Capítulo 12 El beso que no debía ocurrir
POV: Alejandro
Mi padre tenía muchas formas de arruinarme el día, pero obligarme a practicar el baile de mi propia boda con Alessia Moretti entraba en una categoría especialmente desagradable.
—No pongas esa cara, Alejandro. Solo es un baile —dijo mi padre antes de dejarme en el salón de la residencia Moretti, como si no acabara de entregarme a mi enemiga para que ensayáramos nuestra futura condena.
Alessia me esperaba junto al piano, con un vestido ajustado a la cintura y el cabello oscuro cayéndole sobre los hombros. No llevaba joyas ni maquillaje llamativo. Tampoco le hacían falta. Tenía esa belleza que no pedía permiso para llamar la atención, aunque su expresión dejaba claro que preferiría estar en cualquier otro lugar.
—Llegas tarde —dijo, consultando el reloj.
—Y tú estás preciosa. Parece que los dos tenemos motivos para quejarnos.
—Yo tengo motivos para quejarme. Tú tienes una confianza en ti mismo que debería tratarse con medicamentos.
Sonreí mientras me acercaba. Alessia no retrocedió, pero sus ojos siguieron cada uno de mis movimientos, atentos, desafiantes. Me gustaba demasiado que no intentara complacerme.
—¿Vamos a bailar o piensas insultarme hasta que termine la canción?
—Depende. ¿Bailas tan mal como conversas?
Le tendí la mano.
—Compruébalo, futura esposa.
Miró mi mano durante un segundo antes de colocar la suya sobre ella. Sus dedos eran cálidos; los míos se cerraron alrededor de los suyos con más firmeza de la necesaria. Cuando la atraje hacia mí, su cuerpo quedó a pocos centímetros del mío y tuve que recordarme que aquello era un ensayo, no una invitación.
—La mano en mi cintura —indicó ella—. No en cualquier otro sitio.
—Qué decepción. Y yo que pensaba aprovechar la clase para descubrir tus secretos.
—Mis secretos no se descubren tocándome, Alejandro.
—Entonces tendré que usar mi inteligencia. Aunque reconozco que, contigo tan cerca, me cuesta concentrarme.
Alessia alzó la barbilla, como si el comentario no le hubiera provocado nada. Sin embargo, cuando apoyé la mano en su cintura, noté que contenía el aliento. El gesto fue mínimo, apenas una pausa antes de recuperar su expresión altiva, pero yo lo advertí. Mi pulgar descansaba sobre la tela del vestido y podía sentir el calor de su cuerpo bajo ella.
—¿Siempre hablas tanto cuando estás nervioso? —preguntó.
—No estoy nervioso.
—Claro. Por eso tienes la mandíbula apretada.
Empezó la música. La conduje con un paso lento, esperando que se equivocara para poder burlarme de ella, pero Alessia se movió con una seguridad que me obligó a concentrarme. Su mano descansaba sobre mi hombro y, cada vez que girábamos, sus dedos se deslizaban ligeramente sobre la tela de mi camisa. No era una caricia. Al menos, no tenía por qué serlo. Aun así, empecé a notar cada roce como si la maldita canción hubiera sido compuesta para torturarme.
—Bailas bien —admití.
—Intenta decirlo sin que parezca que te están arrancando una muela.
—Bailas extraordinariamente bien, Alessia. ¿Contenta?
—Sorprendida. Creí que tu ego te impediría reconocerlo.
La hice girar y la traje de vuelta hacia mí. El movimiento la acercó más de lo previsto; su pecho rozó el mío y su mano se aferró a mi hombro para recuperar el equilibrio. Durante un instante, su rostro quedó tan cerca que distinguí las pequeñas motas de sus ojos.
No se apartó inmediatamente.
Yo tampoco.
—¿Vas a seguir mirándome así? —murmuró.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras pensando en algo indecente.
—No necesito mirarte para pensar en algo indecente.
Sus labios se entreabrieron, probablemente para responderme con una de sus habituales amenazas, pero mi mirada cayó sobre ellos antes de que pronunciara una palabra. Fue un error. Desde esa distancia, ya no podía fingir que no me preguntaba cómo sabrían sus labios ni si esa seguridad suya sobreviviría a un beso.
Alessia lo notó. Su mano se tensó sobre mi hombro.
—Ni se te ocurra —advirtió en voz baja.
La advertencia debería haber bastado para devolverme el sentido común. En lugar de eso, me quedé inmóvil, con la mano en su cintura y la otra sosteniendo la suya. Podía apartarme. Podía hacer un comentario arrogante y terminar el ensayo sin complicaciones.
