Capítulo 1 1. Una esposa para la Paz

La guerra entre los Alarcón y los Moretti había durado once años, pero aquella noche podía terminar con una sola firma.

O con otra docena de cadáveres.

La lluvia golpeaba los ventanales de la vieja mansión Bellandi mientras los dos hombres ocupaban extremos opuestos de una mesa de caoba. Entre ellos descansaban dos vasos de whisky intactos, una carpeta negra y una pistola que ninguno había tenido la cortesía de guardar.

Vittorio Alarcón no bebía cuando negociaba con sus enemigos. Prefería mantener la cabeza despejada por si debía matarlos.

Frente a él, Salvatore Moretti parecía compartir la costumbre.

—Has matado a mi hijo —dijo Salvatore.

No gritó. Los hombres como él no necesitaban levantar la voz para anunciar una sentencia de muerte.

Vittorio sostuvo su mirada.

—Tu hijo ordenó incendiar uno de mis almacenes con treinta hombres dentro.

—Y tú respondiste ejecutando a mi primogénito.

—Respondí a una declaración de guerra.

Salvatore apretó la mandíbula. Bajo la mesa, sus dedos se cerraron lentamente, pero no alcanzó el arma. Los seis hombres que había llevado consigo estaban distribuidos por la habitación. Los de Vittorio también. Bastaba un movimiento equivocado para que la mansión se convirtiera en una carnicería.

—Llevamos once años enterrando hijos, hermanos y hombres que jamás tuvieron nada que ver con nuestra disputa —dijo Salvatore—. ¿Cuántos más necesitas antes de admitir que esto no nos ha dado nada?

Vittorio miró la carpeta.

Había perdido a su hermano menor, a dos primos y a hombres que habían trabajado para su familia desde antes de que él naciera. Sus enemigos habían perdido más. Esa era la única razón por la que todavía podía sentarse frente a Salvatore sin sentir que la palabra paz era una forma particularmente humillante de rendición.

—¿Qué propones? —preguntó.

Salvatore deslizó la carpeta sobre la mesa.

—Un matrimonio.

Vittorio no la tocó.

—¿Te has vuelto loco?

—Mi hija y tu hijo.

El silencio que siguió fue más peligroso que cualquier amenaza.

Vittorio soltó una risa seca, sin humor.

—¿Quieres que entregue a mi hijo a una Moretti?

—Quiero que ambos dejemos de entregar a nuestros hijos a la muerte.

Por primera vez, Vittorio no encontró una respuesta inmediata.

La propuesta era absurda. Ofensiva, incluso. Durante años, los Alarcón habían enseñado a sus hijos a desconfiar de los Moretti, y Salvatore había hecho exactamente lo mismo con los suyos. Una boda no borraría la sangre derramada ni devolvería a los muertos. Sin embargo, un vínculo familiar haría mucho más costoso volver a levantar las armas.

Si uno de ellos rompía el acuerdo, no estaría atacando únicamente a un enemigo. Estaría atacando a la familia de su propio hijo.

—¿Y qué te hace pensar que aceptaré? —preguntó Vittorio.

—Nada. Por eso he venido preparado para ofrecerte algo más.

Salvatore abrió la carpeta. Dentro había documentos sobre las rutas comerciales, los territorios disputados y los nombres de tres hombres que llevaban meses financiando ataques para mantener a ambas familias enfrentadas.

—Retiro a mis hombres de los territorios del norte. Reconozco tus rutas y te entrego los nombres de quienes han estado provocando las últimas masacres. A cambio, tú haces lo mismo en el sur y aceptas el matrimonio.

Vittorio examinó los documentos sin tocarlos.

—¿Y si nuestros hijos se niegan?

—Entonces tendrán que decidir si prefieren vivir con nuestro odio o cargar con las consecuencias de prolongarlo.

—Estás ofreciendo a tu hija como si fuera una firma en un contrato.

Algo cambió en el rostro de Salvatore.

—No. Estoy ofreciendo lo único que todavía puede impedir que la maten por llevar mi apellido.

Aquella respuesta sí contenía verdad.

La hija de Salvatore se había convertido en un objetivo desde el asesinato de su hermano. Los enemigos de los Moretti sabían que hacerle daño sería una forma de obligar al patriarca a cometer errores. Casarla con el heredero Alarcón la convertiría en intocable para una parte del mundo y en una prisionera para la otra.

Vittorio conocía bien esa clase de protección. A veces, una jaula de oro seguía siendo una jaula.

—Mi hijo no es un hombre fácil de controlar —advirtió.

—Mi hija tampoco es una mujer que se deje controlar.

Por primera vez en toda la noche, ambos hombres parecieron comprender la magnitud del problema que estaban creando.

Vittorio cerró la carpeta.

—Habrá condiciones. La boda se celebrará en treinta días. Ninguna de las dos familias podrá atacar a la otra durante ese período. Los territorios se respetarán y cualquier traición anulará el acuerdo.

—Acepto.

—Y si tu hija intenta utilizar este matrimonio para debilitar a mi familia…

—Entonces tendrás una esposa que se parece demasiado a su padre —interrumpió Salvatore—. Aprende a vivir con ello.

Vittorio tomó la pluma.

Durante once años había buscado la forma de derrotar a los Moretti. Aquella noche, en cambio, estaba a punto de vincular su sangre a la de ellos.

Firmó.

Salvatore hizo lo mismo.

Ninguno estrechó la mano del otro.

La guerra no había terminado porque se hubieran perdonado. Había terminado porque ambos habían encontrado algo que temían perder más que el orgullo.

Y, a treinta kilómetros de aquella mansión, dos jóvenes acababan de convertirse en marido y mujer ante los ojos de sus familias, aunque todavía no lo supieran.

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Cuando Alessia Moretti recibió la llamada de su padre, estaba sentada junto a la ventana de su apartamento, observando las luces de la ciudad.

—Empaca tus cosas —ordenó Salvatore, sin siquiera saludarla—. Te casarás dentro de treinta días.

Alessia dejó el libro sobre sus rodillas.

—¿Perdón?

—Con un Alarcón.

Por un instante, pensó que había escuchado mal.

Después recordó el funeral de su hermano, las amenazas que habían comenzado a llegar a su teléfono y la forma en que su padre llevaba semanas mirándola como si estuviera calculando cuánto tiempo le quedaba.

—¿Qué has hecho, papá?

Al otro lado de la línea hubo una pausa.

—Lo que tenía que hacer para mantenerte viva.

Alessia cerró los ojos.

No sabía quién era el hombre con el que iba a casarse. No sabía si sería cruel, indiferente o peor que cualquiera de los enemigos de su familia.

Pero conocía a los Alarcón.

Y sabía que, si su padre la estaba entregando a uno de ellos, no era porque confiara en aquel hombre.

Era porque acababa de firmar un contrato con el diablo.

Lo que Alessia todavía ignoraba era que su futuro esposo tampoco había elegido aquella boda.

Y que, cuando finalmente se conocieran, ninguno de los dos estaría dispuesto a ser el primero en ceder.

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