Capítulo 4 Una Cena con el Enemigo
POV: Alessia Moretti
Alessia llevaba veinte minutos frente al espejo y otros diez arrepintiéndose de haber aceptado aquella cena.
No porque tuviera miedo de conocer a Alejandro Alarcón. El miedo era un lujo que había aprendido a no permitirse, especialmente cuando se trataba de hombres que confundían el apellido con el derecho a decidir por todo el mundo.
Lo que le molestaba era tener que cenar con un desconocido con el que, en treinta días, estaría casada.
Un desconocido que, según su padre, tenía el encanto de una serpiente y la paciencia de un hombre al que jamás le habían negado nada.
—¿Vas a bajar o piensas hacer que los Alarcón esperen hasta el desayuno? —preguntó su padre desde la puerta.
Alessia se colocó un pendiente y lo miró a través del espejo.
—Estoy decidiendo si vale la pena gastar un vestido bonito en una reunión de negocios.
—Es una cena para que se conozcan.
—Claro. Porque cuando dos familias llevan once años intentando matarse, lo más lógico es sentar a sus herederos frente a frente y servirles pasta.
Salvatore Moretti no sonrió.
—Te agradecería que esta noche evitaras las provocaciones.
—Yo también te agradecería que no hubieras prometido mi matrimonio sin consultarme. Parece que ninguno de los dos tendrá una noche perfecta.
Su padre apretó la mandíbula, pero no respondió.
Alessia se levantó. Llevaba un vestido negro que le abrazaba las curvas sin restarle elegancia, el cabello suelto sobre los hombros y unos labios de color rojo oscuro. No se había vestido para impresionar a Alejandro Alarcón. Se había vestido porque, si iba a conocer al hombre con el que pretendían casarla, al menos lo haría sintiéndose hermosa.
Y porque, si él resultaba ser tan insoportable como sospechaba, quería darle el placer de contemplar exactamente lo que estaba a punto de perderse.
La cena tendría lugar en una propiedad neutral, un restaurante privado que ambas familias utilizaban para sus reuniones más delicadas. Neutral era una palabra generosa para un lugar custodiado por hombres armados en cada entrada.
Cuando Alessia llegó al salón reservado, los Alarcón ya estaban allí.
Vittorio Alarcón conversaba con su padre junto a la mesa. A su lado estaba Alejandro.
Y, por todos los santos, qué problema.
Alessia se detuvo apenas un segundo.
Era alto, de hombros anchos, cabello oscuro y una mandíbula que parecía diseñada para que las mujeres tomaran decisiones cuestionables. Vestía un traje negro sin corbata, con los primeros botones de la camisa desabrochados. Tenía esa clase de atractivo arrogante que no necesitaba esforzarse demasiado porque, evidentemente, estaba acostumbrado a que el mundo hiciera el esfuerzo por él.
Entonces él la vio.
Su mirada recorrió su rostro, descendió por su vestido y regresó lentamente a sus ojos. Ni siquiera intentó disimularlo.
Una sonrisa perezosa apareció en sus labios.
—Vaya —dijo—. Mi padre olvidó mencionar que la tregua venía con semejante recompensa.
Alessia sintió que el calor le subía por el cuello. Lo odió de inmediato.
—Y el mío olvidó mencionar que tendría que cenar con un hombre que no sabe comportarse en público.
Alejandro soltó una carcajada.
—Perfecto. Tiene carácter.
—Y tú tienes cinco segundos para aprender a hablarme con respeto.
—¿Cinco? Qué generosa. Yo habría empezado con tres.
Vittorio carraspeó, claramente arrepentido de haberlos puesto en la misma habitación, mientras Salvatore le ofrecía a su hija una mirada de advertencia.
Alejandro, por supuesto, parecía estar pasándolo de maravilla.
Se acercó para saludarla y le ofreció la mano. Alessia se la estrechó, decidida a no dejarse intimidar. Él sostuvo sus dedos un instante más de lo necesario.