Pero ella seguía mirándome, y entre nosotros había una cercanía que volvía ridícula cualquier conversación sobre los arreglos de la boda.
—Dime que me aparte —murmuré— y lo haré.
—No conviertas esto en otro de tus juegos.
—Por una vez, no estoy jugando.
Su mirada bajó fugazmente a mi boca. Fue apenas un movimiento, pero suficiente para acabar con la poca prudencia que me quedaba. Me incliné y la besé.
Al principio, sus labios permanecieron inmóviles contra los míos. Sentí la sorpresa en la rigidez de su cuerpo y estuve a punto de apartarme, consciente de que había cruzado una línea. Entonces sus dedos se cerraron sobre mi camisa y ella respondió al beso.
Fue breve, pero no tuvo nada de inocente. Su boca se movió contra la mía con una intensidad que contradijo toda la resistencia que había mostrado hasta ese momento. Mi mano se afirmó en su cintura, atrayéndola un poco más, y ella se puso de puntillas para alcanzarme mejor. Ese pequeño movimiento me golpeó con más fuerza que cualquiera de sus insultos.
Quise prolongarlo. Quise descubrir si volvería a besarme de aquella manera si no hubiera música, testigos imaginarios ni una boda impuesta entre nosotros.
Pero Alessia rompió el beso.
Se apartó lo justo para recuperar el aliento, aunque sus dedos seguían aferrados a mi camisa. Sus labios estaban ligeramente hinchados y sus ojos brillaban con una mezcla de sorpresa y furia que me hizo comprender que mi sonrisa habitual sería una pésima idea.
—No vuelvas a decidir por mí cuándo puedes besarme —dijo, soltándome la camisa—. Que te haya respondido no significa que tengas permiso para hacerlo cuando te dé la gana.
La frase me borró cualquier intento de broma. Retiré la mano de su cintura y le di espacio.
—Tienes razón. Debí preguntarte antes.
Alessia pareció desconfiar más de mi respuesta que de cualquier provocación. Quizá esperaba que me burlara, que utilizara mi apellido o que le dijera que una mujer comprometida conmigo no debía escandalizarse por un beso.
No iba a darle esa satisfacción.
—No confundas que me atraigas con que puedas hacer lo que quieras —añadió—. No soy una de tus conquistas.
—Lo sé. Mis conquistas suelen ser bastante menos peligrosas.
—Y bastante más fáciles de impresionar, supongo.
—Muchísimo. Tú eres un problema de proporciones extraordinarias.
Por fin, una pequeña sonrisa amenazó con aparecer en sus labios, pero la reprimió antes de que pudiera disfrutarla.
—Practica el baile, Alejandro. Si sigues hablando, no llegaremos al final de la canción.
Volví a ofrecerle la mano, esta vez sin acercarme hasta que ella decidió aceptarla. Cuando retomamos la posición, mantuve la mano en su cintura con una delicadeza deliberada. Alessia me observó, consciente del cambio, y sus dedos regresaron a mi hombro.
—¿Vas a comportarte? —preguntó.
—Estoy haciendo un esfuerzo extraordinario.
—Pues esfuérzate más.
La música terminó antes de que pudiera responder. Me aparté y le hice una reverencia exagerada, ocultando tras una sonrisa la frustración de haber descubierto que un solo beso podía dejarme con ganas de diez más.
—¿Fue tan terrible? —pregunté.
Alessia alisó la tela de su vestido, recuperando poco a poco la compostura.
—Fue aceptable. No te emociones; todavía tienes mucho que mejorar.
—Qué alivio. Por un momento creí que iba a tener que conformarme con una sola oportunidad.
—No te he prometido ninguna otra.
—Entonces tendré que ganármela.
Me miró como si acabara de decir la estupidez más grande de mi vida. Después pasó junto a mí, rozándome el brazo al dirigirse a la puerta. El contacto fue accidental, probablemente, pero mi cuerpo reaccionó como si acabara de besarme otra vez.
—Buenas noches, Alejandro.
—Buenas noches, Alessia.
Esperé a que desapareciera antes de dejar caer la sonrisa. No estaba enamorado. Ni siquiera quería estarlo. Seguía sin creer en promesas eternas y no pensaba convertirme de repente en un hombre fiel solo porque mi futura esposa tuviera unos labios capaces de desordenarme las ideas.
Pero acababa de descubrir algo mucho más inconveniente que su belleza: Alessia podía desearme y, aun así, negarme lo que yo quería.
Y, por primera vez en mucho tiempo, no me interesaba conseguirlo por la fuerza de mi apellido ni por la facilidad de una conquista.
Quería que ella volviera a acercarse por decisión propia.
Aquello sí que era un problema.
