Capítulo 6 El Veneno de la Duda

El aire dentro de la habitación se sentía denso, cargado del olor a alcohol de Octavio y del perfume costoso de Sara, que ahora le recordaba a flores funerarias. La mano de Octavio Jr. seguía presionando el hombro de Sara contra la madera de la puerta, mientras afuera, los pasos de Pedro se detenían.

—¿Sara? ¿Amor, estás ahí dentro? —la voz de Pedro sonó de nuevo, esta vez con un toque de extrañeza.

Octavio Jr. ignoró a su hermano. Sus ojos estaban fijos en los de Sara, inyectados en una mezcla de dolor y una incredulidad violenta. Las palabras de ella habían caído como ácido en su pecho: "Ese hijo está MUERTO por tu culpa".

—¿Muerto? —repitió Octavio en un susurro quebrado—. Mi madre me dijo que te habías ido con el dinero... me dijo que no querías tenerlo, que habías interrumpido el embarazo para no arruinar tu futuro. ¿Me estás diciendo que quisiste abortar y algo salió mal?

Sara soltó una carcajada seca, una que nació desde lo más profundo de su garganta y que sonó a cristales rotos. Sus ojos se llenaron de una furia tan antigua y pura que Octavio retrocedió instintivamente un paso.

—¿Abortar? ¿Eso fue lo que te vendieron para que pudieras dormir por las noches, Octavio? —escupió ella, su voz bajando a un tono letal—. Yo amaba a ese bebé. Era lo único que me quedaba después de que tú me diste la espalda como el cobarde que siempre has sido. Pero claro, es más fácil creer que la "muchachita de la beca" era una desalmada que aceptar que tu propia sangre tiene las manos manchadas.

—¡Mientes! —rugió Octavio Jr., aunque su voz temblaba—. Mis padres no llegarían a tanto.

—¡Suéltame de una vez y déjame salir! —Sara lo empujó con una fuerza que lo obligó a soltarla—. Si tienes un gramo de valor, deja de acosarme a mí y ve a preguntarle a tu madre qué fue lo que pasó realmente esa noche en el hospital abandonado. Pregúntale por qué desperté sola, golpeada y con una enfermera diciéndome que mi hijo no había sobrevivido mientras tu padre firmaba los papeles para silenciar a los médicos.

Octavio Jr. se quedó petrificado, con la mano extendida en el vacío. La duda, esa semilla venenosa que Sara acababa de plantar, empezó a echar raíces en su mente. Por primera vez en quince años, la versión de su madre no parecía una verdad absoluta, sino una coartada.

El Escape y la Mentira

Sara aprovechó el aturdimiento de Octavio. Se arregló el cabello con un movimiento rápido, compuso su rostro y abrió la puerta justo antes de que Pedro intentara entrar por la fuerza.

—¡Sara! —exclamó Pedro, sorprendido al verla salir de la habitación, pero su rostro se transformó al ver a Octavio Jr. de pie en las sombras, luciendo como un hombre que acababa de ver a un fantasma—. ¿Qué hace él aquí contigo?

Sara suspiró, fingiendo cansancio y una pizca de indignación.

—Parece que tu hermano no sabe aceptar una derrota, Pedro. Me interceptó para intentar convencerme de que casarme contigo es un error. Estaba... fuera de sí, hablando incoherencias sobre el pasado.

Pedro dio un paso hacia la habitación, con los puños cerrados, pero Sara lo tomó del brazo, deteniéndolo.

—No, Pedro. No arruines nuestra noche por él. Ya le dejé claro que mi lugar está a tu lado. Vámonos de aquí, este aire me asfixia.

Pedro lanzó una mirada cargada de odio hacia su hermano, quien seguía inmóvil en el centro del cuarto.

—Te lo advertí, Octavio. Aléjate de mi mujer. La próxima vez no me importará que seas mi hermano.

El Despertar de un Monstruo

Mientras Pedro escoltaba a Sara escaleras abajo para terminar la celebración, Octavio Jr. caminó hacia la ventana. Veía a los invitados reír, veía a su padre, Octavio Sr., brindando con los socios, y a su madre, Soledad, moviéndose entre la élite como una santa de porcelana.

—¿Me mintieron? —susurró para sí mismo—. ¿Me hicieron creer que ella lo mató para que yo no los odiara a ellos?

Bajó a la fiesta, pero no buscó a Eloísa. Caminó directo hacia Soledad, quien estaba despidiendo a los últimos invitados con una sonrisa gélida.

—Madre, tenemos que hablar —dijo Octavio Jr. Su tono de voz era diferente; ya no era el hijo obediente, era un hombre herido buscando una presa.

—Ahora no, Octavio. Ha sido una noche larga y tu hermano ha hecho suficiente ridículo por hoy —respondió Soledad sin mirarlo.

—No es sobre Pedro. Es sobre la noche del hospital —soltó él.

Soledad se tensó. Fue un milisegundo, casi imperceptible para cualquiera, pero para Octavio, que la conocía bien, fue una confesión. Ella se giró lentamente, sus ojos endureciéndose como piedras.

—Ese tema está cerrado, Octavio. No me hagas repetírtelo. Esa muchacha se fue con el dinero y el problema se resolvió.

—Sara dice que el bebé murió. Dice que ustedes se encargaron de que así fuera. Dice que ella nunca aceptó un centavo —Octavio Jr. se acercó, bajando la voz para que nadie más oyera—. Mírame a los ojos, madre, y júrame por tu vida que Sara quiso abortar. Júrame que ella no perdió a ese hijo por los golpes que papá ordenó.

Soledad lo miró con un desprecio infinito.

—No sé qué te ha metido esa ramera en la cabeza, pero si sigues por ese camino, vas a terminar perdiendo mucho más que un recuerdo, Octavio. No olvides quién eres y de quién heredas todo lo que tienes.

Ella se alejó, dejándolo con la palabra en la boca. Pero Octavio Jr. ya no era el mismo. El odio que sentía por Sara empezó a transformarse en una curiosidad oscura y peligrosa. Si sus padres le habían mentido sobre su propio hijo, ¿qué más le habían ocultado?

En la planta baja, Sara observaba la escena desde lejos mientras brindaba con Pedro. Sabía que la guerra ya no era solo de ella contra los Smith. Ahora, los Smith empezarían a devorarse entre ellos.

"Divide y vencerás", pensó Sara, bebiendo el último sorbo de su copa. "La sangre llama a la sangre, Octavio. Y la tuya te va a consumir".

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