Capítulo 10 No Me Gusta Compartir
POV: Alejandro Alarcón
Mi padre llevaba diez minutos hablando sobre la importancia de la alianza con los Moretti cuando cometí el error de mirar hacia la entrada.
Alessia acababa de llegar.
Y, de pronto, todas las palabras que Vittorio Alarcón había considerado importantes dejaron de tener sentido.
La conocía desde hacía poco, pero estaba acostumbrado a verla con ropa elegante y una expresión desafiante, preparada para discutir cualquier cosa que saliera de mi boca.
Aquella noche era diferente.
El vestido negro se ajustaba a sus curvas de una manera que debería haber sido ilegal en una reunión con tantos hombres ricos y demasiado orgullosos. La abertura dejaba ver sus piernas al caminar, y su cabello oscuro caía sobre los hombros como si hubiera sido diseñado para volverme loco.
No era solo que estuviera preciosa.
Era que parecía completamente consciente de ello.
Y, maldita fuera, no estaba buscando mi aprobación.
—¿Me estás escuchando? —preguntó mi padre.
—Por supuesto.
—¿Qué acabo de decir?
—Algo sobre la alianza.
Vittorio me dedicó una mirada helada.
—Algún día vas a aprender a comportarte como el hombre que debes ser.
—Espero que ese día no llegue demasiado pronto.
Entonces Alessia levantó la mirada y me descubrió observándola.
Sonrió.
No una sonrisa tímida ni una de esas expresiones que utilizaba cuando estaba a punto de insultarme. Fue una sonrisa segura, satisfecha, como si supiera exactamente el efecto que acababa de producir.
Y lo peor fue que tenía razón.
Cuando se acercó, le ofrecí el brazo.
—Estás preciosa.
—Lo sé.
Solté una risa.
Por supuesto que aquella mujer no iba a facilitarme nada.
Durante la cena intenté concentrarme en las conversaciones. Hablé con empresarios, estreché manos y escuché a varios hombres felicitarme por mi compromiso.
Todos parecían convencidos de que acababa de ganar algo extraordinario.
Ninguno sabía que mi futura esposa había establecido por escrito que no tenía ninguna obligación de compartir mi cama.
Tampoco sabían que me había informado, con absoluta tranquilidad, de que podía acostarme con otras mujeres siempre que fuera discreto.
Una propuesta que debería haberme parecido ideal.
Después de todo, nunca había prometido fidelidad. No creía en esas tonterías y no tenía intención de cambiar mi vida por un anillo.
Entonces apareció Gabriel Ferrer.
Lo conocía. Un empresario competente, ambicioso y demasiado encantado consigo mismo.
También sabía que había negociado con Alessia.
Lo que no sabía era que pensaba mirarla como si el compromiso que acabábamos de anunciar fuera una invitación a competir.
—Alessia —lo escuché decir—. Estás espectacular.
Ella sonrió.
Una sonrisa que yo no había conseguido arrancarle durante toda la semana sin tener que soportar tres insultos.
Gabriel le besó la mano.
Tuve que contener el impulso de acercarme y recordarle que estaba hablando con mi futura esposa.
Mi futura esposa.
La misma mujer a la que había presentado como una amiga de la familia hacía apenas unos días.
No tenía derecho a reclamar nada.
Era un detalle irritante que prefería ignorar.
Cuando Gabriel le pidió un baile, Alessia aceptó sin siquiera consultarme con la mirada.
La observé dirigirse a la pista con él.
—Parece que tu prometida está disfrutando de la noche —comentó mi padre.
—Parece.
—No hagas una escena, Alejandro. Este compromiso es demasiado importante para que te comportes como un adolescente celoso.
Giré lentamente la cabeza hacia él.
—No estoy celoso.
Vittorio soltó una risa sin humor.
—Claro que no.
Volví a mirar hacia la pista.
Gabriel tenía una mano en la cintura de Alessia. Ella hablaba con él, sonreía y parecía estar pasándoselo extraordinariamente bien.
Me bebí el resto del whisky.
No me gustaba aquel hombre.
No me gustaba su sonrisa, su traje ni la manera en que inclinaba la cabeza para escucharla.
Sobre todo, no me gustaba que Alessia pareciera preferir su compañía a la mía.
Lo cual era absurdo.
