Capítulo 7 Sangre y Traición

La fiesta de compromiso había terminado, pero el aire en la ciudad se sentía pesado, como el preludio de una tormenta. Pedro condujo hasta el edificio de Sara en un silencio protector, manteniendo su mano sobre la de ella. Al llegar, la acompañó hasta la entrada, besándola con una devoción que a Sara le provocaba una punzada de culpa, aunque su objetivo seguía intacto.

—Descansa, amor —le dijo Pedro—. No dejes que las palabras de mi hermano o los venenos de mi madre te quiten el sueño. Mañana será un nuevo día y estaremos más cerca de ser esposos.

Sara asintió con una sonrisa melancólica, viéndolo alejarse. En cuanto entró a su departamento, se deshizo del vestido marfil y se limpió el rostro, sintiendo que la máscara de "prometida perfecta" pesaba toneladas. Sabía que la noche no terminaría ahí para los Smith.

El Retorno a la Guarida del Lobo

Cuando Pedro llegó a la mansión familiar, las luces del salón principal seguían encendidas. El olor a whisky rancio y tabaco inundaba el ambiente. En el centro de la estancia, Octavio Jr. estaba desplomado en un sillón, con la corbata deshecha y una botella casi vacía en la mano. Sus ojos estaban inyectados en sangre y fijos en la entrada.

—Vaya, vaya... llegó el héroe —arrastró Octavio las palabras, tambaleándose al ponerse de pie—. El gran Pedro Smith, el hombre que se queda con las sobras de su hermano.

Pedro suspiró, cerrando la puerta con fuerza.

—Estás borracho, Octavio. Ve a dormir antes de que sigas haciendo el ridículo.

—¡No me digas qué hacer! —rugió Octavio Jr., lanzando el vaso contra la chimenea. El cristal estalló, igual que su cordura—. De todas las mujeres en este maldito mundo... ¿tenías que buscar a Sara? ¿Tenías que traer al amor de mi vida a mi propia mesa y sentarla frente a mí?

Pedro se detuvo en seco, sintiendo cómo la ira empezaba a hervirle en las venas.

—Cierra la boca. Sara nunca fue nada tuyo. Ella misma me lo dijo: fuiste un error, un tropiezo de su pasado que ya ni siquiera recuerda. Deja de alucinar con esa obsesión enferma.

—¡Mientes! —Octavio Jr. se acercó a trompicones, señalando a Pedro con el dedo—. Ella me amaba. Me amaba más de lo que jamás te amará a ti. Tú solo eres el peón que está usando para volver a mí. ¡Ella es mía, Pedro! ¡Mía!

El Estallido en la Mansión

En ese momento, Soledad y Octavio Sr. aparecieron en lo alto de las escaleras, atraídos por los gritos. La matriarca observaba la escena con una mezcla de horror y desprecio absoluto por sus propios hijos.

—¡Basta ya! —gritó Octavio Sr., bajando los escalones—. Parecen dos animales peleando por una presa callejera. ¡Compórtense como los hombres que deben dirigir mi empresa!

—¡Díselo a él! —gritó Octavio Jr., volviéndose hacia su padre—. ¡Dile que me robó a Sara!

Pedro intentó mantener la calma, pero el alcohol y la desesperación de Octavio lo estaban llevando al límite.

—Octavio, quédate quieto. Estás tan tomado que no sabes lo que dices. Sara es mi prometida y te exijo que la respetes.

—¡Respeto! —Octavio Jr. soltó una carcajada histérica—. Te daré tu respeto.

En un movimiento brusco y descoordinado por el alcohol, Octavio Jr. se lanzó contra su hermano con el puño cerrado. El golpe fue torpe y apenas rozó la mandíbula de Pedro, pero fue suficiente para romper el último hilo de paciencia que le quedaba al hermano menor.

Pedro, que había entrenado años para no ser la sombra de nadie, reaccionó por instinto. Esquivó el siguiente manotazo y respondió con un derechazo certero y potente que impactó de lleno en el pómulo de Octavio.

El sonido del golpe resonó en el salón. Octavio Jr. cayó hacia atrás, derribando una mesa de centro con jarrones caros, y quedó en el suelo, aturdido y con la boca sangrando.

—¡Pedro! ¡Detente! —chilló Soledad, corriendo hacia su hijo mayor—. ¡Eres un salvaje!

Pedro, con el pecho agitado y los nudillos ardiendo, miró a sus padres con un odio que nunca antes había mostrado.

—Él empezó esto. Y si vuelve a mencionar el nombre de Sara con esa boca sucia, no me va a importar que estemos en esta casa o en la calle. Lo voy a destrozar.

Octavio Jr., desde el suelo, escupió sangre y miró a Pedro con una sonrisa demente.

—Pégame todo lo que quieras... pero los dos sabemos la verdad. Ella regresó por mí, no por ti. Y cuando te des cuenta, será demasiado tarde.

Pedro no respondió. Dio media vuelta y salió de la mansión, dejando a su familia en ruinas. Mientras tanto, en su departamento, Sara observaba la lluvia desde la ventana, sin saber que la sangre ya había empezado a correr por su causa, tal como ella lo había planeado.

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