Capítulo 9 Las Voces del Pasado

La noticia cayó como un balde de agua fría en el despacho de la constructora. Octavio Sr. salió de la oficina con una sonrisa de suficiencia, estrechando la mano del jefe de auditores. El dinero había fluido por los canales correctos; las facturas sospechosas fueron "justificadas" como gastos de representación y la investigación se cerró antes de que los libros contables llegaran a manos del Ministerio Público.

Para Pedro, fue un alivio. Para Sara, que observaba la escena desde el pasillo, fue una bofetada de realidad. Los Smith eran dueños de la justicia en esa ciudad.

—¿Ves, mi amor? Solo fue un susto —le dijo Pedro, rodeándola con su brazo—. Mi padre tiene todo bajo control. Nada puede salirse de las manos cuando el apellido Smith está de por medio.

Sara asintió, fingiendo tranquilidad.

—Me alegra tanto, Pedro. No soportaría ver a tu familia en problemas.

Pero en cuanto Pedro se distrajo con una llamada, Sara se encerró en el baño y marcó a Lucía.

La Estrategia del Rastro Humano

—Compraron a los auditores, Lucía. Todo quedó en nada —susurró Sara, con la voz temblando de impotencia—. El rastro del dinero está limpio. Si quiero destruirlos, no puedo seguir el papel, tengo que seguir a la gente.

—Te lo dije, Sara. El dinero borra documentos, pero no borra memorias —respondió Lucía al otro lado—. Los Smith tienen enemigos, pero también tienen sirvientes, enfermeras y contadores que fueron desechados después de hacer el trabajo sucio. Tienes que buscar a alguien que haya estado ahí hace quince años. Alguien que no haya sido comprado... o que ya no tenga nada que perder.

La idea se instaló en la mente de Sara. Necesitaba nombres. Nombres de personas que hubieran trabajado directamente con Soledad en la época en que ella fue "desaparecida".

El Hallazgo de la Ficha Olvidada

Esa misma tarde, Sara usó su acceso a la constructora como "futura esposa de Pedro" para entrar al archivo de recursos humanos bajo la excusa de buscar inspiración para un diseño basado en la historia de la empresa. Mientras la secretaria no miraba, Sara filtró las listas de empleados domésticos y de seguridad de hace quince años.

Un nombre resaltaba en las nóminas de baja: Marta Soler. Había sido la enfermera personal de la mansión Smith durante años, pero fue despedida con una indemnización sospechosamente alta justo una semana después de la noche en el hospital.

Sara no perdió tiempo. Usó sus contactos para rastrear la dirección de Marta. La encontró viviendo en una zona humilde, alejada de los lujos de la ciudad, en una casa que parecía una fortaleza de secretos.

El Secreto Guardado

Cuando Sara llegó a la pequeña casa, el ambiente era pesado. Marta, ahora una mujer mayor con ojos llenos de miedo, la recibió con desconfianza. Pero cuando Sara mencionó el nombre de los Smith, la anciana palideció.

—Yo no sé nada, señorita. Me pagaron para olvidar —dijo Marta, intentando cerrar la puerta.

—Usted me vio en ese hospital, Marta —dijo Sara, deteniendo la puerta con fuerza—. Usted sabe que mi hijo murió. Pero lo que no entiendo es por qué Octavio Sr. estaba tan desesperado por ocultarlo si solo era el hijo de una becada. ¿Qué más pasó esa noche?

Marta suspiró, dejando que Sara entrara. La casa olía a incienso y miedo.

—No es solo por lo que le hicieron a usted, niña. Los Smith son gente oscura. Pero el secreto más grande no fue el de su bebé... fue lo que se descubrió después.

Sara se inclinó hacia adelante, con el corazón martilleando.

—¿De qué habla?

—Ellos cuidan el linaje más que a su propia vida, pero hay un secreto que involucra el origen de uno de los hijos —Marta bajó la voz a un susurro casi imperceptible—. Uno de los dos hermanos no lleva la sangre de Octavio Sr. Soledad cometió un desliz años antes de que usted apareciera, y el patriarca lo sabe. Lo aceptó para mantener las apariencias, pero el odio que le tiene a ese hijo es lo que ha causado que siempre los ponga a pelear.

Sara sintió que el mundo se detenía. Si ella lograba probar cuál de los dos hermanos no era un "Smith" legítimo, no solo destruiría el orgullo de Soledad, sino que despojaría a uno de ellos de toda su herencia y su lugar en la empresa.

—¿Cuál de los dos, Marta? —preguntó Sara, casi sin aliento—. ¿Es Octavio Jr. o es Pedro?

Marta iba a responder, pero el sonido de un coche frenando bruscamente frente a la casa la hizo saltar. Un vehículo negro, de cristales tintados, se detuvo afuera. Era un auto que Sara reconoció de inmediato: un coche de la seguridad de la Constructora Smith.

—¡Se tiene que ir! ¡Ellos nos están vigilando! —gritó Marta, empujando a Sara hacia la parte trasera de la casa.

Sara salió por la puerta de atrás, corriendo entre los callejones, con el corazón a punto de explotar. Tenía la pieza definitiva. Si uno de los dos era un impostor, la guerra entre hermanos acababa de volverse una ejecución.

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