Yo no quería una esposa enamorada. No quería promesas ni obligaciones románticas. Había dejado claro que seguiría siendo libre.
Pero ver a otro hombre disfrutando de la atención de Alessia me estaba arruinando una noche que, hasta ese momento, había sido bastante entretenida.
Cuando la canción terminó, me acerqué antes de que Gabriel pudiera invitarla a otra.
—Espero no interrumpir.
Alessia me miró con una expresión de inocencia tan falsa que habría podido admirarla si no me estuviera sacando de quicio.
—En absoluto. Hablábamos de negocios.
—Qué fascinante.
Gabriel me tendió la mano.
—Felicidades por el compromiso, Alarcón. Espero que sepas apreciar a la mujer que tienes a tu lado.
Le estreché la mano con una sonrisa.
—Créeme. Empiezo a descubrirlo.
Lo dije en serio, aunque prefería que él no lo supiera.
Cuando se marchó, Alessia me miró por encima de su copa.
—¿Algo que quieras decir?
Tenía muchas cosas que decirle.
Que aquel vestido era una provocación.
Que Gabriel podía buscarse otra mujer.
Que me irritaba verla reír con él mientras conmigo parecía disfrutar cada oportunidad de llevarme la contraria.
En cambio, dije:
—Ese vestido debería venir con una advertencia.
Ella sonrió.
—¿Para quién? ¿Para ti?
—Especialmente para mí.
No debería haberlo admitido.
Su expresión cambió durante un segundo, como si no esperara que respondiera de aquella manera.
Después volvió a sonreír y me recordó que ambos teníamos libertad.
La observé alejarse.
Maldita mujer.
Mi padre apareció a mi lado.
—Te advertí que no hicieras una escena.
—No he hecho ninguna.
—Todavía.
Le lancé una mirada.
—¿Tienes algo útil que decirme?
—Sí. Si vas a casarte con una mujer como Alessia, aprende algo importante: no puedes exigirle que se comporte como una esposa tradicional mientras tú te reservas el derecho de hacer lo que quieras.
Me quedé callado.
No porque mi padre tuviera razón en todo, sino porque había señalado una contradicción que no me apetecía examinar.
Yo no quería ser fiel.
No quería enamorarme.
Y definitivamente no pensaba permitir que una mujer decidiera cómo debía vivir.
Pero tampoco me gustaba la idea de que Alessia eligiera a otro hombre para bailar, sonreír o compartir una noche.
Era ridículo.
Ella no me pertenecía.
Todavía no, al menos.
La encontré más tarde junto a una de las ventanas, conversando con una mujer de la familia De Luca. Me acerqué y le ofrecí una copa de agua.
—Pensé que necesitarías algo para recuperarte de tanto baile.
Alessia aceptó el vaso.
—Qué atento. ¿Te preocupa mi salud?
—Me preocupa que te acostumbres a bailar con hombres que no saben hacerlo.
—Gabriel bailaba perfectamente.
—Una lástima. Tendré que encontrarle algún defecto más convincente.
Ella soltó una carcajada.
Y yo sonreí, satisfecho de haber recuperado su atención, hasta que comprendí lo patético que resultaba aquel pequeño triunfo.
Estaba compitiendo por una sonrisa.
Yo.
Alejandro Alarcón.
El hombre que jamás había tenido que esforzarse por conseguir la atención de una mujer.
Alessia dejó el vaso sobre una mesa y se inclinó hacia mí.
—¿Sabes qué es lo más divertido de todo esto?
—Ilumíname.
—Que tú mismo me dijiste que no te importaría si yo no te era fiel.
Su sonrisa se volvió peligrosamente dulce.
—Así que procura recordar tus propias palabras antes de volver a mirar a Gabriel como si quisieras enterrarlo en el jardín.
Se alejó antes de que pudiera contestar.
La vi reunirse con su padre, radiante bajo las luces del salón, mientras los invitados seguían felicitándonos por nuestro compromiso.
Aquella noche había descubierto dos cosas.
La primera era que Alessia Moretti podía dejarme sin palabras con un vestido negro y una sonrisa.
La segunda era mucho más peligrosa.
No quería que se enamorara de mí.
Pero empezaba a odiar la idea de que pudiera enamorarse de otro.
Y todavía no sabía qué demonios pensaba hacer al respecto.
