Capítulo 11 Una llamada inoportuna
POV: Alessia
El lunes comenzó con tres reuniones, dos llamadas de mi padre y una lista de pendientes que habría hecho llorar a la organizadora de mi boda. A las nueve y doce, mientras revisaba los costos de una nueva ruta de importación, recibí una llamada de Roberto, mi director de operaciones.
—Señorita Moretti, tenemos un problema con el contenedor de Valencia. Aduanas ha retenido la mercancía y el cliente amenaza con cancelar el contrato si no entregamos antes del jueves —explicó, con una preocupación que me hizo abandonar de inmediato mis cálculos.
—¿Por qué lo retuvieron? —pregunté, dejando el bolígrafo sobre el escritorio.
—Hay una discrepancia en los documentos de autorización. La firma digital no coincide con la registrada en el sistema y, según el historial, fui yo quien aprobó el expediente.
Entrecerré los ojos. Roberto podía cometer errores, como cualquier empleado, pero conocía los procedimientos demasiado bien para ignorar una irregularidad semejante.
—¿Lo aprobaste tú?
—No, señorita. Por eso estoy llamando.
—Entonces no autorices pagos extraordinarios ni intentes sacar la mercancía por otra vía. Quiero una copia de cada documento, el registro de accesos y los nombres de todas las personas que tocaron ese expediente durante las últimas cuarenta y ocho horas. Conserva los archivos originales y no permitas que nadie modifique nada hasta que sepamos qué ocurrió.
Después de asegurarme de que había entendido las instrucciones, llamé a mi abogado comercial y le expliqué la situación. No iba a recurrir a contactos para saltarme los procedimientos ni a permitir que alguien utilizara mi apellido como excusa para ocultar pruebas. Si habían manipulado mis documentos, descubriría quién lo hizo y me aseguraría de que no volviera a poner las manos en mis operaciones.
Estaba terminando la llamada cuando alguien entró en mi despacho sin esperar una segunda invitación.
—Qué recibimiento tan encantador. Empiezo a sospechar que no te alegra verme, futura esposa —comentó Alejandro Alarcón, acomodándose frente a mí con la tranquilidad de quien jamás había conocido una puerta cerrada.
Le señalé la silla para que esperara y terminé de hablar con el abogado. Cuando colgué, Alejandro seguía observándome con una sonrisa que me daban ganas de borrar de su atractivo rostro.
—¿Viniste a molestarme o necesitas algo de verdad? Porque, si es lo primero, puedes hacerlo desde el pasillo.
—Necesito revisar contigo algunos detalles de la alianza comercial que nuestros padres quieren formalizar después de la boda. Tu asistente me dijo que estabas ocupada, pero decidí comprobarlo personalmente.
—Mi asistente tenía razón. Estoy ocupada.
Su mirada descendió hacia los documentos abiertos sobre el escritorio y, por primera vez, su sonrisa perdió algo de arrogancia.
—¿Qué ha pasado?
—Un cargamento retenido por una autorización aparentemente falsificada. Estoy investigando quién manipuló los documentos y tratando de evitar que un cliente cancele un contrato de siete cifras.
Alejandro se inclinó ligeramente hacia delante, interesado de verdad.
—Si alguien está saboteando tus operaciones, quizá el problema también afecte a las nuestras. ¿La mercancía tiene relación con alguna de las rutas que comparten nuestras familias?
—Todavía no lo sé, y no pienso sacar conclusiones antes de revisar las pruebas. Lo último que necesito es que alguien intervenga sin conocer el expediente y convierta un problema administrativo en un desastre mayor.
—Qué poca confianza tienes en mí.
—No confundas la falta de confianza con la falta de inteligencia, Alejandro. Nuestros padres llevan once años intentando destruirse. Que vayamos a casarnos no significa que de repente deba aceptar tu palabra como garantía de nada.
Soltó una carcajada y se recostó en la silla, como si mi respuesta le hubiera resultado más entretenida que ofensiva.
—Empiezo a entender por qué mi padre te considera una mujer difícil.
—Dile que todavía no ha visto nada.
