Capítulo 11 La Costurera del Destino

El trayecto de regreso desde la mansión fue tenso. Pedro conducía con la vista fija en la carretera, rompiendo el silencio solo cuando estuvieron frente al edificio de Sara.

—Sara, no entiendo nada de lo que pasó allá atrás —dijo Pedro, soltando un suspiro cargado de frustración—. ¿Indirectas sobre infidelidades? ¿Bastardos? Parecía que estabas leyendo el guion de una tragedia griega solo para ver a mi madre arder.

Sara lo miró de reojo. Por un segundo, la frialdad de sus ojos se suavizó al ver la confusión honesta en el rostro del hombre que la trataba como a una reina.

—Eres muy inocente todavía, Pedro. Hay verdades que son como raíces bajo la tierra; no las ves, pero sostienen todo el árbol —respondió ella, acariciándole la mejilla—. Solo espero no hacerte daño con mis cosas. Eres demasiado bueno conmigo y, de verdad, no mereces sufrir.

—La verdad es que cada día te entiendo menos —confesó Pedro, tomando su mano y besándola—, pero igual te amo. No importa qué sombras traigas, yo quiero ser tu luz.

Sara subió a su departamento y, al cerrar la puerta, se apoyó contra ella. La calidez de Pedro era un veneno para su determinación. Se dejó caer de rodillas y susurró hacia el techo:

—Señor, perdóname... porque Pedro es quien tiene que pagar las consecuencias de sus padres y de mi venganza. Pero es la única manera de que esos miserables paguen por lo que me quitaron. No puedo detenerme ahora.

Un Encargo del Infierno

Al día siguiente, Sara llegó a su atelier de modas, intentando concentrarse en el trabajo. Sin embargo, la paz duró poco. La puerta principal se abrió y, entre el aroma de perfumes caros y el sonido de tacones autoritarios, entró Eloísa, la prometida de Octavio Jr.

—Sara, qué gusto verte en tu elemento —dijo Eloísa con una sonrisa falsa que escondía un desafío—. He decidido que no hay nadie mejor que "la futura esposa de mi cuñado" para diseñar el vestido más importante de mi vida. Quiero que tú hagas mi vestido de novia.

Sara sintió que la sangre le hervía. La idea de coser el vestido de la mujer que se casaría con el hombre que la destruyó era una humillación que no estaba dispuesta a aceptar.

—Me niego, Eloísa. Mi agenda está llena y no creo que nuestras visiones estéticas coincidan —respondió Sara tajantemente.

Pero antes de que pudiera decir más, su socia y colega, quien manejaba las finanzas del atelier, intervino tras ver el cheque en blanco que Eloísa había puesto sobre el mostrador.

—Sara, no podemos decir que no. La cifra que ofrece cubre los gastos de la próxima colección entera. Es una oportunidad de oro para la empresa.

Sara apretó los puños. Estaba atrapada. Tendría que tomar las medidas, elegir las telas y estar presente en cada prueba de la mujer que ocuparía el lugar que una vez ella soñó al lado de Octavio. Era una tortura lenta, pero también una oportunidad para estar cerca del enemigo.

La Llamada de las Sombras

Mientras Sara intentaba digerir la noticia en su oficina, su teléfono privado —el que solo Lucía conocía— comenzó a vibrar. Pero no era Lucía. Era un número oculto.

—¿Diga? —respondió Sara con cautela.

—No eres la única que quiere ver caer a los Smith, Sara Uribe —dijo una voz masculina, distorsionada y profunda—. Crees que el secreto de Soledad es el único. Pero deberías preguntarte por qué Octavio Sr. nunca permitió que se le hiciera una autopsia real a tu bebé.

Sara sintió que el mundo se detenía. —¡¿Quién eres?! ¡¿Cómo sabes eso?!

—Busca en los archivos de la morgue de la clínica San Judas, no en el hospital donde estuviste. Hay un registro de un "fallecimiento fetal" registrado tres días antes de tu accidente. Los Smith no solo ocultaron la muerte de tu hijo... usaron un cuerpo que ya estaba muerto para fingir que era el tuyo.

La llamada se cortó. Sara se quedó helada. Si el bebé que le mostraron no era el suyo, y hubo un intercambio de cuerpos... ¿qué pasó realmente en esa sala de parto?

Antes de que pudiera procesar la llamada, la puerta de su oficina se abrió de golpe. Era Octavio Jr. Entró luciendo desaliñado, cerrando la puerta con seguro tras de él.

—¡Tienes que dejar de hablar con mi madre! —le gritó, acercándose a su escritorio—. Desde la cena de anoche, mi padre no deja de hacer preguntas sobre el pasado. Ha pedido los registros de nacimiento míos y de Pedro. ¡Estás destruyendo mi herencia, Sara!

—Tu herencia se destruyó el día que naciste en una cama de mentiras, Octavio —replicó ella, poniéndose de pie—. Ahora sal de aquí antes de que llame a Pedro.

—¡Pedro no te va a salvar de lo que mi padre es capaz de hacer si descubre que no somos sus hijos! —rugió Octavio—. Si él cae, nos arrastra a todos. Incluyéndote a ti.

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