Capítulo 2 El Veneno de la Matriarca
Al salir de la constructora, el ambiente seguía cargado. Pedro acompañó a Sara hasta su coche, disculpándose una y otra vez por el espectáculo de su hermano.
—No dejes que Octavio te intimide, Sara. Está desesperado porque sabe que los tiempos de su reinado absoluto terminaron —le dijo Pedro, dándole un beso en la frente antes de que ella partiera hacia su estudio de modas.
Sara asintió con una dulzura fingida, pero en cuanto cerró la puerta del auto, su expresión se tornó gélida. Había visto el miedo en los ojos de Octavio Jr. y eso era combustible para su alma. Mientras conducía, Pedro recibió una notificación en su teléfono. Era un mensaje de su madre: "Ven a la mansión de inmediato. No es una petición, es una orden".
La Confrontación en el Santuario de Hielo
Pedro llegó a la mansión Smith una hora después. Encontró a Soledad en el jardín de invierno, rodeada de orquídeas blancas que parecían tan artificiales y frías como ella. Sobre la mesa de cristal, descansaba una carpeta de cuero marrón.
—Siéntate, Pedro —dijo Soledad, sin levantar la vista de su té—. Tenemos que hablar de esa... mujer que traes del brazo.
—Madre, si es por lo que pasó en la oficina, Octavio empezó la pelea —replicó Pedro, manteniéndose en pie.
—No me importa la oficina ahora. Me importa tu cama y el apellido que pretendes compartir —Soledad deslizó la carpeta hacia él—. Me tomé el atrevimiento de hacer lo que tú, cegado por la lujuria, no hiciste: investigarla.
Pedro abrió la carpeta. Había fotos de Sara en eventos internacionales, recortes de prensa de su ascenso como diseñadora, pero al final, había una ficha vieja, amarillenta. Una foto de una adolescente con el rostro lleno de sueños y uniforme de becada.
—¿Qué es esto? —preguntó Pedro, sintiendo un nudo en el estómago.
—Es la verdad que ella te oculta —escupió Soledad, levantándose con elegancia asesina—. Esa "brillante diseñadora" no es más que una muerta de hambre que ya intentó infectar esta familia hace quince años. Tuvo un amorío vulgar con tu hermano. Un error de juventud que nosotros tuvimos que limpiar.
—¿De qué estás hablando? —Pedro retrocedió, aturdido.
—Hablo de que esa mujer es basura, Pedro. En su momento, fue un problema que decidimos desaparecer. Le pagamos para que se largara y nunca volviera, porque su presencia era una mancha que Octavio no podía permitirse. Y ahora vuelve, camuflada bajo sedas caras, para usarte como un trofeo y vengarse de nosotros. Tienes que terminar con ella hoy mismo.
La Ruptura del Vínculo
Pedro soltó la carpeta, los papeles volaron por el suelo de mármol. La furia empezó a ganarle al asombro.
—¡Ustedes son unos monstruos! —rugió Pedro—. Si Sara tuvo algo con Octavio en el pasado, ¿qué importa? Eso fue hace una vida. Si ella regresó es porque el destino nos unió, no por sus estúpidos delirios de conspiración.
—¡No seas idiota! —Soledad le dio una bofetada que resonó en todo el jardín. El silencio que siguió fue sepulcral—. Ella no te ama. Te está usando para llegar a lo que Octavio no le dio. ¿Crees que es coincidencia que aparezca justo cuando tu padre va a heredar la empresa? Ella es un virus, y si no la cortas de tu vida, yo misma me encargaré de que su "exitosa carrera" se convierta en cenizas antes del amanecer.
Pedro se tocó la mejilla, su mirada llena de un odio que Soledad nunca había visto en su hijo menor.
—Inténtalo, madre —siseó Pedro con la voz temblando de rabia—. Toca un solo hilo de su carrera o de su vida, y te juro que seré yo quien entregue cada secreto sucio de esta familia a la prensa. Sara se queda conmigo. Y si eso significa que esta familia se rompa, que así sea.
