Capítulo 4 El Anillo de Espinas
El silencio en el apartamento de Sara era denso, interrumpido solo por la respiración agitada de Pedro, quien la sostenía como si ella fuera el único salvavidas en medio de su tormento familiar. Sara mantenía la mirada perdida en la ciudad, sintiendo el calor del cuerpo de Pedro y experimentando una náusea interna que lograba camuflar con una caricia suave en el cabello del hombre.
—No voy a permitir que nos sigan pisoteando, Sara —dijo Pedro de repente, apartándose apenas para mirarla con una determinación que rayaba en la locura—. Mi madre cree que puede asustarte, y mi hermano cree que eres su pasado. Les voy a demostrar que eres mi presente y mi futuro.
Sara frunció el ceño, detectando un cambio de tono en su voz.
—¿A qué te refieres, Pedro?
—Mañana mismo —sentenció él, tomando sus manos—. Haré una celebración en la mansión. No será una simple cena; será la oficialización de nuestro compromiso. Quiero que anunciemos nuestra boda para el próximo mes. Quiero que todo el mundo sepa que te casarás conmigo, que serás una Smith ante la ley, y que nadie tiene poder sobre ti.
El corazón de Sara dio un vuelco, pero no de amor, sino de pánico estratégico. Casarse. Ser una Smith. El plan original era infiltrarse, obtener las pruebas y destruir el imperio, no atarse de por vida al hermano del hombre que odiaba.
—Pedro… ¿no crees que es muy pronto? —preguntó ella, fingiendo timidez—. Después de lo que pasó hoy, tu familia estará furiosa.
—¡Que se mueran de furia! —rugió Pedro—. Precisamente por eso hay que hacerlo. Es la única forma de que mi padre entienda que no voy a dar marcha atrás en la constructora ni en mi vida privada. ¿Aceptas, Sara? Por favor, dime que me ayudarás a darles este golpe.
Sara guardó silencio. Por un segundo, la imagen de su bebé perdido cruzó su mente, recordándole por qué estaba allí. Si aceptaba, tendría acceso total a las cuentas bancarias de la familia, a las cajas fuertes de la mansión y a la confianza absoluta de Pedro. La venganza exigía un sacrificio, y ese sacrificio era su propia libertad.
—Acepto, Pedro —respondió con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Si es la única forma de estar juntos y enfrentar a quienes nos quieren separar, lo haré.
—Perfecto —dijo él, visiblemente aliviado—. Mañana mismo te haré llegar un vestido. Quiero algo que grite elegancia, algo que deje a Eloísa y a mi madre en la sombra. Prepárate, mi reina, porque mañana entramos a ese campo de batalla a ganar.
Jugando con Fuego
En cuanto Pedro se marchó, la máscara de Sara se desmoronó. Se dejó caer en el sofá, sintiendo que las paredes del apartamento se cerraban sobre ella. Necesitaba una voz de realidad. Tomó su teléfono y marcó a la única persona que conocía su verdadera identidad y su oscuro propósito: Lucía, su mejor amiga desde los tiempos de la tragedia.
—Se volvió loco, Lucía —soltó Sara en cuanto escuchó la voz de su amiga—. Pedro quiere oficializar el compromiso mañana mismo. Quiere que nos casemos en un mes.
—¡¿Qué?! —la voz de Lucía sonó alarmada—. Sara, esto se está saliendo de control. Tu plan era entrar, buscar los libros contables y salir de ahí antes de que se dieran cuenta. Si te casas, legalmente estarás atada a esa familia de asesinos.
—Lo sé —dijo Sara, caminando de un lado a otro mientras se servía otra copa de vino—. Pero piensa en el acceso que tendré. Como esposa de Pedro, podré entrar al despacho de Octavio Sr. sin levantar sospechas. Podré destruir a Soledad desde su propia mesa.
—O ellos te destruirán a ti primero —advirtió Lucía con tono grave—. Sara, te escucho hablar y ya no sé si eres tú o si el odio te ha borrado el juicio. Pedro parece un buen hombre, a diferencia de su hermano. ¿De verdad vas a destruirle la vida a él también? ¿Vas a pararte en un altar y mentir frente a Dios solo por una venganza de hace quince años?
—¡No es solo una venganza, Lucía! —gritó Sara, con la voz quebrada por la rabia—. Es justicia por mi hijo. Es justicia por los golpes que me dieron y por la vida que me robaron. Pedro es un Smith, lleva esa sangre maldita. Es un daño colateral necesario.
Hubo un largo silencio en la línea.
—Sara… escúchame bien. Te quiero como a una hermana, pero tengo miedo por ti. Estás caminando sobre brasas ardientes y crees que no te vas a quemar porque tienes el corazón de hielo. Pero el fuego de esa familia es real. Si te casas con él sin amarlo, te vas a convertir en lo mismo que ellos: una mujer fría que usa a las personas como piezas de ajedrez. Ten cuidado, amiga, porque quien juega con fuego, tarde o temprano, termina hecho cenizas.
Sara colgó sin responder. Se quedó mirando el vestido negro que Pedro le había mencionado, imaginando la escena de mañana. Vería la cara de derrota de Soledad y la desesperación de Octavio Jr. al verla unirse a su hermano.
Esa noche, Sara no durmió. En sus sueños, el fuego de la mansión Smith lo consumía todo, y ella estaba en el centro de las llamas, vestida de novia, riendo mientras el imperio se convertía en polvo.
