Capítulo 2 No soy parte del trato

Pov Alessia

—Repite lo que acabas de decir.

Alessia Moretti permanecía de pie junto a la ventana, con el teléfono pegado al oído y una expresión que habría hecho reconsiderar sus palabras a cualquier hombre sensato.

Su padre no era uno de ellos.

—Te casarás con Alejandro Alarcón dentro de treinta días.

Alessia dejó el teléfono sobre la mesa, activó el altavoz y se sirvió un vaso de agua. No porque tuviera sed, sino porque necesitaba hacer algo con las manos antes de decirle a Salvatore Moretti exactamente lo que pensaba de su brillante solución.

—¿Alejandro Alarcón? ¿El mismo hombre que lleva años intentando quedarse con nuestros territorios?

—El mismo.

—¿El que ordenó cerrar nuestros almacenes del puerto el año pasado?

—No fue él quien dio esa orden.

—Claro. Seguramente fue su amable comité de bienvenida.

—Alessia.

—No, papá. Ahora me escuchas tú.

Su voz no se elevó, pero adquirió una firmeza que hizo desaparecer el silencio distraído que había al otro lado de la línea.

A sus veintiún años, Alessia había aprendido que los hombres poderosos tenían una debilidad común: detestaban que alguien les recordara que no eran dueños de todo cuanto los rodeaba.

Su padre era uno de ellos.

—¿Has firmado un acuerdo matrimonial en mi nombre sin consultarme?

—He firmado un acuerdo para detener una guerra.

—Qué conveniente. Así puedes llamarlo sacrificio por la familia en lugar de admitir que me estás utilizando.

—Estoy intentando mantenerte viva.

La frase cayó entre ambos como una puerta cerrándose.

Durante un instante, Alessia dejó de mirar la ciudad. Pensó en su hermano, en la sangre que todavía parecía adherida a los recuerdos de su última visita a casa y en los hombres que habían dejado de presentarse a cenar porque alguien había decidido que una bala era una forma legítima de resolver una disputa.

No necesitaba que su padre le explicara lo que estaba en juego.

Lo que no soportaba era que confundiera su miedo con obediencia.

—Si crees que no entiendo lo que está pasando, me has subestimado —dijo—. Sé que estamos perdiendo hombres. Sé que nuestros enemigos están financiando ataques y que cada represalia nos cuesta más de lo que podemos recuperar. Y sé que, si la guerra continúa, la próxima generación de Moretti crecerá enterrando a sus muertos.

Salvatore guardó silencio.

—Pero no vuelvas a decirme que haces esto por mí como si yo fuera una niña a la que puedes esconder detrás de tus guardaespaldas. Si vas a entregarme en matrimonio, por lo menos ten la decencia de llamarlo por su nombre.

—No te estoy entregando.

Alessia soltó una risa breve.

—Entonces supongo que Alejandro Alarcón se casará conmigo por mi maravillosa conversación.

—Te casarás con él porque es la única manera de garantizar que ambos bandos respeten la tregua.

—¿Y qué obtiene su familia?

—Acceso a nuestras rutas comerciales, reconocimiento de sus territorios y una alianza que impedirá que nuestros enemigos sigan aprovechándose de nosotros.

—¿Y qué obtenemos nosotros?

—La paz.

—La paz no es una moneda que puedas poner sobre la mesa y esperar que todo el mundo la acepte. ¿Qué pasa si los Alarcón rompen el acuerdo? ¿Qué pasa si Alejandro decide que casarse conmigo también le da derecho a nuestros negocios? ¿Qué pasa si utiliza su posición como mi marido para desplazarme de las decisiones familiares?

—No lo hará.

—¿Lo has hablado con él o estás adivinando?

La pausa fue suficiente.

Alessia cerró los ojos un segundo.

—Eso pensaba.

—Su padre ha aceptado las mismas condiciones que yo.

—No voy a casarme con su padre.

—Alejandro tiene treinta y dos años. No es un muchacho irresponsable.

—Y yo tengo veintiuno. No soy una propiedad que necesita la firma de un hombre mayor para saber cuánto vale.

Esta vez, Salvatore no respondió de inmediato.

Alessia tomó el vaso y bebió un sorbo. Tenía las manos firmes. Eso la tranquilizó más que cualquier promesa que su padre pudiera ofrecerle.

—Quiero una copia completa del acuerdo —continuó—. Quiero saber qué territorios están incluidos, cuánto durará la tregua y qué consecuencias tendrá romperla. También quiero hablar con Alejandro antes de la boda.

—Eso puede arreglarse.

—No. Eso va a arreglarse.

Su padre dejó escapar un suspiro.

—Tienes mi carácter y ninguna de mi paciencia.

—Alguien tenía que mejorar la combinación.

A pesar de todo, una sonrisa fugaz apareció en los labios de Alessia. Desapareció enseguida.

—Una última cosa, papá.

—Dime.

—No voy a entrar en esa familia pidiendo permiso para existir. Si Alejandro cree que puede comprar mi obediencia con un anillo, quiero que sepa desde el principio que ha hecho un pésimo negocio.

—Te aconsejo que no confundas valentía con imprudencia.

—Y yo te aconsejo que no confundas protección con control.

Colgó antes de que él pudiera responder.

Durante varios segundos permaneció inmóvil, observando su reflejo en el cristal. Llevaba el cabello oscuro recogido en una coleta descuidada y una camisa blanca que había dejado de planchar hacía horas. No parecía una mujer a punto de convertirse en la esposa de uno de los hombres más peligrosos de su país.

Parecía alguien que estaba a punto de tener una conversación muy desagradable.

Y eso, decidió, era un comienzo bastante aceptable.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo