumisa, sino con una mujer que, aunque encadenada, jamás se rendiría.
—Espero que lo intentes, esposa —susurró él, volviendo a mirar hacia la ventana mientras la camioneta avanzaba hacia nuestra prisión de piedra junto al mar—. Porque un enemigo sin garras es aburrido... y tú estás empezando a ponerte interesante.