Pedro salió del jardín sin mirar atrás, dejando a Soledad temblando de ira. La matriarca tomó su teléfono y marcó un número privado.
—Octavio... —dijo cuando su esposo atendió—. El problema ha vuelto a mutar. Pedro se ha rebelado. Es hora de usar medidas más... definitivas.
La Confrontación de los Herederos
Pedro no se detuvo ante nada. El chirrido de sus neumáticos sobre el pavimento de la mansión fue la banda sonora de su furia. Manejó como un loco hasta el departamento de Octavio Jr., el lugar donde su hermano se refugiaba en su propia soberbia.
Sin tocar el timbre, Pedro usó su llave de emergencia y entró como un huracán. Encontró a Octavio sirviéndose un trago, aún vestido con el traje de la oficina, luciendo como un hombre que cargaba el peso del mundo.
—¡Dime que es mentira! —rugió Pedro, lanzando la carpeta con las fotos viejas de Sara sobre la barra de mármol.
Octavio Jr. no saltó. Solo cerró los ojos un segundo, apretando el vaso de whisky. Sabía que este momento llegaría, pero no esperaba que su madre fuera quien soltara la bomba tan pronto.
—¿Es verdad, Octavio? —continuó Pedro, acercándose hasta quedar a centímetros de su rostro—. ¿Tuviste algo con Sara? ¿Ella es la "muerta de hambre" de la que mamá habla con tanto asco?
Octavio Jr. dejó el vaso y finalmente lo miró. Sus ojos reflejaban una mezcla de envidia y una culpa que intentaba enterrar.
—Fue hace quince años, Pedro. Éramos unos niños —respondió Octavio con una voz fingidamente despreocupada—. Ella era una becada, una distracción. Nada serio.
—¡No me mientas! —Pedro lo tomó por las solapas del saco, sacudiéndolo—. Mamá dice que ustedes la "desaparecieron". Dice que le pagaron para que se fuera porque estaba embarazada. ¿Tuviste un hijo con ella y lo compraste con un cheque?
La mención del bebé hizo que la máscara de Octavio Jr. se rompiera. Su rostro se desfiguró por una mueca de dolor y rabia. Empujó a Pedro con fuerza, alejándolo.
—¡Yo no compré nada! —gritó Octavio—. Mis padres me dijeron que ella aceptó el dinero y se largó. Me dijeron que el bebé… que el bebé nunca nació porque ella no lo quería. ¡Me juraron que ella solo buscaba nuestro apellido y que al final prefirió los millones!
Pedro soltó una carcajada amarga, llena de veneno.
—¿Y tú les creíste? ¿Conociste a Sara y de verdad creíste que ella era así? —Pedro lo señaló con el dedo, temblando—. Eres un cobarde, Octavio. La dejaste sola cuando más te necesitaba y ahora, porque ella volvió convertida en una mujer poderosa que tú no puedes controlar, quieres convencerte de que es una interesada.
—¡Ella te está usando! —escupió Octavio Jr., tratando de recuperar su postura—. ¿No te das cuenta? No volvió por ti, Pedro. Volvió para entrar a esta casa. Volvió para hacerme pagar a mí. Cada vez que la besas, ella está pensando en cómo me va a destruir. ¡Estás durmiendo con el enemigo!
—No, Octavio. Estoy durmiendo con la mujer que tú no fuiste suficientemente hombre para proteger —sentenció Pedro con una frialdad que heló la sangre de su hermano—. Y te juro una cosa: si intentas tocarla, o si permites que mamá le haga algo, me voy a encargar de que no te quede ni un solo ladrillo de esa constructora que tanto amas.
Pedro salió del departamento dando un portazo que hizo vibrar las paredes. Octavio Jr. se quedó solo, rodeado de un lujo que de repente se sentía como una prisión. Tomó el vaso de whisky y lo lanzó contra la pared, viendo cómo el cristal se deshacía en mil pedazos, exactamente como se sentía su vida en ese instante.