—Alejandro Alarcón —se presentó—. Aunque supongo que ya conoces mi nombre. Después de todo, vas a tener que escribirlo en un montón de documentos.
—Alessia Moretti. Y espero que tu firma sea más útil que tu conversación.
Él bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas antes de soltarla.
—Bonita, inteligente y desagradable. Empiezo a sospechar que mi padre me ocultó las mejores partes del acuerdo.
—Y yo empiezo a entender por qué tu familia necesita una tregua.
Alejandro volvió a reírse.
Alessia se sentó antes de que aquel hombre consiguiera hacerla sonrojar por segunda vez.
La cena comenzó con conversaciones sobre la tregua, los territorios y las condiciones que ambas familias tendrían que respetar. Alessia había llevado una pequeña carpeta con sus propias anotaciones. Si su matrimonio iba a utilizarse para asegurar la paz, pensaba conocer hasta el último detalle del trato.
—Quiero revisar las cláusulas relacionadas con las propiedades comerciales de mi familia —dijo—. No aceptaré que la tregua se convierta en una excusa para que los Alarcón interfieran en nuestros negocios.
—No tienen intención de hacerlo —respondió Vittorio.
—Entonces no tendrán inconveniente en dejarlo por escrito.
Alejandro, que hasta ese momento había estado jugando con su copa, levantó la mirada.
—¿Siempre vienes preparada para una guerra?
—Solo cuando me sientan a la mesa con mis enemigos.
—Qué curioso. Yo habría dicho que estabas aquí para conocer a tu futuro marido.
—Una cosa no excluye la otra.
Él apoyó un brazo en el respaldo de su silla.
—Dime algo, Alessia. ¿También vas a traer una carpeta cuando discutamos en nuestra habitación?
Ella casi dejó caer el tenedor.
—¿Perdón?
—Quiero saber si debo preocuparme por la posibilidad de que mi esposa me presente un informe antes de acostarse conmigo.
Su padre pronunció su nombre en un tono de advertencia, pero Alejandro ni siquiera lo miró.
Alessia sintió que las mejillas le ardían. Lo peor era que él lo había notado. La sonrisa que le dedicó confirmó que acababa de encontrar una nueva forma de entretenimiento.
—No te emociones —replicó ella, recuperando la compostura—. Para llegar a nuestra habitación primero tendrías que convencerme de que mereces compartirla.
Alejandro se llevó una mano al pecho.
—Eso ha dolido.
—Sobrevivirás. Por lo que veo, tienes bastante práctica.
—No tanta como crees. Normalmente las mujeres son mucho más amables conmigo.
—Entonces debe de ser refrescante que alguien te trate como a una persona normal.
—Cariño, si me trataras como a una persona normal, no llevarías diez minutos mirándome la boca.
Alessia abrió los labios, indignada.
—¡No estaba mirándote la boca!
—Ahora sí.
Ella apartó la mirada de inmediato, y la carcajada de Alejandro terminó de arruinarle la dignidad.
Era insoportable. Absolutamente insoportable.
Y lo peor era que resultaba muy difícil ignorar lo atractivo que era cuando sonreía.
Decidió concentrarse en la comida y no volver a mirarlo. La estrategia duró exactamente cuarenta segundos.
—¿Puedo hacerte una pregunta seria? —dijo él.
Alessia suspiró.
—Milagrosamente, sí.
—¿Tienes novio?
La pregunta la tomó desprevenida.
—¿Qué?
—Novio. Pareja. Alguien que esté esperando en casa con flores y una botella de vino, convencido de que esta noche vas a cenar con tu familia.
—¿Por qué quieres saberlo?
Alejandro sonrió como si la respuesta fuera evidente.
—Por curiosidad.
Alessia entrecerró los ojos.
—Pues tendrás que aprender a vivir con la curiosidad.
