Capítulo 3 Sombras sobre el Cristal
El rugido del motor del deportivo de Pedro era el único sonido que rasgaba el silencio de la noche. Sus manos, apretadas contra el volante, estaban blancas por la presión. La imagen de su madre, Soledad, escupiendo veneno sobre Sara, y la confesión cobarde de su hermano Octavio, daban vueltas en su cabeza como un huracán de fuego.
Pedro no podía respirar. Se detuvo en un semáforo en rojo y, con el pulso acelerado, tomó su teléfono. Sus dedos temblaban mientras buscaba el contacto de la única persona que, según él, le daba paz.
—Sara… necesito verte. Ahora —dijo Pedro en cuanto ella atendió. Su voz no era la de siempre; estaba rota, cargada de una urgencia que hizo que Sara se enderezara en su asiento al otro lado de la línea.
—Pedro, ¿qué pasa? Estás… te escuchas mal —respondió Sara con una calma profesional, aunque por dentro, una chispa de triunfo se encendió. Ya sucedió, pensó ella. La serpiente soltó su veneno.
—Estoy yendo para tu apartamento. No me hagas preguntas ahora, solo… por favor, espérame.
La Espera de la Depredadora
Sara colgó el teléfono y caminó hacia el ventanal de su lujoso apartamento. Se sirvió una copa de vino tinto, observando su reflejo en el cristal. Sabía perfectamente lo que venía. Conocía a Soledad mejor que nadie; sabía que la matriarca no se quedaría de brazos cruzados después de verla en la gala.
"Me investigaron", susurró Sara para sí misma con una sonrisa amarga. "Creen que han encontrado mi debilidad, sin saber que mi debilidad murió en ese hospital hace quince años".
Se deshizo de sus joyas caras y se soltó el cabello, buscando una apariencia más vulnerable, más "humana". Cuando escuchó el golpe frenético en su puerta, respiró hondo y compuso el rostro de la mujer preocupada.
El Consuelo Maldito
Al abrir la puerta, Pedro casi se desploma sobre ella. Entró al apartamento como un hombre que acababa de escapar de un naufragio. Sus ojos estaban rojos, inyectados en sangre y lágrimas contenidas.
—¿Qué pasó, Pedro? Me estás asustando —dijo Sara, rodeándolo con sus brazos. El aroma de su perfume caro envolvió a Pedro, quien escondió el rostro en su cuello, buscando un refugio que, irónicamente, era su mayor peligro.
—Mi madre… ella es un monstruo, Sara —balbuceó Pedro mientras ella lo guiaba hacia el sofá—. Me citó en la mansión. Se atrevió a investigarte. Sacó fotos tuyas de la secundaria, documentos…
Sara se tensó fingidamente, apartándose un poco para mirarlo a los ojos con fingido horror.
—¿Investigarme? ¿Por qué harían algo así?
—Porque sabe lo de Octavio —soltó Pedro de golpe, y el silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar con un cuchillo—. Me dijo que tuviste un romance con él. Me dijo cosas horribles, Sara. Dijo que te pagaron para que te fueras, que eras una interesada… fui a ver a Octavio y el muy cobarde lo confirmó. Dijo que fuiste "un error de juventud".
Sara bajó la mirada, dejando que una lágrima solitaria rodara por su mejilla. Un gesto magistral de actuación.
—¿Y tú les crees, Pedro? ¿Crees que soy esa mujer que ellos describen?
—¡Claro que no! —Pedro le tomó el rostro con ambas manos, desesperado—. Vi cómo Octavio te miraba en la gala. Vi el miedo en sus ojos. Él sabe que te perdió porque no fue hombre suficiente para defenderte de mis padres. Pero yo no soy como él, Sara. No me importa lo que pasó hace quince años. No me importa si amaste a mi hermano. Lo que me duele es que ellos crean que pueden comprar a las personas, que pueden decidir quién entra en esta familia.
Sara sollozó, ocultando su rostro en el pecho de Pedro. No era un llanto de tristeza, sino de satisfacción. El escudo humano que había construido estaba funcionando perfectamente.
—Me quieren destruir, Pedro —susurró Sara con voz quebrada—. Tu madre no va a parar hasta que me veas como un monstruo. Quizás lo mejor sea que me vaya… no quiero causarte problemas con tu familia.
—¡Ni se te ocurra decir eso! —rugió Pedro, abrazándola con una fuerza posesiva—. Nadie te va a tocar. Mañana mismo voy a la constructora y voy a exigir mi lugar. Si ellos quieren guerra, la van a tener. Te voy a proteger de mi madre, de mi hermano y de quien sea. Eres mi prometida, Sara. Y esta vez, un Smith no va a dejar que te vayas.
Sara sonrió contra su hombro, una sonrisa que Pedro no pudo ver.
—Gracias, Pedro. Eres el único hombre bueno en esa familia.
Mientras lo consolaba, Sara miraba hacia la ciudad. El primer muro de los Smith había caído: Pedro ya no era leal a su sangre, sino a ella. Ahora, el enfrentamiento entre los hermanos por el mando de la empresa sería el escenario perfecto para ejecutar la fase dos de su plan: el robo de los archivos financieros.
