Capítulo 3 La Novia Que No elegí

Alejandro Alarcón estaba revisando un informe financiero cuando su padre entró en el despacho sin llamar.

A sus treinta y dos años, había aprendido a reconocer las malas noticias por la expresión de los hombres que las llevaban. Su padre tenía el rostro de alguien que acababa de cerrar un trato rentable y esperaba que los demás lo felicitaran.

Alejandro dejó el documento sobre la mesa.

—¿A quién enterramos?

Vittorio arqueó una ceja.

—Siempre tan encantador.

—Si vienes a verme a estas horas sin avisar, imagino que alguien ha muerto o quieres que haga algo que no me apetece.

—Esta vez no hay ningún muerto.

—Qué decepción. Entonces, ¿qué quieres?

Vittorio ocupó la silla frente al escritorio y dejó una carpeta sobre la superficie.

—Te casarás con Alessia Moretti.

Alejandro permaneció inmóvil durante un par de segundos.

Después soltó una carcajada.

—No.

—No te lo estoy preguntando.

—Y yo no te estoy pidiendo permiso para negarme.

—La guerra termina con este matrimonio.

Alejandro se recostó en su silla, cruzó los brazos y observó a su padre con una expresión de genuina curiosidad.

—Espera. ¿Me estás diciendo que, después de once años intentando acabar con los Moretti, ahora quieres que me acueste con una de sus mujeres y la convierta en mi esposa?

—Quiero que pongas fin a una guerra que nos ha costado demasiado.

—Eso suena bastante menos divertido que acostarme con ella.

Vittorio lo miró con desaprobación.

Alejandro sonrió.

—¿Qué? Si voy a tener que casarme con una desconocida, por lo menos dame algo interesante que averiguar. ¿Está buena?

—Alejandro.

—¿Qué edad tiene? ¿Veinte? ¿Veinticinco? ¿Es bonita o voy a tener que beberme media botella de whisky antes de la noche de bodas?

—Tiene veintiún años.

Él silbó suavemente.

—Joder. Once años menos que yo. ¿Y ya sabe que su padre acaba de venderla al enemigo?

—No la ha vendido.

—Claro que no. Le has comprado una alianza política a Salvatore y yo soy el regalo que viene incluido.

Vittorio abrió la carpeta y la empujó hacia él.

—Alessia es la hija de Salvatore. Con el tiempo, tendrá influencia en las decisiones de los Moretti. Este matrimonio garantizará la estabilidad de los territorios y evitará que nuestros enemigos sigan aprovechándose de la disputa.

Alejandro abrió el expediente.

Su mirada recorrió las primeras páginas sin demasiado interés. Estudios, propiedades, participaciones empresariales, fotografías tomadas en eventos familiares. Había información suficiente para negociar con ella durante años y, sin embargo, ninguna respuesta a la pregunta que realmente le interesaba.

—¿Y qué tal está? —insistió.

—¿No puedes pensar en algo más que en el aspecto físico de una mujer?

—Por supuesto. También me interesa saber si ronca, si habla demasiado y si tiene la costumbre de revisar teléfonos ajenos. Pero, como todavía no la conozco, tengo que empezar por algún sitio.

Vittorio apretó los labios.

Alejandro pasó otra página.

—Bonita —admitió, examinando una fotografía—. No está nada mal.

La imagen mostraba a Alessia en una recepción, con un vestido negro y la barbilla ligeramente levantada. No sonreía para la cámara. Parecía más interesada en la persona que tenía delante que en quienes intentaban fotografiarla.

Él dejó la fotografía sobre el escritorio.

—Aunque, si pone esa misma cara cuando me vea, voy a tener que esforzarme para que nuestra primera cena no sea un funeral.

—No te cases con ella si tu única intención es humillarla.

Alejandro levantó los ojos.

—Papá, tengo treinta y dos años. No necesito casarme para acostarme con una mujer, y mucho menos para humillarla. Si quisiera hacerle la vida imposible a una Moretti, se me ocurrirían métodos bastante más eficaces.

—Entonces deja de comportarte como un adolescente.

La sonrisa de Alejandro desapareció lentamente.

—¿Quieres la verdad? No quiero una esposa. No quiero levantarme cada mañana pensando que tengo que dar explicaciones sobre dónde estuve anoche ni escuchar a una mujer preguntándome quién me llamó a las dos de la madrugada. Me gusta mi vida como está.

—Nadie te está pidiendo que cambies tu vida.

—¿Ah, no? ¿Entonces qué esperas que haga cuando mi querida esposa descubra que no tengo intención de serle fiel?

Vittorio guardó silencio.

Alejandro se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos sobre el escritorio.

—Porque vamos a dejar algo claro desde ahora. No pienso convertirme en un marido ejemplar por firmar un papel. Si quiero salir, saldré. Si quiero acostarme con otra mujer, lo haré. Y si Alessia Moretti espera encontrar un hombre que regrese a casa con flores y le jure amor eterno, será mejor que su padre le consiga otro novio.

—No puedes entrar en un matrimonio pensando únicamente en ti.

—Pues debiste pensarlo antes de prometerme.

La respuesta quedó suspendida entre ambos.

Vittorio había cometido el error de enseñarle a su hijo que las promesas hechas entre hombres poderosos no se rompían. Alejandro podía despreciar el matrimonio, burlarse de su futura esposa y negarse a fingir sentimientos que no tenía, pero entendía el valor de una palabra dada.

Eso no significaba que fuera a disfrutar cumpliéndola.

—¿Ella ha aceptado? —preguntó.

—Salvatore se encargará de explicárselo.

Alejandro soltó una risa seca.

—Magnífico. Ni siquiera sabe si quiere casarse conmigo y ya estamos organizando la boda.

—Su padre ha pedido que se conozcan antes de la ceremonia.

—¿Cuándo?

—Mañana por la noche. Cenarán aquí.

Alejandro volvió a mirar la fotografía.

—¿Y qué se supone que debo hacer? ¿Llevarle una rosa?

—Comportarte como un hombre de tu posición.

—Eso hago. Soy un hombre de mi posición. Tengo dinero, una familia que mantener y demasiadas mujeres interesadas en compartir mi cama. No necesito fingir que de repente me he convertido en un santo porque voy a llevar un anillo.

Vittorio se puso de pie.

—Por lo menos intenta no insultarla durante los primeros cinco minutos.

—No prometo nada.

—Alejandro.

—Está bien. No la insultaré durante los primeros diez.

Su padre lo miró como si estuviera reconsiderando todas las decisiones que lo habían llevado a tenerlo como heredero.

Cuando la puerta se cerró, Alejandro tomó su teléfono y llamó a su asistente.

—Quiero el expediente completo de Alessia Moretti. Sus estudios, sus negocios, sus amistades y cualquier problema que haya tenido con nuestra familia.

Hizo una pausa mientras observaba de nuevo la fotografía.

—Y averigua si tiene novio.

—¿Alguna razón en particular, señor?

Alejandro sonrió.

—Quiero saber si voy a tener que aguantar a un imbécil llorando en la puerta de mi casa cuando se entere de que voy a casarme con ella.

Colgó y dejó la fotografía junto al contrato.

Alessia Moretti tenía veintiún años. Era bonita, pertenecía a una familia enemiga y, en treinta días, llevaría su apellido.

Él no pensaba enamorarse de ella.

Tampoco pensaba serle fiel.

Y si su futura esposa creía que un anillo iba a convertirlo en un hombre diferente, estaba a punto de descubrir que había cometido el peor error de su vida.

Porque Alejandro Alarcón podía cumplir una promesa.

Lo que jamás había prometido era portarse bien.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo