Capítulo 5 El Brindis de la Infamia

La mañana comenzó con un golpe seco en la puerta. Un mensajero entregó una caja de terciopelo azul con el sello de una de las casas de moda más exclusivas. Dentro, envuelto en papel de seda, descansaba un vestido de seda color marfil, con un escote que dejaba al descubierto sus hombros y una caída que parecía esculpida sobre su cuerpo. Junto a él, una nota de Pedro: "Para mi futura esposa. Hoy el mundo sabrá que eres mía".

Sara acarició la tela con desprecio. Para cualquier otra mujer, sería un sueño; para ella, era el uniforme de batalla. Se preparó con una calma gélida, maquillando sus ojos para que parecieran dos dagas de obsidiana. Mientras se miraba al espejo, se colocó el collar de diamantes, recordando que cada brillo era una deuda que los Smith pagarían con creces.

El Nido de Víboras

La mansión Smith resplandecía bajo las luces de cristal. Pedro había organizado una recepción "íntima" que incluía a los socios más poderosos de la constructora. El mensaje era claro: no era solo un compromiso, era una declaración de guerra interna por el poder de la empresa.

Cuando Sara bajó las escaleras del brazo de Pedro, el salón quedó en un silencio sepulcral. Octavio Jr., al verla, apretó su copa de champán con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron. Eloísa, a su lado, sintió una punzada de envidia que no pudo ocultar. Pero la mirada que más quemaba era la de Soledad, quien observaba desde lo alto como una reina que ve a un bárbaro saquear su palacio.

El Duelo de Reinas

Aprovechando que Pedro fue llamado por su padre para saludar a unos inversores, Sara se dirigió al jardín de invierno. Sabía que ella la seguiría. Y no se equivocó. A los pocos segundos, el sonido de los tacones de Soledad resonó contra el mármol.

—Tienes mucha audacia al usar ese color, Sara —dijo Soledad, su voz cargada de un veneno letal—. El blanco es para la pureza, y tú y yo sabemos que lo único que hay en ti es mugre y ambición.

Sara no se dio la vuelta de inmediato. Observó una rosa blanca y, con una lentitud exasperante, le arrancó un pétalo.

—La pureza es un concepto para los débiles, Soledad. Yo prefiero el poder. El mismo que usted usó para intentar destruirme hace quince años.

Soledad soltó una carcajada seca.

—¿Crees que por tener un anillo de mi hijo menor ya ganaste? Pedro es un niño jugando a los rebeldes. Te di dinero una vez para que te largaras, y debiste aceptarlo. Ahora, no habrá cheques. Habrá consecuencias.

Sara se giró lentamente. Sus ojos no mostraron miedo, solo una superioridad que descolocó a la matriarca. Se acercó a Soledad, invadiendo su espacio personal, y le susurró al oído:

—Se equivoca. Ustedes me dieron la mejor lección de mi vida: me enseñaron que la sangre de un Smith es la única moneda que vale. Por más que intentaron arrancarme de esta familia, por más golpes que me dieron para que perdiera a mi hijo y me borrara del mapa... siempre formaré parte de ustedes. Si no fue como la esposa del heredero, será como la dueña de su legado a través de Pedro. Usted me creó, Soledad. Soy el monstruo que usted parió esa noche en aquel hospital. Y ahora, prepárese, porque voy a sentarme a su mesa y voy a ver cómo su imperio se pudre desde adentro.

Soledad levantó la mano para abofetearla, pero Sara le sujetó la muñeca con una fuerza de hierro.

—Ya no soy la niña que lloraba por piedad. Toque un solo cabello de mi cabeza y le juro que lo primero que haré como esposa de su hijo será entregar los registros de evasión fiscal de la constructora. ¿Entendido?

El Brindis y el Acecho

Pedro apareció en el umbral y llevó a Sara al centro del salón. Pidió silencio y se arrodilló frente a todos.

—Sara Uribe, has sido la luz en medio de la oscuridad. Hoy, frente a mis padres, te pido que seas mi esposa. Que unamos nuestras vidas para siempre.

Sara aceptó con un "sí" que sonó a sentencia. Los aplausos estallaron, pero Octavio Jr. no pudo soportarlo más y subió a la planta alta, huyendo de la escena. Minutos después, Sara se disculpó para retocarse y subió también, necesitando un momento de aire lejos de la falsedad del salón.

Al llegar al pasillo superior, la penumbra la envolvió. De pronto, una mano la jaló hacia una de las habitaciones laterales. Antes de que pudiera reaccionar, se encontró encerrada con Octavio Jr. Él estaba agitado, con el olor al whisky impregnado en su aliento y los ojos inyectados en rabia.

—¿De verdad vas a hacerlo? —siseó Octavio, acorralándola contra la puerta—. ¿Vas a casarte con mi hermano solo para escupirme en la cara?

—Quítame las manos de encima, Octavio —respondió Sara con una calma que lo enfureció más.

—¡No puedo dejar que esto pase! —rugió él, apretando sus hombros—. Sé que me odias, sé que nos odias a todos... pero no puedes meterte en la cama de mi hermano para vengarte de mí. ¡Ese hijo también era mío!

—¡Ese hijo está MUERTO por tu culpa! —le gritó ella en la cara, rompiendo por fin su máscara—. ¡Murió porque fuiste un cobarde y me dejaste a merced de tus padres!

En ese instante, la manija de la puerta giró.

—¿Sara? ¿Estás aquí? —la voz de Pedro sonó desde el pasillo, justo afuera.

Octavio Jr. no la soltó. Al contrario, sonrió con maldad, acercando su rostro al de ella mientras la mano de Pedro seguía forzando la cerradura. Si Pedro entraba ahora, el caos sería total.

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