Mi teléfono volvió a sonar. Roberto había encontrado el registro de accesos y necesitaba instrucciones antes de continuar. Le pedí que bloqueara la sesión sospechosa, conservara todas las evidencias y solicitara una auditoría externa. No quería que el mismo equipo encargado de administrar los accesos investigara sus propias acciones.
Cuando terminé, Alejandro se levantó y se acercó lo suficiente para leer los datos que tenía abiertos en la pantalla, aunque tuvo la prudencia de no tocar el escritorio.
—Si fue alguien de tu oficina, podría tratarse de un empleado desleal. O quizá alguien intenta que parezca eso —señaló—. Podrías presionarlos antes de que tengan tiempo de ponerse de acuerdo.
—O podría esperar a tener pruebas antes de acusar a cuatro personas y darle al responsable la oportunidad de destruirlas. No necesito que juegues al interrogador, Alejandro; necesito saber quién alteró mis documentos.
—Solo intentaba ayudarte.
—Pues intenta escuchar antes de ofrecer soluciones.
Su sonrisa reapareció, aunque esta vez no encontró una respuesta inmediata. Yo aproveché para revisar el manifiesto original y compararlo con la versión registrada en aduanas. Los documentos de origen estaban correctos; la alteración se había realizado después de que el barco saliera de Valencia. Alguien había esperado a que la mercancía estuviera en tránsito para provocar la retención.
Aquello no parecía un error. Parecía calculado.
—¿Y cuánto tardarás en resolverlo? —preguntó Alejandro, observando mi expresión.
—En recuperar el cargamento, no lo sé. En encontrar al responsable, lo que haga falta.
—Podría conseguir que revisaran el expediente hoy mismo.
Levanté la mirada, molesta por la facilidad con que asumía que todo podía resolverse moviendo los contactos adecuados.
—No necesito que alguien me haga un favor. Necesito que respeten el procedimiento y que quien esté detrás de esto no vuelva a tocar mis operaciones. Mis negocios no son un regalo de mi padre ni una concesión que vaya a recibir cuando me case contigo. Los construí yo, y pienso conservarlos.
Alejandro sostuvo mi mirada. Durante unos segundos, dejó de parecer el hombre que disfrutaba provocándome para convertirse en alguien que realmente estaba escuchando.
—No he dicho que debas renunciar a ellos —respondió finalmente—. Y no pienso pedirte que lo hagas.
—Bien. Porque te ahorrarías una discusión bastante desagradable.
Se rio mientras se acomodaba los puños de la camisa, recuperando su habitual descaro.
—Eres condenadamente terca, Alessia.
—Y tú estás acostumbrado a que te confundan con una solución.
—Eso ha dolido.
—Sobrevivirás.
Alejandro caminó hacia la puerta, pero antes de salir se volvió para mirarme con una expresión divertida.
—Si descubres que esto tiene relación con alguna de nuestras rutas, avísame. Y, cuando termines de salvar tu imperio, quizá puedas dedicarme cinco minutos.
—Si quieres mi atención, trae un informe de auditoría y deja de interrumpir mi trabajo. Las flores pueden esperar.
—¿Rosas o algo más atrevido?
—Una disculpa por haber nacido tan insoportable también serviría.
Se echó a reír y abandonó el despacho sin prometer nada, lo cual, tratándose de Alejandro, probablemente era lo más sensato que podía hacer.
Volví a concentrarme en los documentos, pero mi teléfono vibró antes de que pudiera continuar. Roberto acababa de enviarme los primeros resultados de la auditoría preliminar. La modificación del expediente no era el único movimiento irregular: alguien había intentado acceder a otros tres contratos vinculados a mis operaciones internacionales.
Los tres compartían el mismo intermediario comercial, una empresa que no figuraba entre mis proveedores autorizados.
Marqué el número de Roberto y le ordené investigar sus accionistas, sus contratos anteriores y cualquier vínculo con nuestros competidores. Nadie debía contactar a esa empresa hasta que yo revisara la información.
Al colgar, comprendí que aquello ya no parecía un sabotaje aislado. Alguien estaba estudiando mis negocios desde dentro, buscando una puerta por la que entrar.
Y si creía que mi próximo matrimonio convertiría mis empresas en territorio fácil de conquistar, estaba a punto de cometer el peor error de su vida.
