Capítulo 10 La Cena de las Máscaras

Sara guardaba el secreto de Marta Soler como una granada con el seguro a medio quitar. Sabía que uno de los dos hombres que decían ser hermanos era un impostor en su propio linaje, y la invitación a cenar en la mansión Smith era el escenario perfecto para ver quién de los dos sangraba primero ante la duda.

Llegó a la mansión del brazo de Pedro. Él lucía orgulloso, creyendo que esta cena era un gesto de paz de sus padres tras la pelea. Sara, en cambio, vestía un traje de un rojo sangre que gritaba desafío.

El Banquete de la Hipocresía

La mesa estaba servida con una opulencia que a Sara le revolvía el estómago. Octavio Sr. presidía la mesa con su habitual aire de superioridad, mientras Soledad mantenía una postura rígida, con los ojos fijos en sus cubiertos de plata. Octavio Jr. estaba sentado frente a Sara, con el moretón de la pelea aún visible, evitándole la mirada.

—Espero que esta cena sirva para dejar atrás los malentendidos —dijo Octavio Sr., elevando su copa—. La familia debe estar unida, especialmente ahora que se acercan dos bodas.

—La unión es fundamental —replicó Sara, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Aunque a veces, lo que mantiene unida a una familia no es el amor, sino los secretos que se ocultan bajo la alfombra, ¿no cree, señora Soledad?

Soledad levantó la vista, sus ojos endureciéndose. —En esta familia no hay secretos, Sara. Solo hay lealtad.

—Qué curioso —continuó Sara, cortando su carne con una precisión quirúrgica—. Estaba leyendo sobre la historia de las grandes dinastías y es increíble cómo la infidelidad puede destruir imperios. A veces, un hijo crece creyendo que lleva una sangre que no le pertenece, todo por salvar las apariencias de una madre desesperada. Es... trágico, ¿verdad?

El Veneno de las Indirectas

El silencio que cayó sobre la mesa fue tan pesado que el tintineo de una copa de cristal al chocar con el plato sonó como un disparo. Octavio Jr. se tensó, mientras Pedro miraba a Sara con confusión.

—¿A qué viene ese comentario, Sara? —preguntó Pedro, intentando suavizar el ambiente.

—Oh, solo pensaba en lo difícil que debe ser para una mujer cargar con una mentira así durante décadas —dijo Sara, mirando fijamente a Soledad—. Imagina, Soledad, vivir con el miedo constante de que alguien del pasado aparezca. Una enfermera, un viejo amante... alguien que sepa que el heredero que todos admiran no es más que un bastardo en su propia casa.

Soledad palideció de tal manera que sus labios parecieron desaparecer. Dejó caer el tenedor, que resonó estridentemente contra la porcelana.

—¡Ya basta! —gritó Soledad, poniéndose de pie con una furia contenida—. No voy a permitir que una advenediza venga a mi mesa a lanzar calumnias y faltas de respeto disfrazadas de anécdotas. ¡Eres una insolente!

—¿Por qué se altera tanto, suegra? —preguntó Sara con una calma aterradora—. Si su conciencia está limpia, mis palabras no deberían molestarle. A menos que... la verdad le esté quemando la garganta.

El Estallido

—¡Fuera de mi casa! —rugió Soledad, señalando la puerta con el dedo temblando de rabia—. ¡Pedro, saca a esta mujer de aquí ahora mismo!

—¡Mamá, cálmate! —intervino Pedro, levantándose también—. Sara no ha dicho nombres, solo estaba comentando algo...

—¡Ella sabe perfectamente lo que está haciendo! —chilló Soledad, perdiendo la compostura por completo—. ¡Es una víbora que busca envenenarnos!

—¡CÁLLATE, SOLEDAD! —la voz de Octavio Sr. tronó en el comedor, haciendo que todos se congelaran. El patriarca miró a su esposa con una mezcla de sospecha y advertencia—. Siéntate. Estás haciendo un espectáculo por nada. Si dejas que una simple charla te ponga así, le das la razón a quien quiera pensar mal de ti.

Soledad miró a su esposo con terror. En ese breve intercambio, Sara lo entendió todo: Octavio Sr. sospechaba de la infidelidad desde hacía años, pero lo había callado por el bien de la constructora.

Sara se puso de pie con elegancia, limpiándose los labios con la servilleta de seda. Había cumplido su objetivo: la paz de Soledad estaba hecha trizas y la semilla de la duda ahora crecía en los ojos de Octavio Sr.

—Creo que el ambiente se ha vuelto un poco... indigesto —dijo Sara con dulzura—. Pedro, te espero en el auto. Buenas noches a todos. Fue una cena... reveladora.

Sara salió de la mansión con paso firme. Había arruinado la noche de Soledad, pero lo más importante era que había confirmado que el secreto era real. Ahora solo faltaba descubrir quién era el hijo que no llevaba la sangre Smith: ¿El hijo dorado y cobarde, Octavio Jr.? ¿O el hijo rebelde y protector, Pedro?

Capítulo anterior
Siguiente capítulo